Marco Rubio en Múnich: el martillo de Trump con guante de seda
El secretario de Estado vino a decir que la relación no se rompe, se reescribe. Y que Europa sólo podrá sentarse a esa mesa si deja de pedir perdón por existir
El secretario de Estado, Marco Rubio, durante su intervención en la Conferencia de Seguridad de Munich
En su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Marco Rubio recogió el testigo tras la bomba atómica que lanzó J.D. Vance el año pasado. Con formas mucho más pulidas que las de Vance, Rubio adoptó un tono conciliatorio, para alivio de muchos líderes europeos. Reafirmó que la administración Trump no busca abandonar la alianza transatlántica, sino revitalizarla: menos nostalgia, más reciprocidad; menos liturgia multilateral, más resultados.
Pero que nadie se engañe: el guante era de seda, sí, pero dentro iba el mismo martillo. Rubio vino a decir que la relación no se rompe, se reescribe. Y que Europa sólo podrá sentarse a esa mesa si deja de pedir perdón por existir.
La tesis de Rubio es simple y, para Bruselas, casi subversiva: Occidente no está condenado a una decadencia administrada. La decadencia es una elección. En Múnich se atrevió a pronunciar esa herejía en el santuario europeo de la auto-duda: «managed decline», el declive gestionado, esa manera tan elegante de rendirse sin mancharse las manos.
Del «fin de la Historia» al fin de la soberanía
Rubio arrancó con una lectura del posguerra fría que, aunque irritante para los sacerdotes del consenso, es difícil de rebatir: tras la caída del Muro, Occidente confundió victoria con destino. Se creyó el cuento de que habíamos llegado a «final de la historia». La democracia liberal era el estado natural del mundo; el comercio sustituiría a la nación; el «orden basado en reglas» reemplazaría al interés nacional; y viviríamos en un planeta sin fronteras donde todos seríamos «ciudadanos del mundo». Al contrario que Vance, puso la culpa tanto en Washington como en Bruselas.
Ese espejismo tuvo tres consecuencias concretas, todas ellas visibles hoy en Europa: desindustrialización, dependencia energética y fractura social. Se externalizó la producción –y con ella la clase media– al mismo tiempo que se continuó subcontratando la seguridad. El dividendo de la paz se utilizó para engordar más aún el estado del bienestar hipertrofiado, financiado por deuda, sostenido por un paraguas militar americano que Washington ya no acepta proveer.
Rubio puso el dedo en la llaga con una frase que en la UE suena a blasfemia: «hemos apaciguado un culto climático» con políticas energéticas que empobrecen a nuestros ciudadanos mientras nuestros competidores usan petróleo, gas y carbón no sólo para crecer, sino como palanca geopolítica.
No hace falta compartir el tono para entender el argumento: Europa se ha autoimpuesto un corsé regulatorio que le encarece la energía, expulsa a la industria y, encima, le vende al mundo una supuesta superioridad moral. Se cree superior por rechazar su propia historia y sus propios intereses. Es la versión política del postureo ético de los woke. Y luego las élites se sorprenden de que los votantes cada vez más busquen opciones fuera del catecismo.
Fronteras: el tabú que decide elecciones
El tercer elemento del diagnóstico –y el más políticamente explosivo– fue la reflexión sobre la inmigración masiva. Rubio insistió en que controlar fronteras no es xenofobia, sino soberanía: decidir quién entra, cuántos, y bajo qué condiciones. En Europa, esa frase debería ser de sentido común. Sin embargo, se ha convertido en un tabú, y los tabúes siempre terminan explotando.
Aquí está el nudo del reto europeo que Rubio vino a señalar: no es sólo un debate de políticas públicas; es un problema de identidad. Una civilización que se avergüenza de sí misma no puede defenderse. Una sociedad que cree que su historia es un catálogo de pecados sólo puede aspirar a expiar, nunca a liderar. Y cuando una comunidad pierde la voluntad de existir, termina delegando su destino en cualquier estructura que prometa tranquilidad, incluso a precio de su identidad.
Europa: orgullosa por dentro, tímida por fuera
Lo más interesante del discurso no fue la crítica, sino el elogio. Rubio dedicó buena parte de su intervención a recordar que la Alianza Atlántica no es un contrato, sino una herencia. Habló de la fe cristiana, de la cultura compartida, de la tradición jurídica, de la ciencia y el arte europeos. Mencionó a Dante y Shakespeare, a Mozart y Beethoven, a Miguel Ángel y Da Vinci, a los Beatles y los Rolling Stones. Y remató con una frase que buscaba abrazar sin adular: Estados Unidos será siempre «un hijo de Europa».
Eché de menos, sobre todo considerando que es hijo de cubanos, que en su recuento del nacimiento de EE.UU. limitara la influencia española a los vaqueros y el oeste, olvidando que la ciudad más antigua del país la fundaron los Españoles, 55 años antes que Plymouth y el rol de España en la conquista del continente, así como en la independencia de su nación.
Una alianza que «pide permiso antes de actuar» es una alianza que ya ha aceptado su irrelevancia
Pero el mensaje ha sido claro: la grandeza europea no es un museo; puede ser una fuente de energía política y económica. Pero para convertir esa energía en acción hay que dejar de pedir permiso. Rubio lo dijo sin rodeos: una alianza que «pide permiso antes de actuar» es una alianza que ya ha aceptado su irrelevancia.
¿Y qué pide Washington, exactamente? «Seriedad y reciprocidad». Traducido: defensa real, no retórica; capacidad industrial; fronteras controladas; y un Occidente que compita en el siglo XXI (IA, automatización, minerales críticos) en lugar de castigarse con un puritanismo regulatorio que sólo beneficia a China.
Muchos líderes europeos respiraron aliviados porque Rubio no vino a abofetearlos públicamente, como Vance. Pero confunden el tono con el fondo. Rubio les está dando una oportunidad –y una advertencia–: si Europa no se toma en serio su propio poder, Estados Unidos actuará solo cuando lo considere necesario. No porque «abandone» a Europa, sino porque en Washington se ha agotado la paciencia con una relación asimétrica donde solo unos pocos pagan y todos fingen que es sostenible.
Paradójicamente, el problema europeo no es Trump; es usar a Trump como excusa para no mirarse al espejo
Paradójicamente, el problema europeo no es Trump; es usar a Trump como excusa para no mirarse al espejo. Bruselas lleva dos décadas hablando de «autonomía estratégica». Cada crisis la reaviva, y cada tregua la adormece. Con Trump 2.0, ya no basta con indignarse, hay que invertir. No basta con conferencias, hay que producir. No basta con valores declarados, hay que practicarlos. Y todo ello conlleva un coste. O se reduce y racionaliza el estado del bienestar o no va a haber quien pague la fiesta.
Y aquí entra la parte que Europa evita reafirmar, o siquiera discutir, por miedo a perder unos supuestos consensos: El Estado de derecho no es un hashtag; es una cultura de límites al poder. La libertad de expresión no es un «espacio seguro»; es la tolerancia a que exista el disenso. La propiedad privada no es un privilegio; es la garantía de que el ciudadano no depende del político. Y la subsidiariedad no es una palabra bonita en tratados europeos: es la idea de que las decisiones deben tomarse lo más cerca posible de quien sufre sus consecuencias y poder asi, votar en consecuencia.
El globalismo buenista y el sueño del «Estado-ONG»
El «buenismo» –esa mezcla de sentimentalismo moral, ingeniería social y desprecio por la realidad– ha convertido a Europa en una especie de Estado-ONG: muy generosa con el mundo, pero cada vez menos leal consigo misma y más alejada de sus ciudadanos. Se habla de «acoger» como si las sociedades fueran hoteles y no comunidades políticas. Se habla de «transición» como si la energía fuera una narrativa y no una infraestructura crítica. Nuestros políticos hablan de «regular» como si la innovación fuera una amenaza y no el motor del bienestar.
Ese modelo, además, necesita creerse una gran mentira: que nadie pagará la factura. Pero la cuenta siempre llega: en forma de inflación, de deuda, de pérdida de competitividad, de apagones, de subsidios infinitos o de impuestos confiscatorios. El resultado en Europa es un círculo vicioso: cuanto peor funciona la economía real, más poder acumula la burocracia para «corregir» el desastre que, casi siempre, ella misma ha causado.
Rubio, con su discurso, le pone nombre a esa dinámica: no se puede defender la civilización occidental operando un estado del bienestar global para expiar «los pecados» del pasado. Esa lógica de expiación –culpa, redistribución, regulación, penitencia– es la religión civil de una Europa que ha perdido la fe en su propia legitimidad.
El desafío europeo: volver a creer en lo propio
Europa no necesita copiar a Estados Unidos. Necesita dejar de sabotearse. Recuperar sus valores significa, ante todo, tres cosas:
Primero, orgullo sin complejo. No para negar los errores de la historia, sino para entender que la historia europea también es libertad, ciencia, derecho, belleza y prosperidad. Una civilización puede arrepentirse de sus sombras sin convertir su pasado en una condena perpetua. Y, si se olvida de sus logros, está abocada al fracaso.
Segundo, soberanía sin histeria. Soberanía es poder decidir políticas energéticas realistas, controlar las fronteras, proteger las cadenas de suministro críticas y defender la seguridad del continente. No es cerrar mercados ni volver al nacionalismo de trincheras. Pero requiere que los gobernantes enfrenten los problemas de sus ciudadanos con valentía y sin apriorismos. Si no, no hay democracia real, y sin democracia no hay legitimidad.
Tercero, libertad sin anestesias. La libertad incluye riesgo, conflicto y competencia. Incluye aceptar que en el ejercicio de la libertad de expresión la afronta, incluso la ofensa, es hasta necesaria. La alternativa es el paternalismo: un Estado niñera que promete confort hasta para el mas tonto, a cambio de obediencia. Y esa es la autopista hacia la decadencia gestionada.
Rubio ha puesto a Europa delante de un espejo incómodo. No porque tenga razón en todo, sino porque ha identificado el punto ciego europeo: la combinación letal de culpa y complacencia. Si Europa quiere «enfrentarse al futuro», como repiten los eslóganes, tendrá que hacerlo desde la afirmación de lo propio, no desde el rechazo. Desde la confianza en el individuo, no desde el tutelaje burocrático.
¿Quiere Europa seguir siendo un sujeto político, capaz de decidir, producir, defender y crear, o prefiere convertirse en un parque temático del pasado, gobernado por comités y sostenido por el recuerdo de lo que fue?
Rubio vino a decir que Occidente puede volver a elegir grandeza. Pero, como todo en política, la grandeza tiene una condición: que uno esté dispuesto a pagar su precio. Y lanzó un último aviso. Queremos andar este camino con Europa, pero si es necesario, lo haremos solos.