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Venezuela: El movimiento estudiantil vuelve a la lucha

Medido en vidas sacrificadas a favor de la democracia, los jóvenes y los estudiantes universitarios venezolanos encabezan las listas de víctimas de los asesinatos cometidos durante los gobiernos de Chávez y de Maduro

University students, opponents of the government, and relatives of political prisoners, take part in a march on the Youth Day in Caracas on February 12, 2026. The first major opposition demonstration after the fall of Nicolas Maduro during a US military incursion a month ago gathered thousands of people in Venezuelas capital on February 12, ahead of the approval of a historic amnesty law. (Photo by Juan BARRETO / AFP)

Manifestación de estudiantes en Cacacas contra el régimen bolivarianoAFP

Como en otros países de América Latina –México, Argentina, Perú y Chile, entre otros– también en Venezuela el movimiento estudiantil ha sido una presencia persistente en la escena política desde los inicios del siglo XX. A medida que en nuestros países las universidades –especialmente las universidades públicas– se expandían y consolidaban, las organizaciones estudiantiles, comunistas o no, en numerosas ocasiones han actuado más allá de los límites del campus universitario, para intervenir, no solo a través del mecanismo de la protesta, en el desenvolvimiento de los asuntos públicos en los respectivos países.

En el caso venezolano, la historia del movimiento estudiantil arranca el siglo XX con un capítulo excepcional, de poderosa significación política, social y cultural, conocido como la Generación del 28. Como sabemos, en 1928, un grupo de estudiantes –unos 250 aproximadamente, Miguel Otero Silva, mi padre, entre ellos–, salieron a las calles a protestar, agitar y pronunciar discursos en contra de la dictadura. Asombra el coraje de aquellos jóvenes que se atrevieron a denunciar, con todas sus fuerzas, al régimen brutal y represor encabezado por Juan Vicente Gómez. Cientos de ellos fueron apresados y encerrados en La Rotunda o en el Castillo de Puerto Cabello, dos de las mazmorras predilectas del dictador.

Más allá de la especificidad de aquellos hechos, ampliamente estudiados por los historiadores, la Generación del 28 no tardó en constituirse en una potente marca del siglo XX venezolano, porque en sus filas participaron jóvenes cargados de inquietudes –Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Raúl Leoni, Rafael Vegas, Andrés Eloy Blanco, Kotepa Delgado, Rodolfo Quintero, Germán Suárez Flamerich y otros- que, con los años, tendrían una especial relevancia en la vida pública venezolana, no solo en la política, también en el periodismo, la literatura, la economía, las instituciones y la ciencia.

A lo largo de las décadas, el movimiento estudiantil venezolano, salvo algunos episodios puntuales, se ha desenvuelto bajo el signo inspirador de la Generación del 28. Quiero decir con esto que, cuando ha actuado –cuando ha sido noticia–, en la mayoría de las ocasiones, ha sido para defender las libertades políticas y democráticas. Nunca, las sucesivas generaciones de dirigentes universitarios, ni en Caracas ni en otras ciudades universitarias del país, han sido ajenas o indiferentes al estado de cosas que han afectado a la sociedad venezolana.

Desde que Chávez se hizo con el poder en 1999, y hasta ahora, los estudiantes universitarios venezolanos han sido el sector de la sociedad que, de forma más sistemática, consciente y heroica, se ha opuesto a la dictadura, y ha resistido a sus embates durante 27 años, en las universidades de todo el país.

Se trata de un caso llamativamente peculiar, que exigiría concienzudos estudios de investigadores de las ciencias sociales: cómo ha sido posible que las izquierdas, los neocomunistas y sus disfraces progresistas presentes en las universidades venezolanas, hayan derivado en minorías políticas –ruidosas, a menudo violentas, pero sin real inserción social–, y no hayan podido asegurar, tal como lo ha pretendido la dictadura, el apoyo de los universitarios.

Hay que repetirlo: los estudiantes universitarios venezolanos –y en ello incluyo a los de las universidades privadas– han resistido a todas las modalidades de ataque y coerción: sabotaje electoral, medidas tribunalicias, ahogamiento financiero y administrativo, acoso policial, abierta represión, secuestros, detenciones, juicios sumarios e ilegales y numerosos asesinatos.

Medido en vidas sacrificadas a favor de la democracia, los jóvenes y los estudiantes universitarios venezolanos encabezan las listas de víctimas de los asesinatos cometidos durante los gobiernos de Chávez y de Maduro.

Tras el anuncio de Radio Caracas Televisión, en 2007, se produjo una movilización estudiantil de carácter histórico: gigantescas marchas que clamaron en defensa de la libertad de expresión. Aparecieron con aquel inolvidable emblema de la palma de la mano blanca, que era un modo de decir, basta. De ese momento de lucha surgió una generación de dirigentes políticos –Juan Guaidó, Freddy Guevara, Miguel Pizarro, Juan Requesens, Gaby Arellano, Nixon Moreno y muchos más–, que muy pronto se incorporaron a la vida pública venezolana.

Desde entonces, no ha habido año en que los estudiantes no hayan actuado a favor de la libertad, incluso después que, durante manifestaciones pacíficas, muchos fuesen asesinados de forma inclemente. Algunos, como Lorent Saleh, que se incorporó a la lucha en 2011, tras ser detenido, fue sometidos a salvajes torturas físicas y psicológicas, al punto de convertirse en una figura simbólica de proyección internacional.

Y así ha continuado: en 2013, 2014, 2015, 2017, 2018, 2019: marchas, concentraciones, huelgas de hambre, denuncias ante organismos internacionales y un sinfín de otras iniciativas, donde no han faltado eventos culturales y acciones de carácter humanitario a favor de los presos políticos. De esas luchas han surgido decenas de figuras políticas, de las que cualquier sociedad podría sentirse orgulloso, más allá de si se comulga o no con sus métodos o propuestas políticas.

Ese movimiento estudiantil, esa tradición que se inicio en abril de 1928, y que muy pronto alcanzará un siglo de historia, es la que ha vuelto a las calles del país en las semanas recientes –de forma masiva y nacional el 12 de febrero, Día de la Juventud–, a exigir la liberación total de los presos políticos, la aprobación inmediata de una ley de Amnistía real y sin trucos, el fin de la dictadura y el paso inmediato a un nuevo período democrático.

La fuerza de su reaparición nos recuerda que la lucha sigue y que contamos con los estudiantes universitarios venezolanos para terminar de liquidar a la narcodictadura que se mantiene en el poder.

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