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Lecciones de Mineápolis

El americano medio tolera a Rambo fuera (Irán, Venezuela, etc); dentro de casa exige cabeza fría. Trump aún tiene margen para corregir el desastre de Minnesota, pivotar hacia la economía y convertir el ruido en aplausos

Oficiales del sheriff del condado de Hennippen se encuentran cerca de la entrada del Edificio Federal Bishop Whipple mientras manifestantes se oponen a las detenciones del ICE casi una semana después de que Alex Pretti fuera asesinado por agentes del ICE en Minneapolis, Minnesota

Manifestantes frente a oficiales del sheriff, en Mineápolis, MinnesotaAFP

Mineápolis, ese bastión demócrata casi inexpugnable que ni siquiera Reagan logró conquistar en su victoria arrolladora de 1984, se ha convertido en el laboratorio perfecto para demostrar cómo el trumpismo se descarrila cuando confunde firmeza con brutalidad. En un territorio donde los republicanos no ganan unas presidenciales desde Nixon en el 72, la llamada «Operation Metro Surge» de enero no ha sido una jugada estratégica, sino un espectáculo de exceso policial que ha terminado enfrentando a los dos extremos de la política estadounidense.

Los estadounidenses creen en el respeto a la ley y en unas fronteras seguras. Rechazan la violencia antisistema de Antifa, que solo genera caos. Pero también sienten una repulsión visceral ante el matonismo de salón disfrazado de «ley y orden». Y eso es exactamente lo que ha ocurrido en Mineápolis.

Trump diseñó una operación en la que, en teoría, tenía poco que perder. Se trataba de un territorio hostil, donde nunca aspiró seriamente a ganar; un gobernador demócrata, además, señalado por escándalos relacionados con la inmigración ilegal y la corrupción (mas de 9.000 millones solo en fraude de sanidad); y una oportunidad para redoblar su mensaje duro contra los ilegales. Apretó el acelerador. Lo que comenzó como un operativo para deportar criminales indocumentados degeneró rápidamente en un despliegue masivo, ruidoso y torpe, protagonizado por agentes sobreactuados e infra-formados que terminaron disparando contra ciudadanos estadounidenses. Provocadores, sí, pero ciudadanos con derechos constitucionales que el Estado no puede ignorar.

Para colmo, las investigaciones independientes desmontaron la narrativa oficial que presentaba a las víctimas como «terroristas domésticos». Hubo disparos a quemarropa. No eran pacifistas al estilo Gandhi, sino agitadores con vocación de caos, muy en la línea de Antifa. Lo del asesinato del enfermero esta semana no se trataba de buenos contra malos, como nos lo han presentado. Era un provocador que llevaba días dando patadas e intentando montar la de San Pedro. Y los agentes que lo mataron se pasaron cien pueblos en su reacción, cierto e indiscutible. Pero, sea como fuere, el efecto político es demoledor: Trump ha logrado convertir una política con amplio consenso social –controlar la frontera y expulsar a delincuentes violentos– en un terreno donde pierde iniciativa y apoyo. Todo, una vez más, por las formas.

Trump ha logrado convertir una política con amplio consenso social en un terreno donde pierde iniciativa y apoyo

El problema es que lo que queda grabado en la retina del votante no es la provocación calculada de los activistas, sino la violencia indiscriminada de agentes mal preparados y pasados de vueltas. El resultado ha sido un cóctel explosivo: protestas masivas, dimisiones en cadena de fiscales federales y un ruido mediático que ha erosionado incluso el respaldo republicano. Las encuestas de enero son claras: la aprobación de Trump en inmigración ha caído del 88 % entre republicanos en noviembre al 76 %, y se desploma hasta el 38 % entre el conjunto del electorado. Paradójicamente, su éxito inicial cerrando la frontera le obliga ahora a moderarse en las deportaciones. La inmigración ha bajado al 27 % en la lista de preocupaciones nacionales, pero el 69 % cree que Washington se ha pasado de frenada.

Los datos reales son mucho más equilibrados que los titulares. Las deportaciones de 2025–2026 no superan las de la era Obama, que alcanzaron picos similares. Los americanos están generalmente contentos con el hecho de que el Gobierno haya recuperado el control de sus fronteras. Y nadie duda que a los indocumentados violentos hay que identificarlos y expulsarlos. El problema no es el qué, sino el cómo. La brutalidad lo envenena todo. No suma votos. Los Rambos no ganan elecciones. Los votantes quieren ley, no linchamientos.

Los americanos están generalmente contentos con que el Gobierno haya recuperado el control de sus fronteras

En ese contexto, el envío de Tom Homan a Mineápolis parece un claro giro táctico. Es el mismo halcón de siempre, exdirector del ICE en el primer mandato de Trump, pero ahora con otro enfoque: menos despliegues teatrales, más precisión quirúrgica; menos ruido, más foco en criminales convictos; promesas de reducir presencia federal si hay cooperación local y directrices claras para evitar escaladas con agitadores. No es debilidad. Es inteligencia táctica política.

Este cambio coloca al gobernador Waltz en un dilema incómodo. Con un ICE más profesional y contenido, quedan al desnudo las políticas santuario de Minnesota. La ley estatal impide a las policías locales colaborar con las autoridades federales de inmigración, convirtiendo el estado en un refugio no solo de trabajadores indocumentados pacíficos, sino también de delincuentes graves. Si Homan actúa con precisión, los demócratas locales quedarán retratados como facilitadores del crimen organizado, mientras se envuelven en una retórica de falsa compasión.

Ahí está el clavo que Trump debería martillar sin cesar: perseguir a los criminales reales y dejar en paz a los inmigrantes pacíficos que trabajan y pagan impuestos; además cuidan los jardines y a los hijos de sus votantes, y no molestan a nadie. Eso, de paso, expone la hipocresía demócrata. Muchos de los manifestantes actuales no protestan por una causa concreta; protestan contra Trump porque sí. Se comportan más como hooligans dopados de rabia que como activistas con principios. Les da igual Gaza, el cambio climático o los derechos de los transexuales.

La historia demuestra que la violencia nunca convence. El movimiento por los derechos civiles de Martin Luther King triunfó porque eligió la superioridad moral del pacifismo. La violencia solo regala munición al adversario. Esa es la gran debilidad de la estrategia de confrontación de los demócratas. Se pueden ganar batallas por los excesos del adversario, pero sin la superioridad moral, se acaba perdiendo la guerra.

Mientras tanto, en Washington, el Partido Republicano está nervioso. Los senadores republicanos mas moderados están pidiendo cabezas de los elementos más radicales y descerebrados de la Administración, como Steve Miller. También les preocupa que la Casa Blanca, obsesionada con la inmigración y los aranceles, ha dejado en segundo plano lo que realmente importa al votante medio: la economía doméstica. Entre redadas, disturbios y ruido internacional, pasan desapercibidas noticias positivas como el abaratamiento de la vivienda prefabricada, los precios de la gasolina en mínimos de cinco años o las devoluciones fiscales tras los últimos recortes fiscales.

Los republicanos del Congreso ruegan al presidente que vuelva al mensaje económico. La izquierda, atrapada aún en el modo «resistencia», tendría muy difícil contrarrestar un discurso centrado en crecimiento, salarios, impuestos bajos y energía barata. Pero con imágenes como la violencia en Mineápolis, Trump les sirve la campaña en bandeja.

¿Durará este giro hacia la moderación? Esa es la gran incógnita. Los demócratas intentarán provocar, y cualquier revés judicial (como la decisión de la Corte Suprema sobre los aranceles) puede reactivar el conflicto. Pero mi sensación es que el país en general está cansado del ruido. Quiere estabilidad, precios razonables y prosperidad tangible. Los energúmenos seguirán con sus cuernos, pancartas y patadas. Pero no hay que confundir nunca a cuatro monos con el público en general. A pesar de las imágenes de violencia en la televisión, el país en general no está en guerra civil ni nada que se parezca. Como decía Jarcha, yo solo veo gente muy educada, hasta en la cama.

La lección de Mineápolis es clara: incluso las causas con apoyo mayoritario no se pueden defender a patadas y los gobiernos deben entender el principio del mariscal de campo prusiano Helmuth von Moltke el Viejo: «Ningún plan de operaciones se extiende con certeza más allá del primer encuentro con las fuerzas principales del enemigo». La acción policial, sobre todo cuando está justificada, requiere de apoyo social, y este solo se gana respetando la vida y el debido proceso. El americano medio tolera a Rambo fuera (Irán, Venezuela, etc); dentro de casa exige cabeza fría. Trump aún tiene margen para corregir el desastre de Minnesota, pivotar hacia la economía y convertir el ruido en aplausos. Si no lo hace, los votantes, saturados, cambiarán de canal… y de partido.

Sería una pena que el concierto de Brandeburgo acabe en una cacofonía por el ruido de los disparos.

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