Hezbolá pone al Líbano como rehén de su guerra con Israel
La organización terrorista no está completamente aislada, posee representación política en el parlamento y controla sectores sociales y territorios, especialmente en el sur y los suburbios chiíes de Beirut
Destrozos en Líbano tras el bombardeo israelí en represalia de los ataques de Hezbolá
Presionado por Irán, a cuyos intereses responde por ideología y financiación, Hezbolá atacó a Israel ingresando para aliviar la carga de Teherán. El presidente libanés declaró que «actúan por intereses contrarios al país, arriesgando nuestro futuro como nación independiente».
Desde la última guerra contra Israel en 2024, la milicia terrorista Hezbolá –movimiento chií satélite de Irán– ha sido el principal grupo armado del Líbano. Su fuerza, estructura y vínculos con Teherán han causado graves tensiones regionales. La FDI –Ejército israelí– respondió con ataques permanentes contra sus infraestructuras, acusándola de rearmarse pese al acuerdo de alto el fuego, que estableció un cese de hostilidades formal y la obligación del ejército libanés de controlar el sur libanés y desarmar al grupo.
Durante los últimos meses, el movimiento había enviado señales contradictorias: por un lado, afirma que mantendrá la neutralidad en un conflicto entre EEUU e Irán, salvo «si se ataca directamente al liderazgo de la República Islámica». Hezbolá, muy debilitado, mantiene de todos modos capacidad militar y ha sido objetivo de operaciones puntuales de las FDI, como ataques en el valle de Bekaa.
El choque entre Washington y Teherán ha elevado la tensión en todo Oriente Medio. Los americanos –del norte– han reforzado su despliegue militar, presionando para frenar el programa nuclear persa y destruir su arsenal misilístico.
En este contexto, Hezbolá reiteró que no intervendrá si se lanzan «ataques limitados», a menos que estos se «interpreten como un intento de derrocar al régimen o eliminar figuras clave», como el dictador Ali Jamenei.
En resumen su actitud era impredecible. Esta ambigüedad fue un punto de presión para Israel y EEUU, que temen que pueda abrirse un segundo frente en caso de escalada total. Pero finalmente se sumo de lleno a la guerra.
Beirut quiere paz
A diferencia de otros grupos armados, Hezbolá no está completamente aislado en Líbano; posee representación política en el parlamento y controla sectores sociales y territorios, especialmente en el sur y los suburbios chiitas de Beirut.
Justamente por este desafío a la soberanía libanesa, nación que ya ha sufrido las consecuencias de acciones terroristas del movimiento, el actual gobierno de Nawaf Salam subrayó su intención de que sólo el Estado posea armas, reclamando la desmilitarización de Hezbolá como parte del proceso para normalizar al país.
Ningún estado normal puede renunciar al monopolio de la fuerza, ni ser rehén de un grupo que responde a intereses extranjerosPresidente de Líbano
Salam declaró que «ningún estado normal puede renunciar al monopolio de la fuerza, ni ser rehén de un grupo que responde a intereses extranjeros». La posición del Ejecutivo libanés es delicada, pues debe equilibrar la presión internacional (especialmente de EE. UU y Occidente) con la realidad política interna, donde Hezbolá sigue siendo una fuerza tan poderosa como el ejército nacional.
El gobierno libanés ha exhortado al grupo chií a evitar involucrarse en conflictos externos, destacando los riesgos para la población civil y la infraestructura nacional si se reanudan hostilidades con Israel, o si se ve arrastrado por choques entre Irán y EEUU.
Israel ha lanzado advertencias claras y oficiales: si Hezbolá se involucra en una guerra derivada del conflicto, las FDI responderán con ataques masivos contra objetivos estratégicos dentro del Líbano, como el aeropuerto de Beirut. Estas advertencias no son retóricas. Se han difundido listas de objetivos potenciales, que reflejan la decisión de actuar con precisión para eliminar un segundo frente militar. Las advertencias no dieron resultado.
Washington, por su parte, ha evacuado personal diplomático no esencial en Beirut y ha dado un claro mensaje de apoyo a la defensa israelí en caso de escalada, reforzando la cooperación militar con el objetivo de contener la influencia iraní y mantener fuera a Hezbolá. Esta postura coincide con una política más amplia de presión sobre Teherán y sus proxis terroristas.
La Casa Blanca ha adoptado un discurso firme frente a Irán, calificando cualquier guerra como «una victoria segura», minimizando los riesgos. Aunque esta afirmación es difícil de comprobar.
El presidente Macron ha mostrado su apoyo explícito al Líbano en términos de soberanía y estabilidad, proponiendo conferencias internacionales para dotar al país de recursos frente a desafíos políticos y de seguridad. También ha respaldado el proceso de fortalecer sus Fuerzas Armadas, apoyando el monopolio estatal de la fuerza, y ha enfatizado la importancia de respetar los acuerdos de alto el fuego. Su enfoque actual defiende la consolidación institucional libanesa como pieza central para evitar que milicias armadas puedan provocar una nueva guerra con consecuencias devastadoras para el «país de los cedros».
La situación de Hezbolá es un equilibrio frágil entre capacidad militar, ambiciones políticas e influencia de un amo externo como Irán. Las señales mixtas sobre su intervención en un posible conflicto mayor reflejan una estrategia de cálculo que busca evitar una derrota militar directa, pero que no descarta intervenir si considera amenazada la financiación de Teherán. El Líbano y su futuro no son prioridades para ellos ni nunca lo han sido.
Israel y EEUU han dejado claro que no tolerarán que el grupo abra un nuevo frente sin consecuencias, lo que ya desencadenó represalias severas y un impacto profundo en la estabilidad libanesa. Líderes como Trump impulsan un discurso de presión firme a Irán, mientras Francia busca fortalecer la soberanía libanesa y la neutralidad del país como forma de prevenir una escalada. Estos objetivos son compartidos por todos salvo Irán; el problema es que París no parece entender que su rol como gran potencia es tema del pasado.
En definitiva, Hezbolá sigue siendo un factor clave para la paz entre Líbano e Israel. Su intervención en el conflicto determinaría la ampliación geográfica del mismo, con trágicas consecuencias humanas y políticas. El gobierno de Beirut acusó al movimiento de actuar en contra de los intereses nacionales «colocando al país en riesgo de destrucción», en palabras del presidente legítimo, Nawaf Salam.