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La guerra en Irán: un plan equivocado

Un viejo axioma militar nos asegura que «no hay plan que resista el primer contacto con el enemigo». Como a casi todos los axiomas, a este también le falta una coda: «Sobre todo si el plan es malo»

Santuario de Imamzadeh Saleh, en la plaza Tajrish, al norte de Teherán

Santuario de Imamzadeh Saleh, en la plaza Tajrish, al norte de TeheránAFP

¿Es malo el plan de los EE.UU. para la guerra de Irán? Es difícil valorarlo con absoluta certeza cuando no sabemos los verdaderos objetivos de Trump, pero el despliegue de un MEU –siglas de Marine Expeditionary Unit– a las aguas del Golfo a las dos semanas del comienzo de la guerra es una pésima señal. Los 2.500 infantes de marina que hoy están navegando hacia el teatro de operaciones no van a resolver la contienda –habría que multiplicar su número por cien, como mínimo, para someter a Teherán– pero añaden capacidades adicionales que serían muy bienvenidas aplicadas a tareas concretas, particularmente en el litoral iraní.

Alrededor del estrecho de Ormuz, hoy controlado por los iraníes, hay algunas islas difíciles de defender que ofrecen oportunidades estratégicas para una campaña que podría alargarse. Hasta para los profanos, el asunto es tan evidente que inevitablemente surgen las preguntas: ¿por qué no están todavía allí los marines? ¿de verdad no preveían necesitarlos? Y, si es así, ¿qué se les ha torcido?

No voy a defender el oficio militar solo porque fuera el mío, pero pondría la mano en el fuego –de verdad, no como muchos políticos que dicen hacerlo por la honradez de algunos de sus colegas y luego la retiran sin chamuscarse– porque esta clamorosa omisión no ha sido un error del Pentágono. En sus salas de planeamiento, donde nació la doctrina hoy en auge de las operaciones multidominio, no se les habrá olvidado el papel de las fuerzas terrestres en la guerra moderna.

La dirección de la guerra

El error se comete, sin la menor duda, en la dirección estratégica de la campaña. Una dirección que está en manos de indocumentados como Pete Hegseth, un secretario de la Guerra que encajaría mejor entre los serviles cortesanos del Kremlin que en las estructuras del Pentágono donde, hasta no hace mucho tiempo, los militares eran escuchados con respeto. Es, también, un error personal del presidente Trump, que se creyó que Irán era Venezuela cuando nadie debería confundir a los malvados de a pie –de verdad lo eran los líderes del chavismo– con el mal mismo, del que no estará lejos la falsificación de la voluntad de Dios para apoderarse de las mentes de sus criaturas.

Otro error personal del presidente, si cabe más grave que el anterior, es el carecer de respuesta para el cierre del estrecho de Ormuz, algo que hasta los becarios de las redacciones de los periódicos del corazón –dicho sea esto con todo respeto– habían oído que podría ocurrir si se presionaba al régimen de los ayatolás hasta el punto de poner en juego su supervivencia. Lo que ahora se le ha ocurrido a Trump –que sería un mejor líder político si estuviera callado y un mejor comandante en jefe si no bailara en público mientras sus tropas combaten y, en ocasiones, dan la vida por su país– es pedir a otras naciones que envíen a sus buques de guerra dónde él no quiere meter a los suyos.

Otro error personal del presidente, si cabe más grave que el anterior, es el carecer de respuesta para el cierre del estrecho de Ormuz

Las amenazas a la OTAN

Es bueno que el lector sepa que las amenazas a la OTAN que hemos oído estos días son, por el momento, un brindis al sol. En el acta del presupuesto de defensa para el año 2024, el Congreso introdujo una cláusula ampliamente apoyada por los dos partidos –Marco Rubio estaba entre sus promotores– que prohíbe al presidente de los EE.UU, sea quien sea, salir de la OTAN sin la aprobación del Senado o el aval de una ley del propio Congreso.

Si el lector echa la vista atrás, recordará que el magnate lleva un año de mandato maltratando por igual a sus aliados y a sus enemigos. La única excepción a esta regla es la de Vladimir Putin al que, además de intereses no siempre claros, le une la incapacidad de dirigir una guerra como es debido. También el dictador del Kremlin se dio cuenta al comienzo de su campaña de que le faltaban tropas. También él creyó equivocadamente que bastaba un primer impulso para que su enemigo se derrumbara. Cuatro años después, ya vemos dónde está.

Esperemos que las similitudes entre ambos líderes terminen aquí, porque el dictador ruso, todavía incapaz de entender la naturaleza de la guerra que libra en Ucrania, perdió la oportunidad de cantar victoria en los primeros días de su guerra. Tuvo en su mano la posibilidad de declarar un alto el fuego unilateral que, seguramente, le habría permitido quedarse con el territorio ocupado en los momentos iniciales, casi el doble de lo que tiene ahora. Sería malo para todos que al presidente Trump –que, como Putin en Ucrania, ya ha conseguido muchas cosas en su guerra de Irán– le pasara lo mismo… solo porque todavía esté muy lejos de los objetivos maximalistas de Netanyahu.

La soledad de los EE.UU. en Ormuz

Pero volvamos a lo nuestro. ¿A quién pide ahora ayuda Donald Trump para desbloquear el estrecho de Ormuz? A la China a la que está tratando, con bastante éxito por cierto, de expulsar del continente americano. A la Europa a la que ha humillado cuando ni siquiera nos consultó sobre sus planes de guerra, a la que amenazó cuando trató de apoderarse de Groenlandia, a la que desdeña cuando hace concesiones a Vladimir Putin que perjudican nuestros intereses estratégicos. Mucho me temo que obtendrá un no por respuesta y que eso le pondrá en un aprieto… del que, eso sí, tanto él como los trumpérrimos –cuyo número, afortunadamente, parece reducirse en estos días de prueba– culparán a todos los demás.

Tengo grandes amigos que alaban el coraje de Donald Trump. A mí, sin embargo, más que coraje me parece inconsciencia. Es probable que esa discrepancia de pareceres se dé también en la comunidad de lectores de El Debate. Será el tiempo, juez inapelable, quien dé la razón a quien la tenga. Yo, por el bien de la humanidad, solo espero que su sentencia no se haga esperar demasiado.

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