El engaño pacifista: la izquierda que grita paz mientras vende nuestra democracia
Estos predicadores de la paz barata ignoran que las libertades se defienden en las fronteras ajenas para no tener que combatirlas en las propias. Pero su ceguera nos arrastra a todos: pronto, esos problemas que minimizan –invasiones, terrorismos, inestabilidades– llamarán a nuestra puerta
Manifestación por el 'No a la guerra' de Irak en 2003
«La paz no es ausencia de guerra, sino presencia de justicia». Con esta máxima, tantas veces esgrimida por los adalides de la izquierda, se han llenado plazas y pancartas en nombre de un supuesto humanismo. Sin embargo, casi medio siglo después de las grandes movilizaciones contra Vietnam o Irak, el fruto de aquel pacifismo ha mutado en un tronco egoísta y ramas oportunistas, controlado por una policía ideológica cuya finalidad es vigilar, con mano de hierro y consignas vacías, los bolsillos y las comodidades de sus propios devotos.
El grito de «No a la Guerra» resurgió con fuerza en los albores del siglo XXI, impulsado por una coalición de intelectuales progresistas, sindicatos y movimientos antiglobalización que prometían defender la dignidad humana por encima de todo. Pero en pleno 2026, este mantra se nutre de la miopía de Occidente y su dependencia consumista. La izquierda ya no se conforma con disfrazar el egoísmo de solidaridad: aspira a erosionar las defensas colectivas y erigirse como la voz internacional de los descontentos. Para tal propósito se apoya en un «Eje del Buenismo» compuesto por los siguientes tópicos.
El argumento económico: «No a la guerra porque sube la gasolina». Unos céntimos más en el surtidor bastan para movilizar a quienes ven en el conflicto ajeno una amenaza a su rutina diaria, ignorando que esa misma energía financia regímenes opresores.
La inflación como excusa: «No a la guerra porque encarece la cesta de la compra». El alza de precios en el supermercado se convierte en el verdadero enemigo, no la agresión territorial que mina las libertades globales.
El aislacionismo disfrazado: «No a la guerra porque no es nuestro problema». Una visión cortoplacista que olvida cómo las amenazas externas, como en Ucrania o Oriente Próximo, se convierten en internas si no se combaten a tiempo.
El dogmatismo ideológico: Desde la churrería ideológica –esa fábrica de consignas baratas y dependientes– se generan no solo parásitos económicos, sino zombis intelectuales incapaces de cuestionar sus propios dogmas.
Desde 2022, con la invasión rusa de Ucrania y los conflictos en Oriente Próximo, Europa libra un pulso persistente sobre la defensa de sus valores, que esta izquierda arcaica socava con su fanatismo. Se adhieren a narrativas simplistas, comprometiéndose a no intervenir en nombre de una paz ilusoria. Según informes de organismos internacionales como la ONU o la OTAN, la inacción ante agresiones como las de Hamás o los hutíes no solo prolonga el sufrimiento, sino que invita a más incursiones, con un potencial para desestabilizar cadenas de suministro globales y elevar costes que, irónicamente, tanto deploran.
Y aquí es donde entra el gran engaño iraní, que esta izquierda ignora o minimiza en su afán por un pacifismo selectivo. Irán, designado como estado patrocinador del terrorismo desde 1984, ha tejido una red de vínculos con grupos terroristas que extiende su influencia destructiva por todo Oriente Próximo y más allá.
A través de la Fuerza Quds del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (IRGC-QF), Teherán proporciona financiación, armas y entrenamiento a organizaciones como Hezbolá en Líbano, Hamás y la Yihad Islámica Palestina en Gaza, milicias chiíes en Irak como Kataib Hezbolá, y los hutíes en Yemen. Estos proxies no solo perpetúan conflictos regionales, sino que han sido responsables de ataques directos contra intereses occidentales, incluyendo la muerte de soldados estadounidenses en Irak y Siria, y atentados que han costado cientos de vidas civiles.
Ignorar estos lazos no es pacifismo; es complicidad con un régimen que exporta muerte y desestabilización, alimentando las mismas subidas de precios que la izquierda lamenta mientras evita confrontar la raíz del problema.
El avance de esta izquierda ridícula es inversamente proporcional a los derechos y libertades que dice defender, y representa una amenaza directa para nuestra democracia. Un dogmatismo que exporta indiferencia, una ideología fundamentalista que impulsa la proliferación de dependencias ideológicas y cercena con soga y consignas cualquier chispa de realismo, no puede coexistir con un orden basado en los valores que defendemos: libertad, solidaridad verdadera y justicia.
Qué fácil es opinar sobre una guerra en Oriente Próximo sin entender cómo funcionan las cosas en nuestra propia casa. Estos predicadores de la paz barata ignoran que las libertades se defienden en las fronteras ajenas para no tener que combatirlas en las propias. Pero su ceguera nos arrastra a todos: pronto, esos problemas que minimizan –invasiones, terrorismos, inestabilidades– llamarán a nuestra puerta, y el precio no será unos céntimos, sino la erosión de nuestra democracia.
Romper con esta tiranía ideológica es una obligación moral y estratégica para cualquier sociedad libre. ¿Hasta cuándo vamos a permitir que los fanáticos de izquierda que alzan su puño en nombre de la paz sigan caricaturizando la solidaridad con las cadenas de su propio egoísmo?
Contra el dogmatismo solo existe una alternativa. El resto es rendirse.
- Ignacio Trillo Arespacochaga es miembro de la junta directiva de la Asociación Pie en Pared y de la Fundación Foro Libertad y Alternativa