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Aquilino Cayuela
AnálisisAquilino Cayuela

Caminos escarpados: los crecientes peligros de un mayor conflicto militar en un mundo de guerras

El tablero internacional es cada vez más volátil, y la resbaladiza pendiente del incremento de una crisis tras otra nos introduce en caminos escarpados, con conflictos cada vez más intensos y peligrosos

Un avión F/A-18E Super Hornet, asignado al Escuadrón de Caza de Ataque 31, se acerca a la cubierta de vuelo del portaaviones más grande del mundo, el USS Gerald R. Ford

Un avión F/A-18E Super Hornet, asignado al Escuadrón de Caza de Ataque 31, en el USS Gerald R. FordAFP

El estallido de la Primera Guerra Mundial vino precedido por una serie de crisis, como los enfrentamientos entre Alemania y Francia por el control de Marruecos entre 1905 y 1911, donde en este último año la crisis de Agadir preludió la proximidad de una gran contienda. Aquí, Alemania desafió la influencia francesa, lo que fortaleció la alianza franco-británica y aumentó la desconfianza hacia Berlín.

Se dio también la crisis de Bosnia en 1908, donde Austria-Hungría se anexionó Bosnia-Herzegovina, provocando la ira de Serbia y de Rusia, y elevando la tensión en los Balcanes.

Luego, las Guerras Balcánicas, entre 1912-1913, donde dos conflictos consecutivos en la región debilitaron al Imperio Otomano y fortalecieron a Serbia, algo que Austria-Hungría percibió como una amenaza directa a su seguridad.

Finalmente, la última crisis, en julio de 1914, con el asesinato del archiduque Francisco Fernando el 28 de junio en Sarajevo, que desencadenó la Gran Guerra en Europa.

Desde hace cuatro años, hemos acumulado más crisis que durante aquel periodo de comienzos del siglo XX. El orden mundial «post guerra fría» ha desaparecido por completo y dos conflictos considerables nos asedian en este periodo. Ahora, la invasión de Ucrania ha tomado la delantera a las otras guerras, como la de Irán.

Como escribió Clausewitz, «la guerra es el reino de la incertidumbre; tres cuartas partes de las cosas en las que se basa la acción en la guerra permanecen ocultas en la niebla de una mayor o menor incertidumbre». Tomar decisiones en estas circunstancias conlleva el riesgo de cometer errores de cálculo fundamentales.

Puede que haya un amplio consenso en que los actores radicales y los teócratas con armas nucleares son peligrosos, pero decidir cuándo emprender una acción militar contra ellos no es tan sencillo. La guerra de Irak demostró lo imprudente que es actuar de forma precipitada. Aunque el régimen iraní está mucho más cerca de alcanzar la capacidad nuclear en 2026 que lo estaba el dictador iraquí Sadam Husein en 2003, no está claro si ese progreso justificaba el riesgo de una guerra de mediana envergadura. El hecho es que, una vez iniciada, se ha convertido en una guerra muy considerable e incierta.

La guerra de Irak demostró lo imprudente que es actuar de forma precipitada

Si miramos los mapas, la extensión de Irán, la antigua Persia, es espectacular. Sus Fuerzas Armadas y sus arsenales de armamento y munición son descomunales. Es, además, un país creyente, dominado por chiíes, para quienes el tránsito a otra vida no es un problema, sino más bien una ganancia. Elemento este último que los occidentales cada vez somos menos capaces de comprender. Pues en esta guerra, Israel e Irán sostienen un conflicto encarnizado y existencial de orden religioso.

Es importante este aspecto para comprender los graves riesgos que comportan otros conflictos que afectan a Pakistán, Afganistán y la India.

Pero tampoco hemos de olvidar que cabe la posibilidad de que se inicie otra crisis en el Pacífico, como desenlace a las tensiones entre China y Taiwán. Esta crisis sí sería definitiva para escalar a una conflagración mundial, porque el Pacífico Occidental tiene mayor importancia para los intereses de Estados Unidos que Ucrania y Oriente Medio.

Además, si llegamos a este trance, llegamos directamente a confrontar la rivalidad hegemónica entre EE.UU. y China.

Las guerras eternas en Oriente Medio, en general, solo han tenido un efecto limitado en los mercados financieros, y estos han descontado la agitación geopolítica de la región en las últimas décadas. La situación sería muy diferente si se produjera una guerra abierta en el Pacífico Occidental, donde se encuentran las rutas marítimas, las cadenas de suministro y las economías más importantes del mundo.

Para el estadounidense medio, una guerra en el Pacífico, si no se calibra perfectamente, podría eclipsar la magnitud de los errores de cálculo y la tragedia de las guerras de Afganistán, Irak, Vietnam o el actual conflicto sostenido con Irán, principalmente por el impacto económico, pero también por la destrucción de materiales vitales, como los semiconductores.

Si se abre una crisis en el Pacífico, la economía colapsaría y entraríamos en una tercera gran guerra. De hecho, tanto en Pekín como en Washington se sigue planificando un conflicto de este tipo, lo que aumenta la probabilidad de que algún día se produzca.

Entrar en una guerra por Taiwán y el mar de la China Meridional, tal vez incluso una guerra de mediana envergadura es fácil. Muchos analistas sostienen que para China sería ahora el momento de ejecutar su ocupación de la isla de Formosa. Si se diera el caso, poner fin a esta guerra es más difícil.

A pesar de todos los ingeniosos juegos de guerra que han ensayado los analistas sobre un conflicto breve y agudo por Taiwán, las guerras reales tienden a convertirse en realidades que lo abarcan todo.

El conflicto con Corea del Norte, otro régimen disruptor en el panorama internacional, también podría convertirse algún día en una guerra de envergadura. El país no cuenta con organizaciones sociales fiables, porque no existen elementos de la sociedad civil, por lo que cualquier conflicto que amenace con derrocar al régimen también amenaza con desatar el caos interno.

Como podemos comprobar, el tablero internacional es cada vez más volátil, y la resbaladiza pendiente del incremento de una crisis tras otra nos introduce en caminos escarpados, con conflictos cada vez más intensos y peligrosos.

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