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Lidia Fernández
CrónicaLidia FernándezVarsovia

¿Cómo el catolicismo sobrevivió al comunismo en Polonia?

Desde que el 17 de septiembre de 1939 los soviéticos entraran a Polonia cruzando el Vístula, la religión católica fue el bastión más difícil al que se enfrentaron socialmente

Breslavia, Polonia_2023

Breslavia, Polonia_2023

Por cinco décadas, el régimen comunista polaco intentó imponer un modelo de sociedad en el que la religión quedara relegada a la esfera privada o, idealmente, desapareciera. Sin embargo, al término del sistema comunista en 1989, la Iglesia católica no solo seguía en pie: conservaba una influencia social y simbólica excepcional en comparación con otros países del bloque soviético.

A diferencia de lo ocurrido en la Unión Soviética, no se produjo una eliminación masiva de estructuras eclesiásticas. Las parroquias siguieron funcionando, los sacramentos continuaron celebrándose y la práctica religiosa nunca fue prohibida de forma total. El motivo fue político: una represión radical habría provocado una resistencia social difícil de controlar en un país donde la mayoría de la población seguía identificándose como católica.

La pregunta no es solo cómo sobrevivió, sino por qué en Polonia resultó imposible desarraigarla.

Un origen que es también identidad

La tradición cristiana en Polonia se remonta al año 966, cuando el duque Mieszko I adoptó el cristianismo. Este hecho no fue únicamente religioso: supuso la integración del territorio polaco en la Europa occidental latina. Desde entonces, el catolicismo quedó vinculado a la construcción política y cultural del país.

Esa relación se reforzó durante los siglos XVIII y XIX, cuando Polonia desapareció del mapa tras las particiones entre Rusia, Prusia y Austria. En los 123 años que Polonia «dejó de existir como país», la Iglesia actuó como un espacio común que conservaba la lengua, la cultura y la conciencia nacional. Para la gran mayoría de la sociedad, la fe católica no era solo una creencia o un llamamiento a la fe, sino un elemento de pertenencia colectiva a una nación: Polonia.

Cuando el comunismo se instauró tras la Segunda Guerra Mundial, esa identificación con la iglesia seguía vigente. El nuevo régimen no se enfrentaba simplemente a una institución religiosa, sino a una estructura profundamente enraizada en la identidad nacional.

Stefan Wyszyński

Stefan Wyszyński

El Estado comunista polaco adoptó una política ambivalente hacia la Iglesia. Hubo represión, pero también límites claros a esa represión. En los primeros años, especialmente en la década de 1950, el poder intentó someter a la Iglesia mediante: vigilancia sistemática por los servicios de seguridad comunistas; restricciones a la educación religiosa; control de publicaciones y presión sobre el clero.

Aún resiste en la memoria colectiva la detención del primado Stefan Wyszyński en 1953, tras oponerse a la subordinación de la Iglesia al Estado. Wyszyński había participado en actividades clandestinas durante la ocupación nazi y moldeo una visión cultural: la Iglesia debía sobrevivir incluso en condiciones extremas, sin desaparecer ni romper completamente con el poder. Tras su nombramiento en 1948 como arzobispo de Gniezno y Varsovia, intentó evitar un conflicto abierto. Y en 1950 firmó un acuerdo con el Gobierno comunista, en el que la Iglesia reconocía ciertas realidades políticas del régimen a cambio de mantener autonomía en cuestiones religiosas.

Stefan Wyszyński lidió con las relaciones del Gobierno soviético hasta que en 1953 el Estado decreto que debía aprobar los nombramientos eclesiásticos, el eclesiástico respondió con un: «Non possumus» (no podemos aceptar esto). La frase se convirtió en el punto de partida para romper relaciones. Ese mismo año fue detenido por las autoridades; pasó tres años internado en distintos lugares bajo vigilancia, sin juicio público. Su encarcelamiento y el hecho de que miles de sacerdotes fueran interrogados, vigilados o detenidos en los años del estalinismo tuvo un efecto contrario al que buscaba el régimen: la religión católica se convirtió en una expresión de libertad moral contra la opresión.

Wyszyński fue liberado en 1956 tras la muerte de Stalin, pero otros muchos religiosos no tuvieron la suerte de sobrevivir al régimen autoritario y desaparecieron de la memoria, de los libros de texto, y de la historia polaca sin dejar rastro. A partir de entonces, Wyszyński se consolidó como una figura central en la vida nacional, tuvo una relación estrecha con Karol Wojtyła y apoyó su nombramiento como arzobispo de Cracovia.

Quién no desapareció de la memoria colectiva fue el joven Jerzy Popiełuszko, un sacerdote vinculado al sindicato de Solidaridad. Celebraba misas por la patria en Varsovia, en las que denunciaba la violencia y la injusticia. En 1984 fue secuestrado por miembros de la policía secreta. Su cuerpo apareció días después en un embalse. El asesinato provocó una conmoción nacional y un funeral multitudinario. Su figura se convirtió en símbolo de la resistencia moral frente al régimen.

La Iglesia como espacio de libertad

En una sociedad donde el Estado aspiraba a controlar la vida pública, la Iglesia se convirtió en una excepción. Las parroquias ofrecían algo escaso en el sistema comunista: un ámbito relativamente autónomo. Allí no solo se celebraban actos religiosos, también se organizaban actividades culturales, encuentros comunitarios y debates. Para muchos polacos, la Iglesia era el único lugar donde se podía hablar con cierta libertad.

Este papel fue especialmente importante en las décadas de 1970 y 1980, cuando comenzaron a surgir movimientos sociales de oposición. La Iglesia no dirigía estos movimientos, pero proporcionaba cobertura simbólica y, en ocasiones, material.

Varsovia_11 de noviembre_2020

Varsovia_11 de noviembre_2020

El marxismo consideraba que la religión desaparecería con el desarrollo de la conciencia de clase. En Polonia ocurrió lo contrario.

La Iglesia logró mantener una presencia significativa entre los trabajadores industriales, particularmente en regiones como Silesia y la costa del Báltico. Cuando en 1980 surgió el sindicato Solidaridad, muchos de sus miembros combinaban reivindicaciones laborales con símbolos religiosos. Las misas en astilleros y fábricas, así como la presencia de sacerdotes en protestas, reflejaban esa convergencia. No se trataba de una instrumentalización superficial: para una parte importante de la sociedad, la defensa de la dignidad humana tenía un fundamento moral ligado a la tradición cristiana.

Juan Pablo II: un punto de inflexión

La elección de Karol Wojtyła como Papa en 1978 tuvo un impacto en la sociedad difícil de asimilar para los soviéticos. Su primera visita a Polonia en 1979 reunió a millones de personas en espacios públicos. Aquellas concentraciones no eran solo actos religiosos: constituían demostraciones masivas de cohesión social fuera del control del Estado.

El mensaje del Pontífice insistía en la dignidad humana, la libertad y la identidad cultural. No llamaba a la insurrección, pero ofrecía un marco moral que cuestionaba la legitimidad del sistema.

Diversos historiadores coinciden en que ese viaje marcó un antes y un después en la Historia de la Polonia comunista. Por primera vez, amplios sectores de la población experimentaron de forma visible que el régimen no controlaba completamente la sociedad. Y fue la antesala a que, en junio de 1989, antes de que cayera el muro de Berlín, se celebrasen elecciones en Polonia en las que arrasó el partido de la oposición.

Una anomalía dentro del bloque soviético

A pesar de las limitaciones, la práctica religiosa en Polonia se mantuvo elevada durante el periodo comunista. Las misas dominicales, los bautizos, las bodas religiosas y las peregrinaciones continuaron siendo habituales. Siguió celebrándose la Navidad, el Corpus Christi, las peregrinaciones a santuarios como Częstochowa. Aunque otras prácticas se vieron afectadas: la enseñanza religiosa fue expulsada de las escuelas públicas en muchos periodos y las manifestaciones públicas de fe estaban sujetas a restricciones. Sin embargo, en el ámbito privado y parroquial, la continuidad fue notable.

La relación entre Iglesia y Estado no fue únicamente de confrontación. Hubo momentos de negociación y compromiso. Algunos miembros del clero colaboraron con las autoridades, en distintos grados. La institución, en su conjunto, optó por una estrategia que combinaba resistencia en cuestiones esenciales con prudencia táctica para garantizar su supervivencia.

Durante las negociaciones de la Mesa Redonda en 1989, que abrieron el camino a elecciones parcialmente libres, la Iglesia actuó como intermediaria entre el Gobierno y la oposición.

El caso polaco fue una excepcionalidad del bloque soviético que no fue replicado en la mayoría de países comunistas. En otros contextos, la secularización avanzó más o la Iglesia fue marginada con mayor eficacia. Las razones de por qué en Polonia el catolicismo sobrevivió firmemente frente al Estado se encuentran en la propia Historia polaca: una fuerte identificación entre religión y nación; una estructura eclesiástica sólida; apoyo social persistente y un liderazgo religioso influyente.

La supervivencia del catolicismo no fue una casualidad. Fue el resultado de una interacción compleja entre historia, sociedad y política.

Cuando el sistema comunista cayó, la Iglesia no emergió como una institución reconstruida, sino como una que nunca había desaparecido. Había resistido, pero también se había adaptado. Ese equilibrio -entre oposición y supervivencia- explica por qué, en Polonia, la fe no quedó reducida a la esfera privada, sino que siguió siendo un elemento central de la vida pública incluso tras el final del régimen.

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