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España e Israel: guerra, diplomacia y redes sociales

Maúlla Sánchez estos días cuando, a cuenta de la guerra que vuelve a ensangrentar el Líbano, publica en X su firme condena a Netanyahu y su exigencia a la UE de que suspenda el Acuerdo de Asociación con Israel… sin una sola mención a Hezbolá

El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, junto al presidente del Gobierno, Pedro SánchezEFE

Entre los peores signos de los tiempos que vivimos está el abuso de las redes sociales por parte de los líderes políticos. Puede que haya sido Donald Trump quien patentara la idea, pero a esa tendencia, seguramente rentable de cara al electorado –la reelección del atípico republicano a pesar de las numerosas sombras que oscurecen parte de su trayectoria personal y política es la mejor prueba– se han unido alegremente otros líderes que nos quedan bastante más cerca… y ese es el caso de nuestro presidente del Gobierno.

Donald Trump parece creer que puede gobernar el mundo sin ayuda de nadie por medio de Truth Social. La publicación de comentarios y decisiones en su propia red social, sin filtro como suelen celebrar sus partidarios y criticar sus detractores, me parece la mejor prueba de su mesianismo. Él cree que su instinto político vale más que el asesoramiento de toda su Administración –Pentágono incluido– y tiende a comprometer a todo su Gobierno sin siquiera escucharlo. Lo mismo hace con un Congreso en el que, para más inri, tiene la mayoría en ambas cámaras… pero que seguramente representa, demasiado bien para su gusto, la voluntad del pueblo de los Estados Unidos.

Los resultados prácticos de la política de Trump, al menos en el terreno de la diplomacia, están siendo bastante negativos. A base de insultos y de desprecios ha ido perdiendo la confianza de sus aliados. Nunca han estado tan solos los EE.UU., y ese no es el camino para hacer grande a ninguna nación. Si el lector tiene alguna duda, repare en la contradicción que existe entre los esfuerzos que hace la Casa Blanca para privar a China de sus aliados en todo el mundo –Rusia sobre todo– y la aparente frivolidad con la que Trump parece renunciar a los suyos. Ni siquiera el Reino Unido, tradicionalmente leal a sus socios del otro lado del Atlántico, se siente cómodo con un gobernante que no le avisó de su ataque a Irán y que amenazó con usar la fuerza para arrebatar Groenlandia a Dinamarca.

Pero no son solo los aliados los que no se fían de Trump. Líneas rojas borradas, plazos de ultimátum repetidas veces ampliados y amenazas desaforadas como las de borrar del mapa una civilización, le han hecho perder entre sus enemigos el respeto que se había ganado con la captura de Nicolás Maduro. Para muestra, baste el botón de España, una nación en la que Pedro Sánchez no tiene claro si es aliado o enemigo de los EE.UU., pero en la que casi nadie tiene miedo de que Trump haga realidad el sueño que comparten Putin, la extrema derecha –la de verdad extrema, porque toda la derecha parlamentaria es atlantista– y la izquierda irredenta dando el tiro de gracia a la Alianza Atlántica.

Con todo, el de quedarse solo es un lujo que Trump puede permitirse. Sánchez no. No es lo mismo ser un león que un gato. Mientras Trump ruge, Sánchez maúlla. Maúlla cada vez que asegura que Israel es un Estado genocida, algo que opinan no pocos españoles, pero que nuestro presidente no debería decir porque el Tribunal Penal Internacional, que es a quien corresponde juzgar ese delito y que ha demostrado su celo imputando a Benjamin Netanyahu por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, no lo ha hecho por genocidio.

Con todo, el de quedarse solo es un lujo que Trump puede permitirse. Sánchez no. No es lo mismo ser un león que un gato

Maúlla Sánchez estos días –y crea el lector que no pretendo hacer política: me irritaría igual si cualquier otro líder de cualquier otro partido hiciera lo mismo– cuando, a cuenta de la guerra que vuelve a ensangrentar el Líbano, publica en X su firme condena a Netanyahu y su exigencia a la UE de que suspenda el Acuerdo de Asociación con Israel… sin una sola mención a Hezbolá, que fue quien decidió volver a meter al Líbano en el fregado para apoyar a Irán.

Trump es Trump, pero ¿de verdad es X, y no el Congreso, el foro donde España debe definir su política exterior. ¿De verdad es en la red social, y no a puerta cerrada, donde Sánchez debe acordar con sus socios la política exterior de la UE? ¿De verdad puede nuestro presidente, a menudo más próximo a Colombia, Cuba o Brasil en sus posiciones con relación a Israel que a las naciones europeas, dar lecciones a los demás sobre lo que deben o no deben hacer para intentar poner fin a la guerra del Líbano?

Tanto Trump como Sánchez, tanto Netanyahu como el finado Jamenei, se complacen en dibujar un mundo en blanco y negro en el que ellos son los buenos y los demás son los malos. No seamos injustos con nuestro presidente, que solo es un gato en un mundo de fieras: de los cuatro citados, él es el único que no dispara. Pero todos ellos –y unos cuantos más, que no es tiempo de olvidarse de Vladimir Putin, Xi Jinping, el encarcelado Maduro, el prorruso Viktor Orbán o el alocado Kim Jong-un– buscan el poder, y lo encuentran justo donde Maquiavelo nos enseñó en El Príncipe: en la confrontación, ya sea a garrotazos o a insultos, con unos enemigos a los que previamente se ha demonizado.

El precio del apoyo popular que líderes así logran con sus políticas lo pagan, como es obvio, las naciones que ellos gobiernan. En nuestro caso, a las probables represalias económicas se añadirá el silencio de nuestra voz, demasiado apartada del centro de gravedad de Europa para que se escuche a la hora de construir una política común que necesitamos como el que más.

Es probable que a ninguno de los líderes que hemos mencionado, atolondrados aprendices de brujo que conjuran fuerzas que luego no pueden controlar, les preocupen demasiado las consecuencias de sus hechos. A nosotros, sin embargo, sí deberían importarnos. Con todo, si nos llevamos la mano al corazón y, como decía Sancho en el Quijote, no nos ponemos a juzgar lo blanco por negro y lo negro por blanco, tenemos que reconocer que la culpa es nuestra. Ellos lo hacen para conseguir nuestro aplauso… y nosotros somos quienes nos dejamos engañar y les aplaudimos.