Xi vs. Trump: ¿ganó alguien?
Trump volvió de Pekín con aviones y soja. Xi volvió con una duda: ¿de verdad Occidente está dispuesto a defender Taiwán?
Donald Trump y Xi Jinping durante la ceremonia de bienvenida en Pekín
Tras el viaje relámpago de Donald Trump a China, el enfoque mediático ha sido el de siempre: la coreografía del encuentro, la sonrisa medida de Xi Jinping, la bravuconería del residente de la Casa Blanca y pocos resultados tangibles que se puedan vender en rueda de prensa: Para Trump, victorias tácticas: aviones, soja, quizá carne, algo de gas y una foto. De hecho, las decenas de CEOs que han acompañado al presidente seguro que han logrado acuerdos que abren, al menos parcialmente, el mercado chino a sus productos. Para China, temas que considera estructurales: se evitan los temas duros, se posterga la pelea comercial y creen que ganan en el plano estratégico.
En relaciones internacionales, que dos potencias nucleares, económicas y tecnológicas mantengan canales abiertos de comunicación siempre es positivo. Pero tras los fuegos artificiales vuelve la realidad. Y la realidad es bastante menos simpática.
China, guste o no guste, no es un simple competidor de Estados Unidos o de Occidente. Es su enemigo estratégico. No adversario. No rival. Enemigo. No porque Washington lo haya decidido caprichosamente, sino porque Pekín lleva dos décadas construyendo pacientemente las dependencias necesarias para desarrollarse con una sobrecapacidad industrial que ya ahoga la competencia, para así poder condicionar, chantajear o paralizar a Occidente (y al mundo) si llega el momento.
La trampa de Tucídides
Xi lo dejó bastante claro al advertir a Trump sobre la famosa «trampa de Tucídides»: la idea de que cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia dominante, la potencia en declive se lanza al ataque. La referencia no fue inocente. Xi estaba diciendo, con modales de mandarín, que China se ve como Atenas frente a la Esparta americana. Es decir: una potencia ascendente, inevitable.
La analogía cojea bastante. Si hay guerra, empezará porque Pekín intente cerrar por la fuerza su guerra civil inconclusa: Taiwán. Y Xi, además, olvida un detalle. En la trampa de Tucídides no siempre gana la potencia emergente. Alemania también creyó ser la potencia ascendente en 1914 y en 1939. Todos sabemos cómo terminaron aquellas excursiones.
Ahora bien, ser enemigos no implica necesariamente acabar a tiros. La relación entre Estados Unidos y China se parece cada vez más al viejo chiste del dentista…. «Doctor, vamos a procurar no hacernos daño». Esa es, en esencia, la paz sinoamericana: no es amistad o cooperación ilustrada. Es miedo racional al dolor mutuo.
Energía: la palanca americana con fecha de caducidad
Estados Unidos tiene palancas formidables contra China. La principal es la energética. La economía china sigue dependiendo de flujos marítimos vulnerables, especialmente en un mundo donde las principales rutas se han convertido en puntos de presión. Estados Unidos, mientras tanto, es hoy el mayor productor de petróleo del mundo. Sus exportaciones energéticas son ya un instrumento estratégico. Y Xi lo sabe. China sabe que, si las reservas estratégicas se acaban y el precio del crudo se dispara, Pekín tendrá tanto interés como Washington en que Ormuz vuelva a abrir. China es una dictadura mercantilista con necesidades energéticas gigantescas.
Pero esta palanca americana tiene fecha de caducidad. China está avanzando con una velocidad brutal en electrificación, renovables, redes, baterías y almacenamiento. En 2025 añadió casi 500 GW de nueva capacidad renovable, más del 60 % del crecimiento global. Solo en eólica añadió más de 120 GW, liderando de lejos el despliegue mundial. No lo hace por Greta Thunberg. Lo hace porque entiende la energía como soberanía. Mientras Europa convierte la transición energética en un ejercicio suicida de culpa, China la convierte en una estrategia de poder.
El Ormuz chino: tierras raras y semiconductores
Si el estrecho de Ormuz y la dependencia energética son vulnerabilidades para China, el equivalente chino para Estados Unidos se llama tierras raras y semiconductores.
En los minerales innombrables, Pekín tiene una ventaja obscena. China representó en 2024 alrededor del 60 % de la producción minera global de tierras raras magnéticas, pero el verdadero cuello de botella está en el refinado: ahí controla aproximadamente el 91 % de la producción mundial. En imanes permanentes —esenciales para motores eléctricos, robots, drones, turbinas, misiles, sensores, vehículos y cientos de tecnologías críticas— su posición es todavía más dominante. (Por cierto, Occidente podría ser independiente en estos materiales, pero los Kumbayá del eco-caradurismo han prohibido el desarrollo industrial de estos materiales).
El segundo punto de presión es Taiwán. Para China, Taiwán no es solo una isla rebelde. Es el último capítulo pendiente de la guerra civil china, un símbolo nacional y una obsesión histórica. Para el mundo, además, es la fábrica de chips avanzados más importante del planeta. Taiwán concentra más del 60 % de los ingresos globales de fundición de semiconductores y más del 90 % de la producción de chips de vanguardia. TSMC no es una empresa: es una necesidad mundial con sede en una isla que Pekín considera propia.
La estrategia china esta siendo bastante sofisticada y multidimensional. Militarmente, lleva años ensayando bloqueos. Políticamente, Pekín asfixia a Taiwán en el plano diplomático. Cada país que abandona Taipéi y reconoce a Pekín acerca un poco más el día en que China pueda vender la crisis como un asunto interno ante los inútiles de la ONU y los eunucos de Bruselas.
Económica y tecnológicamente, China se desteta de Taiwán creando una industria nacional de chips. Todavía no lo ha logrado plenamente. Y tecnológicamente, su robotización y electrificación industrial le permiten compensar parcialmente su desastre demográfico.
El calendario de Xi
No parece probable que Xi actúe de forma precipitada antes de 2029. No porque se haya vuelto pacifista, sino porque las dictaduras también tienen calendarios. Las purgas recientes en el Ejército Popular de Liberación, especialmente en la Fuerza de Cohetes y en la cúpula militar, sugieren que Xi todavía está limpiando, disciplinando y asegurándose de que las órdenes que salgan de Zhongnanhai se cumplan sin interpretaciones creativas.
La lectura occidental es que las purgas demuestran debilidad. Quizá. Pero también pueden demostrar preparación. Xi está purgando al Ejército para asegurarse de que, si llega la orden de actuar sobre Taiwán, nadie pestañee.
La respuesta, coja, de Estados Unidos
Ante esta estrategia integrada de Pekín —militar, diplomática, energética, industrial, tecnológica y psicológica—, Estados Unidos ha respondido durante demasiado tiempo como si el problema fuera exclusivamente militar. En el aspecto militar, AUKUS fue un comienzo útil. Japón también debe ser parte central de cualquier arquitectura de contención. Corea del Sur y Filipinas también. Pero eso no basta. Una OTAN del Pacífico no sirve de mucho si tus misiles dependen de imanes chinos, tus centros de datos de chips taiwaneses y tu industria de una cadena de suministro que nace en provincias controladas por el Partido Comunista.
La administración Trump ha entendido al menos una parte del problema y su necesidad de desacoplarse de China en áreas sensibles a la seguridad nacional. En tierras raras, Washington ha empezado a actuar como una potencia seria. El Departamento de Guerra cerró en 2025 una asociación multimillonaria con MP Materials, incluyendo una inversión de 400 millones de dólares, compromisos de compra y apoyo para construir capacidad doméstica de imanes. El Departamento de Energía, por su parte, anunció financiación adicional para fortalecer cadenas de suministro de tierras raras y minerales críticos.
Esto escandaliza a los puristas. A mí no. En sectores donde China ha usado subsidios y dumping durante décadas, pretender responder únicamente con PowerPoints y fe en la mano invisible es una forma de suicidio industrial.
En semiconductores lo mismo aplica, pero los avances —reales— son insuficientes. TSMC está expandiendo su presencia en Arizona, con una inversión de 165.000 millones de dólares. Su planta ya produce para clientes como Nvidia. Intel, por su parte, ha recibido una participación del Gobierno estadounidense y renovados acuerdos con Apple en un esfuerzo por reconstruir una capacidad nacional de fundición que nunca debió deteriorarse. La reciente salida a bolsa de Cerebras es otra buena indicación de lo que está por venir.
Pero no nos engañemos. Una fábrica no hace un ecosistema. Taiwán no es solo TSMC. Es proveedores, empaquetado, integración de memoria, química, gases, maquinaria, cultura industrial, ingenieros, disciplina operativa y décadas de experiencia. Reproducir eso en Arizona o Texas no se logra con una rueda de prensa. Harán falta años, dinero, energía barata, ingenieros y —sacrilegio en Washington— permisos rápidos.
Europa: ni está ni se la espera
Y luego está Europa. O, mejor dicho, el solar regulatorio con himno, bandera y complejo de superioridad que no deja de ser una península de Asia.
En esta lucha por la supremacía tecnológica y geopolítica, Europa ni está ni se la espera. Proyectos «emblemáticos» como la fábrica de Intel en Magdeburgo han sido cancelados o retrasados, y Bruselas prepara otra revisión legislativa para arreglar los fallos de la anterior revisión legislativa.
Y encima, la única carta que tiene Europa en esta carrera, no la sabe aprovechar. La fabricación de chips es muy compleja y solo hay, de momento, una compañía en el mundo que pueda fabricar la maquina que fabrica los chips de alta densidad con litografía ultravioleta extrema: ASML, holandesa. Europa debería estar inyectando miles de millones no solo para mantener esta ventaja comparativa, sino para tener su propio Ormuz en caso de conflicto. Y, sin embargo, está permitiendo que los chinos, con su conocido respeto por la propiedad intelectual ajena, les coman el bocata.
Europa quiere competir con Estados Unidos y China, pero se niega a hacer lo que exige la competición: energía barata, capital profundo, mercados integrados, impuestos razonables, regulación mínima, defensa seria y tolerancia al riesgo. Preferimos aprobar taxonomías verdes, perseguir agricultores, multar a plataformas digitales y regular la inteligencia artificial antes de tener campeones europeos reales en inteligencia artificial.
China fabrica. Estados Unidos financia, innova y escala. Europa regula. Así se redacta el acta notarial de la irrelevancia eterna.
La (no) conclusión de la cima
El viaje de Trump a China ha dejado una imagen útil para ambos líderes. Trump puede volver hablando de aviones Boeing, agricultores satisfechos y una relación «fantástica» con Xi. Xi puede enseñar a su opinión pública que China ya negocia de igual a igual con la superpotencia americana y que sabe esperar. Ambos necesitaban la foto. Ambos la consiguieron. Los resultados tangibles de esta visita, si los hubiera, no los conoceremos hasta pasados bastantes meses.
Pero el fondo no ha cambiado. Estados Unidos y China están atrapados en una competición estructural por el control del siglo XXI. No se juega solo en portaaviones. Se juega en minas, refinerías, chips, cables submarinos, robots, baterías, puertos, energía, satélites y rutas marítimas. Se juega, en definitiva, en quién tiene más capacidad de producir lo que necesita cuando el mundo deje de ser amable.
Trump entiende mejor que sus predecesores que China no es un socio difícil, sino un enemigo sistémico. Xi entiende perfectamente que la paciencia es su mejor arma. Trump se va en 2 años, su dependencia energética va reduciéndose, y EE.UU. dejará de ver una guerra a diez mil kilómetros como esencial. Su problema es que los dictadores, sobre todo los dados a purgas masivas, no suelen escuchan las malas noticias, sobreestiman su destino histórico y degeneran en el conocido «groupthink».
El chiste del dentista sigue siendo, de momento, la mejor garantía de paz: ambos pueden hacerse mucho daño. Pero esa garantía solo funciona mientras ambos crean que el otro tiene fuerza, voluntad y resistencia. Por eso Estados Unidos no puede permitirse dormirse. Y Europa, si todavía aspira a ser algo más que un parque temático, debería despertar de una vez.
Porque Pekín no ha acudido a esta reunión a comprar aviones y soja. Ha venido a comprobar si Occidente aún sabe como defenderse. Y la respuesta, de momento, es inquietante.