¿Cómo desea Donald Trump ser recordado?
Mientras los republicanos intentan sobrevivir a unas elecciones de medio término cargadas de tensión, Trump parece mirar más allá del próximo ciclo electoral. No porque al Congreso le haya dejado de importar, sino porque su lugar en la historia empieza a pesar más que la disciplina táctica de su partido
Donald Trump
La segunda presidencia de Donald Trump se ha convertido en un camino espinoso para quienes intentan arrojar algo de luz sobre los tumbos de las grandes decisiones políticas. Pocas veces una administración ha atravesado tantas tormentas en tan poco tiempo, pero estas coyunturas empiezan a estar conectadas con una pregunta de fondo: ¿cómo desea Donald Trump ser recordado?
De momento, parece que el presidente podría estar gobernando cada vez menos para una próxima elección y cada vez más para la memoria histórica que desea imponer sobre su tiempo. Durante buena parte de su regreso a la Casa Blanca, la agenda doméstica parecía dominarlo todo. Migración, precios, industria nacional, alimentos, medicamentos, energía y aranceles componían el mapa clásico de un presidente obsesionado con la economía cotidiana de sus votantes. Pero, con el paso de los meses, ese tablero empezó a cambiar. Las prioridades locales fueron quedando arrinconadas por una agenda exterior cargada de símbolos: Venezuela, Cuba e Irán.
A simple vista, el giro puede parecer contradictorio. ¿Qué beneficio electoral inmediato obtiene Trump al involucrarse en el rediseño del mapa político venezolano, al endurecer la presión sobre La Habana o al apostar buena parte de su capital político a una confrontación militar con Teherán? La respuesta es quizás la más simple: en una sociedad profundamente aislacionista, especialmente ante los conflictos militares en el extranjero, probablemente ningún beneficio.
Una guerra con Irán resulta difícil de vender incluso para los republicanos más cercanos, porque activa uno de los reflejos más persistentes de la historia política estadounidense: la desconfianza ante cualquier aventura exterior sin un beneficio claro, inmediato y comprensible para el ciudadano común.
Pero el poder no siempre se mueve por beneficios inmediatos. A veces se mueve por la obsesión de dejar una marca. Trump ya planifica su biblioteca presidencial en el campus Wolfson del Miami Dade College, en el centro de Miami, pero más allá del edificio material, puede que el presidente ya esté maquinando cómo será su bitácora política para los tiempos que vienen. Cada administración estadounidense termina, tarde o temprano, buscando su propia versión de la posteridad. Pero en Trump esa búsqueda tiene una intensidad distinta, porque su presidencia nunca fue solo un programa de gobierno. Fue una marca, una ruptura estética, una forma de dominación simbólica.
Ahora, mientras los republicanos intentan sobrevivir a unas elecciones de medio término cargadas de tensión, Trump parece mirar más allá del próximo ciclo electoral. No porque al Congreso le haya dejado de importar, sino porque su lugar en la historia empieza a pesar más que la disciplina táctica de su partido. Allí se entiende mejor la aparente desconexión entre las «vacas sagradas» de MAGA y las prioridades actuales del Despacho Oval.
La migración sigue siendo una bandera. El proteccionismo sigue siendo un instinto. El aislacionismo sigue siendo una música de fondo. Pero ninguno de esos elementos parece explicar por completo la orientación contemporánea de su gobierno. Trump ya no actúa únicamente como el tribuno de una coalición electoral furiosa. Actúa cada vez más como un presidente convencido de estar librando las batallas que definirán cómo será recordado.
El centro crítico de esta etapa parece estar en Irán. Si Trump logra presentar a Teherán como un poder nuclear neutralizado, probablemente intentará convertir ese episodio en la piedra angular de su legado internacional. La crisis actual lo muestra con claridad. La Casa Blanca insiste en que cualquier salida debe incluir, desde el inicio, la entrega del uranio enriquecido, mientras Irán busca postergar esa discusión y resolver primero las dimensiones bélica y marítima del conflicto. En otras palabras, no se trata solo de cerrar una guerra ni de estabilizar el precio del petróleo. Se trata de definir quién impone los términos del orden regional y quién será el vencedor ante la historia.
Para Trump, Irán condensa varias obsesiones a la vez. Es la amenaza nuclear, el patrocinio del terrorismo, la inseguridad de Israel, la fragilidad energética global y la humillación histórica de los acuerdos que él siempre consideró débiles. Neutralizar a Irán le permitiría presentarse no solo como un presidente fuerte, sino también como el dirigente que revirtió el mayor riesgo estratégico que Occidente ha tolerado durante demasiado tiempo.
Y ese tipo de legado tiene una fuerza especial. No depende de encuestas semanales, ni de mayorías legislativas transitorias, ni de la aprobación de los columnistas de los medios en Washington. Depende de una imagen más simple y poderosa: la del líder que tomó decisiones amargas, incluso impopulares, porque creía que la historia terminaría absolviéndolo. Aunque esa es también una incógnita.
Un presidente gobernado por la idea de legado puede asumir costos que otros políticos evitarían. Puede romper inercias, desafiar consensos agotados y avanzar donde la prudencia burocrática que suele paralizarlo todo. Pero también puede confundir la trascendencia con el capricho, la grandeza con la temeridad y la memoria histórica con la vanidad personal. La política exterior, especialmente cuando se combina con conflictos militares, sanciones, operaciones encubiertas y negociaciones nucleares, no perdona las fantasías de inmortalidad.
Ni siquiera la famosa disputa subterránea entre JD Vance y Marco Rubio parece ordenar del todo este momento. Trump no parece interesado en construir un sucesor a su altura. Parece más interesado en construir un recuerdo a su medida. Por eso, la pregunta central ya no es solamente qué quiere hacer Trump con la economía, con Irán o con el Partido Republicano. La pregunta más importante es qué quiere que se diga de él cuando su presidencia sea historia.
Las claves
Quiere ser recordado como el presidente que recuperó el hemisferio occidental para Washington. Como el dirigente que le dobló el brazo a Irán y desmontó su amenaza nuclear. Como el presidente que hizo lo que otros no se atrevieron a hacer. Quizá esa sea la clave para entender el momento actual. Trump ya no gobierna solo desde la furia electoral que lo devolvió al poder. Gobierna también desde una ansiedad de trascender. Y cuando un líder volátil, disruptivo y convencido de su propia excepcionalidad empieza a mirar más hacia el futuro de la historia, sus decisiones pueden volverse más audaces, pero también más riesgosas.
La construcción del legado puede ser una brújula. Pero también puede constituirse en una trampa. Porque la historia no siempre recuerda a los líderes como ellos imaginaron. A veces los recuerda por las victorias que buscaron. A veces, por las desventuras que produjeron.
- Roberto Starke es Socio-Director de Infomedia Consulting, Buenos Aires, Argentina