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Vista parcial de la central nuclear de Dimona, en el desierto de Negev en Israel

Vista parcial de la central nuclear de Dimona, en el desierto de Negev en IsraelJack Guez / AFP

¿Es Israel una potencia nuclear?

En Oriente Medio, donde la percepción de fuerza suele ser tan importante como la fuerza misma, el Estado judío ha convertido el misterio nuclear en una herramienta estratégica tan poderosa como las propias armas

El supuesto poder nuclear de Israel es uno de los secretos peor guardados y, al mismo tiempo, uno de los pilares más importantes de la estrategia de seguridad del país. Desde hace décadas, gobiernos, analistas militares y servicios de Inteligencia occidentales dan por seguro que Israel posee armamento nuclear, aunque Jerusalén jamás lo haya confirmado oficialmente. Esa ambigüedad calculada-conocida como ,«política de opacidad nuclear», permitió al país hebreo construir una capacidad disuasoria formidable.

El origen de esta historia se remonta a los años cincuenta. Apenas una década después del Holocausto y rodeado de enemigos declarados, el joven Estado israelí desarrolló una obsesión estratégica: nunca volver a depender de otros para sobrevivir. David Ben-Gurión, fundador del Estado y el gran arquitecto de la doctrina estratégica israelí, estaba convencido de que la superioridad tecnológica era la única garantía de supervivencia frente a países árabes mucho más grandes demográficamente. Para Ben-Gurión, la posibilidad de una nueva guerra de exterminio no era una hipótesis académica, sino un miedo profundamente real.

Una señal de tráfico que indica la dirección hacia la ciudad de Dimona, cerca de la central nuclear situada en el desierto del Néguev, al sur de Israel

Una señal de tráfico que indica la dirección hacia la ciudad de Dimona, cerca de la central nuclear situada en el desierto del Néguev, al sur de IsraelAFP

En ese contexto, apareció la cooperación con Francia. Tras la crisis de Suez de 1956, París y Jerusalén estrecharon relaciones militares y tecnológicas. Según numerosos historiadores y filtraciones posteriores, Francia ayudó a Israel a desarrollar el reactor de Dimona, en el desierto del Néguev. Oficialmente era un centro de investigación. Extraoficialmente, muchos expertos creen que fue el corazón del programa nuclear israelí. Durante años, inspectores y diplomáticos estadounidenses sospecharon que el proyecto tenía fines militares, aunque Washington terminó aceptando una especie de entendimiento tácito con Israel.

Apoyo silencioso de Washington

Ese acuerdo informal quedó asociado al entonces presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, y la primera ministra de Israel, Golda Meir, a finales de los años sesenta. La fórmula era sencilla: Israel no declararía públicamente poseer armas nucleares ni realizaría pruebas visibles; a cambio, Estados Unidos evitaría presionar sobre el asunto. Desde entonces, todos los gobiernos israelíes han repetido la misma frase cuidadosamente redactada: Israel «no será el primer país en introducir armas nucleares en Oriente Medio». La frase parece un juego semántico, y probablemente lo es.

La gran pregunta siempre ha sido cuántas armas tiene realmente Israel. Aquí entran las estimaciones. Institutos especializados como SIPRI o la Federation of American Scientists han calculado durante años que Israel podría poseer entre 80 y 200 ojivas nucleares, aunque nadie fuera del círculo más cerrado del Estado israelí conoce las cifras reales. La mayoría de los analistas cree que Israel posee capacidad de lanzamiento aéreo mediante cazas avanzados, misiles balísticos Jericó y submarinos capaces de lanzar misiles desde el mar. Esto convertiría a Israel en una potencia nuclear mucho más sofisticada de lo que su tamaño geográfico sugiere.

El elemento submarino genera especial fascinación. Los submarinos clase Dolphin, fabricados en Alemania, son considerados como la garantía de «segundo golpe». En lenguaje estratégico significa que, incluso si Israel sufriera un ataque devastador, podría responder desde el mar. Esa capacidad disuasoria es justamente el objetivo central del arma nuclear: evitar guerras existenciales, no provocarlas.

Uno de los episodios más famosos ocurrió en 1986, cuando Mordejái Vanunu, un técnico israelí que había trabajado en Dimona, entregó fotografías e información al periódico británico The Sunday Times. Sus revelaciones reforzaron enormemente la idea de que Israel ya poseía un arsenal nuclear avanzado. Poco después fue secuestrado por agentes israelíes en Europa y trasladado a Israel para ser juzgado. Para los israelíes, Vanunu fue un traidor que puso en peligro la seguridad nacional; para otros, un denunciante. Pero el episodio dejó claro que el Estado hebreo estaba dispuesto a proteger el secreto nuclear a cualquier precio.

Los defensores de la capacidad nuclear israelí sostienen que esa fuerza ha sido uno de los grandes factores de estabilidad regional. Argumentan que, desde la guerra de Yom Kipur de 1973, ningún enemigo árabe ha intentado una guerra convencional total contra Israel como las de 1948, 1967 o 1973. Según esta visión, la existencia de una disuasión extrema hizo comprender a los adversarios que destruir a Israel era imposible. Muchos estrategas israelíes creen que, paradójicamente, el arma nuclear evitó guerras aún más sangrientas.

También existe una dimensión psicológica muy profunda en la sociedad israelí. El recuerdo del Holocausto sigue influyendo enormemente en la doctrina de seguridad nacional. La frase «Nunca Más» no es sólo un lema histórico: es una doctrina de Estado. Para una parte importante de la opinión pública israelí, disponer de una capacidad estratégica definitiva garantiza que ningún enemigo pueda amenazar la existencia misma del país.

Opacidad que ya no oculta

En los medios israelíes y estadounidenses favorables suele repetirse otra idea: la opacidad nuclear permitió mantener cierta estabilidad diplomática. Si Israel declarara oficialmente su arsenal, probablemente aumentaría la presión internacional y podrían acelerarse programas militares en otros países de la región. El silencio estratégico, desde esta perspectiva, funciona como un equilibrio efectivo.

La realidad es que nadie en el mundo serio de la Inteligencia duda de la existencia de un arsenal nuclear israelí. Exdirectores de la CIA, analistas del Pentágono, expertos europeos y centros de estudios estratégicos llevan décadas hablando del tema como un hecho consumado. La verdadera incógnita no es si Israel posee armas nucleares, sino cuántas tiene, qué sofisticación alcanzan y bajo qué circunstancias extremas serían utilizadas.

Y precisamente ahí reside la esencia de la doctrina israelí: que el enemigo nunca tenga información completa. En Oriente Medio, donde la percepción de fuerza suele ser tan importante como la fuerza misma, Israel ha convertido el misterio nuclear en una herramienta estratégica tan poderosa como las propias armas.

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