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Eduardo Zalovich
AnálisisEduardo ZalovichTel Aviv (Israel)

Emiratos Árabes se desmarca de sus vecinos del Golfo y asume una política exterior original e independiente

Representa una mezcla muy singular: capitalismo agresivo, monarquía tecnocrática, diplomacia flexible y ambición global. Ya no quiere ser «otro país del Golfo». Quiere convertirse en la Singapur del mundo árabe

El presidente de Emiratos Árabes Unidos, Mohamed bin Zayed

El presidente de Emiratos Árabes Unidos, Mohamed bin ZayedEFE

En el Golfo Pérsico se está produciendo uno de los cambios geopolíticos más silenciosos y, al mismo tiempo, más importantes de los últimos años. Emiratos Árabes Unidos (EAU), especialmente bajo el liderazgo de Mohamed bin Zayed, ha dejado de comportarse como un país obsesionado sólo con el petróleo y los rascacielos. Abu Dabi planea algo mucho más ambicioso: ser una potencia tecnológica, financiera y militar capaz de jugar en la misma mesa que las potencias, pero sin depender totalmente de ninguna. Y lo está haciendo con una mezcla muy propia de pragmatismo frío, lujo futurista y cálculo estratégico.

Durante décadas, Emiratos se ha movido dentro del paraguas clásico del Golfo: buena relación con Arabia Saudí, pertenencia disciplinada a la OPEP y prudencia frente a Irán. Pero la nueva generación de dirigentes emiratíes considera que el mundo ha cambiado. Ven venir una transición energética global, donde el petróleo tendrá menos poder político en el futuro y piensan que quien llegue tarde a la revolución tecnológica acabará convertido en un museo climatizado en medio del desierto. Por eso Abu Dabi lleva años invirtiendo fortunas en inteligencia artificial, puertos, turismo de lujo, armamento avanzado, satélites, energías renovables y centros financieros. El mensaje es claro: «Cuando el petróleo deje de mandar, nosotros seguiremos mandando».

Esa lógica explica su histórica salida de la OPEP, anunciada oficialmente en 2026 y descrita como un terremoto político dentro del mundo árabe petrolero. Abu Dabi llevaba tres años estudiando la ruptura y la decisión refleja la convicción de que el «otoño de la era de los hidrocarburos» ya ha comenzado. Los emiratíes estaban hartos de las cuotas de producción y las tensiones permanentes dentro del grupo, especialmente con Arabia Saudí. Querían producir más petróleo, ganar más dinero antes de que cambie el mercado mundial y actuar sin pedir permiso a nadie. En el fondo, fue una declaración de independencia estratégica.

La prensa económica estadounidense y varios analistas israelíes interpretaron la salida como algo más profundo que una disputa técnica sobre «barriles diarios». La ven como el símbolo de un nuevo alineamiento internacional: Emiratos más cerca aún de Estados Unidos e Israel y alejándose del viejo equilibrio árabe tradicional. Abu Dabi ya no quiere quedar atrapado entre Teherán y Riad; quiere convertirse en un actor autónomo capaz de negociar con todos, comerciar con todos y, si es necesario, defenderse sólo.

Ahí aparece Israel. Los Acuerdos de Abraham de 2020 fueron tan solo el comienzo de una relación que hoy tiene componentes económicos, tecnológicos, militares y de inteligencia. En EAU, Israel dejó de ser visto como un problema ideológico y pasó a ser observado como un socio útil: una potencia tecnológica, militarmente eficaz y obsesionada con la innovación, exactamente el tipo de aliado que fascina a los estrategas emiratíes. El comercio bilateral explotó, las inversiones crecieron y la cooperación en ciberseguridad, drones y defensa aérea se volvió cada vez más visible.

Una potencia árabe diferente

La guerra regional de 2026 aceleró todavía más esa alianza. Irán lanzó ataques contra infraestructura emiratí y, según fuentes internacionales, Abu Dabi sufrió cientos de ataques con drones y misiles. Para los dirigentes emiratíes aquello fue una especie de revelación brutal: la prosperidad no sirve de nada si un dron iraní puede apagar una planta eléctrica o desalinizar menos agua en un país donde el agua vale más que el petróleo. Desde entonces, Emiratos reforzó su cooperación defensiva con Israel y con Estados Unidos. Aumentaron los intercambios de Inteligencia en tiempo real y hasta tecnologías láser para interceptar ataques iraníes.

Washington observa todo esto con enorme satisfacción. Para Estados Unidos, EAU es exactamente el tipo de aliado que le gusta tener en Oriente Medio: rico, tecnológicamente avanzado, ferozmente antiiraní y dispuesto a comprar enormes cantidades de armamento occidental. Abu Dabi acoge fuerzas estadounidenses, coopera estrechamente con el Pentágono y mantiene una relación privilegiada con políticos republicanos y demócratas. Incluso cuando EE.UU. cambia de presidente, los emiratíes logran conservar acceso, influencia y contratos. Eso no es casualidad, es diplomacia profesional.

Lo curioso es que Emiratos mantiene también relaciones económicas con China y vínculos comerciales importantes con Asia, intentando evitar quedar atrapado completamente dentro del bloque occidental. Su política exterior se parece cada vez más a la de una gran empresa multinacional: amistad con quien genere beneficios y distancia elegante de quien traiga problemas. No es ideología; es administración estratégica del riesgo.

El modelo político sigue siendo autoritario, pero muy estable. No existe una democracia liberal, pero tampoco el caos de muchos vecinos regionales. La población emiratí –minoritaria frente a la enorme cantidad de expatriados– disfruta de altos niveles de vida, seguridad, servicios modernos y una sensación de orgullo nacional cuidadosamente cultivado por el Estado. Dubái y Abu Dabi funcionan como escaparates gigantescos: aeropuertos impecables, hoteles futuristas, museos espectaculares y centros financieros que parecen diseñados por arquitectos de ciencia ficción.

Oasis rico y estable

La popularidad del liderazgo emiratí se basa precisamente en esa estabilidad y prosperidad. Mientras otros países árabes aparecen asociados a guerras, crisis o revoluciones interminables, EAU vende la imagen de un oasis ultramoderno donde todo funciona.

Sin embargo, debajo del brillo también existen tensiones. La relación con Irán es la más delicada. Emiratos comerció durante años con los iraníes y fue uno de sus grandes socios económicos, pero al mismo tiempo teme la expansión militar de Teherán. La guerra reciente rompió ese equilibrio. En medios iraníes y declaraciones oficiales, Abu Dabi comenzó a ser descrito como un socio directo de Israel y Estados Unidos.

Para los estrategas emiratíes, en cambio, el razonamiento es sencillo: si Irán ataca estructura civil y amenaza el comercio del Golfo, entonces la supervivencia del país depende de alianzas militares sólidas. Por eso, Emiratos está construyendo nuevas rutas energéticas, ampliando Fujairah y desarrollando vías que permitan exportar petróleo evitando el estrecho de Ormuz. Es casi una obsesión nacional: reducir vulnerabilidades. Abu Dabi aprendió que en Oriente Medio la riqueza atrae admiración, pero también ambiciones.

En la práctica, actualmente, Emiratos es una mezcla muy singular: capitalismo agresivo, monarquía tecnocrática, diplomacia flexible y ambición global. Ya no quieren ser «otro país del Golfo». Quieren convertirse en la Singapur del mundo árabe, pero armada hasta los dientes y conectada a Washington, Jerusalén y los grandes centros financieros del mundo. Viendo la velocidad con que se mueven, lo están logrando.

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