Trump vuelve a jugarse su credibilidad en Ormuz
Después de un alto el fuego incumplido por Teherán, Washington vuelve a enseñar los dientes. La pregunta ya no es qué hará Irán, sino si Trump cumplirá esta vez sus amenazas.
El presidente estadounidense Donald Trump habla sobre el conflicto en Irán
La reunión de la OTAN en Ankara y la decisión de Donald Trump de dar por muerto el alto el fuego tras las reiteradas violaciones atribuidas a Irán han vuelto a cambiar el tablero de Oriente Medio. Lo que hace apenas unas semanas parecía una pausa táctica vuelve a convertirse en una escalada cuyo desenlace es cada vez más difícil de prever.
La gran incógnita, sin embargo, no está en Teherán. Está en Washington.
La cuestión ya no es si Irán seguirá tensando la cuerda. Eso prácticamente se da por descontado. Ya no estamos hablando de Irán. Estamos discutiendo sobre la credibilidad de Estados Unidos como garante del orden internacional. Si Trump vuelve a amenazar y no ejecuta, el verdadero vencedor no será Teherán, sino cualquier potencia que quiera poner a prueba la voluntad americana: China, Rusia o Corea del Norte. Corre el riesgo de repetir el error estratégico de Obama con sus famosas «líneas rojas» en Siria: Descubrir que una amenaza incumplida pesa más que una derrota militar.
El regreso de las operaciones militares
Mientras asistía a la cumbre de la OTAN, Trump autorizó las primeras operaciones militares estadounidenses desde el alto el fuego. En apenas dos días, Estados Unidos volvió a golpear numerosos (más de 170, según fuentes del ejercito americano) objetivos militares iraníes y, según distintas informaciones, también infraestructuras de doble uso que Washington considera relevantes para el esfuerzo militar del régimen.
El mensaje parecía inequívoco. El propio CENTCOM (Mando Central de los Estrados Unidos), por si cabían dudas, advirtió públicamente que respondería de forma «desproporcionada» si continuaban las violaciones del alto el fuego atribuidas a Teherán.
Pocas horas después ha comenzado a aparecer información sobre un nuevo ultimátum estadounidense: Irán debería garantizar de forma inequívoca y pública la seguridad de la navegación por el estrecho de Ormuz y renunciar a cualquier ataque contra el tráfico marítimo internacional. De lo contrario, las consecuencias serán mucho más severas.
Sobre el papel, el mensaje parece contundente. La incógnita es si esta vez va a ser creíble.
El problema de haber parpadeado una vez
Hace apenas unas semanas defendíamos en estas mismas páginas que Trump había cometido un error estratégico al aceptar un memorándum de entendimiento que, aunque lograba aliviar temporalmente la presión energética, concedía demasiado margen al régimen iraní.
La apuesta de la Casa Blanca parecía clara. Mantener Ormuz abierto durante sesenta días permitiría estabilizar el precio del petróleo antes de las elecciones de mitad de mandato, evitando un nuevo shock inflacionista para la economía estadounidense.
El problema es que toda negociación requiere que ambas partes interpreten el acuerdo de forma parecida. Y eso no ocurrió. El ambiguo lenguaje del memorándum permitió a Teherán argumentar que determinadas concesiones sólo eran temporales y que el control efectivo sobre el estrecho seguiría siendo una prerrogativa iraní una vez terminado el periodo de negociación.
Mientras tanto, Estados Unidos, al relajar la presión económica, facilitó que las exportaciones iraníes hacia China recuperaran parte del oxígeno perdido. Si ese era el objetivo de los ayatolás, la jugada les salió, inicialmente, extraordinariamente bien.
Un balón de oxígeno para el régimen
Durante la tregua, Irán consiguió aliviar parcialmente el bloqueo de sus exportaciones energéticas y sacar al mercado decenas de millones de barriles de petróleo que permanecían retenidos. Posteriormente, Trump ya ha revocado aquella autorización temporal y ha vuelto a endurecer la aplicación de las sanciones.
Pero el daño político ya esta hecho. El régimen obtuvo liquidez. Ganó tiempo. Y, sobre todo, pudo presentar la negociación en clave interna como una victoria frente a Estados Unidos.
Eso explica que en Washington aumente la sensación de que la estrategia impulsada por JD Vance ha fracasado. Los sectores más duros de la Administración (p.ej. Rubio) sostienen que Teherán interpretó la contención estadounidense como una señal de debilidad, no como un gesto de buena voluntad. Y esa percepción puede estar inclinando de nuevo el equilibrio interno de la Casa Blanca hacia los llamados «halcones».
Los halcones defienden —y no sin argumentos— que la teocracia iraní no opera con los mismos parámetros de racionalidad estratégica que otros Estados. Su objetivo declarado sigue siendo la desaparición de Israel —el «Pequeño Satán»— y el enfrentamiento con Estados Unidos —el «Gran Satán»—. Desde esa óptica, el sufrimiento económico o incluso humano de su propia población ocupa un lugar muy secundario frente a la supervivencia del proyecto revolucionario.
La credibilidad es lo que disuade
Existe una vieja máxima: la disuasión funciona mientras el adversario crea que cumplirás tus amenazas. El problema para Trump es que ya lanzó un ultimátum hace apenas unas semanas y terminó aceptando un acuerdo claramente peor a las condiciones planteadas inicialmente. Eso reduce inevitablemente la fuerza de cualquier nuevo órdago.
Porque las amenazas no se miden por la dureza del discurso. Se miden por el historial de quien las pronuncia. Si Washington vuelve a retroceder, la conclusión no la extraerán únicamente los ayatolás. También la observarán Moscú. Pekín. Pyongyang. Y cualquier actor que, en los próximos años, quiera poner a prueba la determinación estadounidense. Ese ya fue el talón de Aquiles de Obama y de Biden. Puede convertirse en lo mismo para Trump.
Sin embargo, yo soy de la opinión que los del turbante esta vez se han pasado de frenada. Es cierto que Trump es bastante mercurial en su toma de decisiones. También lo es, pese a lo que digan sus enemigos políticos, que, si percibe que un conflicto se puede solucionar negociando, siempre lo prefiere a las opciones cinéticas. Pero, incluso la paciencia tiene un límite. Y todo indica que, esta vez, los Ayatolás han llegado a el.
La ironía es evidente. Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo restaurar la política de la paz mediante la fuerza. Hoy descubre que la fuerza solo disuade cuando el adversario cree que realmente estás dispuesto a utilizarla.
Mucho más que Irán
En realidad, ya no estamos discutiendo únicamente sobre el estrecho de Ormuz. Estamos discutiendo sobre la credibilidad de la primera potencia mundial.
Durante décadas, buena parte del orden internacional ha descansado sobre una premisa muy sencilla. Y no es precisamente, como les gusta decir a los lideres europeos, la existencia de un «orden de leyes internacionales». Lo relevante era que, cuando Estados Unidos fijaba una línea roja, el resto asumía que existía una elevada probabilidad de que la hiciera cumplir. Fue cierto con Reagan, con los Bush y con Clinton. Obama empezó a erosionarla con las líneas rojas en Siria. La retirada de Afganistán bajo Biden terminó de convencer a muchos que EE.UU. había perdido su capacidad de actuar y se estaba convirtiendo en un imperio en declive.
Si esa percepción vuelve a aparecer, el coste estratégico trasciende con mucho a Oriente Medio. China observará con atención cualquier signo de debilidad antes de calcular sus próximos movimientos sobre Taiwán. Rusia hará exactamente lo mismo en Europa.
El momento de la verdad
Trump vuelve a encontrarse ante la misma decisión que hace apenas unas semanas. Puede ejecutar sus amenazas y asumir el coste político, económico y militar que ello implicaría. O puede volver a buscar una salida negociada.
Ambas opciones tienen riesgos enormes. Pero sólo una de ellas preserva la credibilidad de Estados Unidos. Después de haber parpadeado una vez, Trump ya no dispone del lujo de amenazar sin ejecutar.
Porque en geopolítica hay algo más caro que una guerra. Si Trump vuelve a parpadear la factura puede terminar siendo mucho más cara que cualquier operación militar en Ormuz.