El embajador de Argentina saca la motosierra y cesa al agregado comercial que le intentaba segar los pies
Alejandro Nimo ha sido fulminantemente destituido al frente de la sección de Inversiones y Comercio Internacional tras meses de campaña crítica contra Wenceslao Bunge y sistemáticos desplantes
Wenceslao Bunge Saravia, embajador de Argentina en España
Marcelo Alejandro Nimo lleva años con vuelo propio, se presentaba como el verdadero poder en la Embajada de Argentina en Madrid, criticaba sin tapujos a los dos últimos jefes de la legación diplomática –Roberto Bosch y al actual Wenceslao Bunge– y aseguraba a periodistas y empresarios que el presidente, Javier Milei, le tenía reservado el primer puesto de la Embajada. Vamos, que era una cuestión de tiempo, de poco tiempo.
A Nimo, como le conocen dentro y fuera del palacete de la calle de Fernando el Santo, el castillo de ilusiones se le ha derrumbado como la casita de paja de los tres cerditos. El tiempo de presumir de ser más libertario que el libertario más famoso del mundo se le ha terminado. También, difundir esa imagen de sí mismo como «un topo que destruye el Estado desde dentro» y, naturalmente, sus discursos sobre la relación especial que mantiene con el economista y anarcocapitalista Jesús Huerta de Soto, el profesor idolatrado por Milei.
El Boletín Oficial de Argentina publicó ayer su destitución fulminante en términos poco gratificantes para el abogado argentino que desempeñó diversos cargos diplomáticos. «...a fin de lograr una mejor eficiencia del funcionamiento de la mencionada representación de la REPÚBLICA ARGENTINA en el exterior, toda vez que el ejercicio de las funciones asignadas exige una actuación acorde con los lineamientos, directrices e instrucciones impartidos por el ESTADO NACIONAL en materia de política exterior, corresponde disponer el cese del abogado Marcelo Alejandro NIMO en el referido cargo».
Dicho de otro modo, el Gobierno ordena el cese de Nimo como «agregado Especializado en el Área de Promoción de Inversiones y Comercio Internacional de la Embajada en Madrid» y deja por escrito que se había apartado de la senda que debía respetar. También dicho de otro modo, que jefe en Madrid sólo hay uno y no era él.
El presidente de Argentina, Javier Milei y Alejandro Nimo
A Nimo se le conoce como «el camaleón» por su facilidad para cambiar de color político. Fue del Frente Renovador del exministro y candidato presidencial Sergio Massa, y hasta llegó a apuntarse en 2023 al Frente de Todos de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner. Antes, se había sumado a las filas de Mauricio Macri cuando el PRO (Propuesta Republicana) subía como la espuma, pero la última pirueta la dio para agarrarse a Milei a tiempo y lograr volver a la embajada de Argentina en Madrid, donde había sido agregado comercial, gracias a los Fernández.
El presidente Milei lo rehabilitó como cabeza de lanza de las inversiones y algo así como cónsul general «protocolar», pero él se erigió titular de algo parecido a una embajada paralela y se convirtió en la piedra en el zapato del empresario Wenceslao Bunge desde que este asumiera en mayo del pasado año.
La molestia la había padecido antes el diplomático Roberto Bosch, al que sacudía sin disimulo por todo Madrid. Aquella pelea la perdió el diplomático argentino con ayuda de los informes malintencionados de «el topo» y las filtraciones o manipulaciones de un sector de la prensa y su hiperactividad en las redes sociales.
El desencanto de Nimo, convencido de que era inmune, se produjo cuando fue Wenceslao Bunge Saravia y no él el elegido para ser embajador. El nombramiento puso en evidencia que su discurso no era tan sólido como pretendía. Pero sus ambiciones desmedidas siguieron intactas. El intento de repetir la misma, o similar estrategia para derrocar al embajador Bunge como hizo con Bosch, en esta ocasión, ha sido un fracaso.
A Nimo le han enseñado la puerta de salida de la Embajada de Madrid y, en esta ocasión, parece imposible que se la vuelvan a abrir. Al menos, mientras Wenceslao Bunge tenga la llave.