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Marta Torres-Ruiz
CrónicaMarta Torres-RuizNueva York

El caso del demócrata Platner, acusado de violación, pone en evidencia las líneas rojas de la política de EE. UU.

La polarización redefine qué escándalos acaban con una carrera política

Corresponsal en Nueva York

PORTLAND, MAINE - JUNE 07: Democratic U.S. Senate candidate Graham Platner speaks to voters at a town hall at the Elks Lodge 188 on June 7, 2026 in Portland, Maine. Platner is the presumptive Democratic nominee and will face incumbent Sen. Collins (R-ME) for Maine's U.S. Senate seat in the general election.   Laura Brett/Getty Images/AFP (Photo by Laura Brett / GETTY IMAGES NORTH AMERICA / Getty Images via AFP)

El candidato demócrata al Senado Graham PlatnerGetty Images via AFP

¿Qué hace dimitir hoy a un político en Estados Unidos? La dimisión del candidato demócrata al Senado Graham Platner, tras una acusación de violación, recupera una pregunta incómoda: ¿qué conductas hacen hoy políticamente insostenible a un dirigente y por qué el listón cambia según el partido, el país y el poder del acusado? La polarización redefine qué escándalos acaban con una carrera política. La gravedad del escándalo en la actualidad depende de quién sea el acusado. Cada partido parece haber creado sus propias líneas rojas. ¿Quién decide hoy cuándo un político debe dimitir? La polarización ha cambiado las reglas de la responsabilidad política.

La política tenía líneas rojas. O, al menos, fingía tenerlas. Una acusación grave de conducta sexual inapropiada, como ha sucedido con el candidato demócrata al Senado Graham Platner, o una mentira demostrada podían terminar con una carrera política mucho antes de que un tribunal dictara sentencia. La responsabilidad política y la responsabilidad penal eran dos conceptos diferentes.

Cuando las encuestas marcan la línea roja

El caso de Graham Platner ha vuelto a poner esa vieja regla bajo examen en Estados Unidos. Platner, candidato demócrata al Senado por Maine y una de las figuras emergentes del populismo progresista estadounidense, suspendió su campaña después de que su exnovia le acusara de violación. Él ha negado la acusación y sostiene que abandonar la carrera no supone admitir culpabilidad. Pero el dato políticamente relevante es otro: buena parte de sus aliados demócratas, incluidos dirigentes nacionales del partido, retiraron rápidamente su apoyo y reclamaron que dejara la candidatura.

Platner terminó haciéndolo. Solo lo hicieron cuando vieron que Platner cedía en las encuestas frente a la veterana senadora republicana Susan Collins. ¿Qué hubiera pasado si la acusación de violación no hubiera afectado a las encuestas para ganar el escaño de Maine y, con ello, intentar arrebatarle la mayoría en la Cámara Alta a los republicanos?

En este caso, no hubo condena judicial. Ni siquiera una resolución definitiva sobre los hechos. Hubo una acusación extremadamente grave y, sobre todo, un partido que concluyó que el coste político de mantener al candidato era superior al de sacrificarlo.

Estados Unidos ofrece el ejemplo más evidente de cómo la polarización ha alterado las reglas de la responsabilidad pública. Durante el auge del movimiento #MeToo, el senador demócrata de Minnesota Al Franken dimitió en 2018 después de varias acusaciones de conducta sexual inapropiada. Andrew Cuomo dimitió como gobernador de Nueva York en 2021 tras una investigación de la fiscal general del estado que concluyó que había acosado sexualmente a varias mujeres.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sin embargo, ha sobrevivido políticamente a acusaciones, procesos judiciales y controversias que, en otra época, probablemente habrían destruido varias carreras políticas.

La diferencia no es únicamente ideológica. Es estructural. Trump convenció a una parte importante de sus votantes de que las acusaciones contra él no debían evaluarse individualmente, sino como parte de una ofensiva política más amplia. El escándalo dejó de ser una prueba sobre la conducta del dirigente para convertirse en una prueba de lealtad para sus seguidores. La pregunta ya no era: «¿Qué hizo?». Era: «¿Quién le acusa?». Por eso, los donantes del Partido Republicano, los congresistas y los senadores le apoyarán de forma incondicional hasta que la popularidad de Trump ceda en las encuestas. Ese cambio ha transformado profundamente la rendición de cuentas política.

La responsabilidad de los partidos

El fenómeno tampoco se limita a una única figura política. Los partidos se enfrentan constantemente a una decisión incómoda: determinar cuándo una acusación exige la salida inmediata de uno de los suyos y cuándo están dispuestos a esperar a que avance una investigación o se pronuncien los tribunales.

El poder también decide quién sobrevive

¿Por qué algunas acusaciones hacen imposible continuar durante 48 horas mientras otras pueden ser resistidas durante meses o años? La respuesta incómoda es que las líneas rojas ya no dependen exclusivamente de la gravedad de los hechos. Dependen del poder del acusado. Dependen de si el partido tiene un sustituto. Dependen de la proximidad de unas elecciones. Dependen de la capacidad del dirigente para controlar su organización. Y, cada vez más, dependen de la polarización.

En estos casos, resalta cuando el Partido Demócrata forzó la retirada del expresidente Joe Biden en julio de 2024 después de que se pusieran de manifiesto sus problemas cognitivos y de memoria en el debate presidencial de junio contra el entonces candidato Trump. Biden había superado políticamente acusaciones de violación en 1992 cuando era senador de Delaware.

Entonces, el Partido Demócrata le apoyó porque no se había resentido en las encuestas. Sin embargo, en 2024, fueron los donantes de la campaña presidencial del Partido Demócrata los que forzaron la salida de Biden. ¿Por qué? Porque veían que Biden caía en picado en las encuestas e iban a perder el dinero invertido en la candidatura demócrata. Finalmente, ganó Trump en noviembre de 2024 a la entonces vicepresidenta demócrata Kamala Harris. Pero, entonces, consideraban que con Biden fuera de la carrera podían tener alguna posibilidad de mantener la Casa Blanca.

Cuando los votantes consideran que el adversario político representa una amenaza existencial, están dispuestos a tolerar comportamientos que habrían condenado inmediatamente en un dirigente del partido contrario. La identidad partidista funciona como un filtro moral: una acusación contra «los nuestros» puede interpretarse como persecución; la misma acusación contra «los otros», como prueba definitiva de corrupción o degradación.

Otros dirigentes, sin embargo, han demostrado que una fuerte conexión con sus votantes y el control de su organización pueden permitirles sobrevivir a controversias que habrían terminado con carreras políticas menos sólidas. Mientras un líder conserve el respaldo de su base y consiga presentar las acusaciones como parte de una ofensiva de sus adversarios, la presión moral puede no convertirse en presión política suficiente para provocar su salida.

Cada bloque político ha empezado a dibujar sus propias líneas rojas. Y una democracia en la que la gravedad de una conducta depende de quién la comete corre el riesgo de sustituir la rendición de cuentas por algo mucho más simple: la lealtad.

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