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Ignacio Foncillas
AnálisisIgnacio FoncillasMiami (Estados Unidos)

El Mundial que ha descubierto el alma de América

Durante un mes, millones de aficionados dejaron de conocer Estados Unidos por los titulares y empezaron a conocerlo por su gente

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, estrecha la mano del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, durante una recepción de la FIFA en la Torre Trump de Nueva York

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto a Gianni Infantino, durante una recepción de la FIFA en Nueva YorkAFP

Desde un punto de vista deportivo, el Mundial de 2026 ha sido una decepción para los estadounidenses. La selección volvió a quedarse lejos de unos cuartos de final que no alcanza desde hace veinticuatro años. Para quienes soñaban con convertir este torneo en el gran impulso definitivo del fútbol en Estados Unidos, el desenlace ha dejado un sabor amargo. Pero sería un error juzgar este Mundial únicamente por lo ocurrido sobre el césped.

Porque, para el resto del planeta, el balance ha sido extraordinariamente distinto. Estados Unidos, junto a México y Canadá, no solo ha organizado un gran campeonato. Ha conseguido algo mucho más difícil: cambiar la percepción que millones de personas tenían del país. A pesar de las salidas de tono de Donald Trump y su acólito Gianni Infantino, nada ha superado la experiencia de las aficiones con gente normal.

La América que las redes sociales nunca enseñan

Durante años, buena parte del mundo ha construido su imagen de Estados Unidos a través de titulares, redes sociales y debates políticos. Un país dividido, crispado, violento, poco hospitalario y encerrado en sí mismo. Muchos asesinos en serie y un proceso político descompuesto. Muchos aficionados aterrizaron en este Mundial con esa imagen en la cabeza. Y, sin embargo, han descubierto otra realidad.

Descubrieron las hash browns de Waffle House a cualquier hora del día. Los bocadillos de brisket de Buc-ee's. Los coches autónomos de Waymo circulando con absoluta normalidad. Las autopistas interminables, los gigantescos centros comerciales, la abundancia casi surrealista de los supermercados de Costco. Pero todo eso fue simplemente el decorado. Lo que realmente conquistó a los visitantes fue la gente.

El verdadero poder blando de Estados Unidos

Después de más de cuarenta años viviendo aquí –San Luis, Chicago, Los Ángeles, Nueva York y ahora Miami–, puedo afirmar que lo que el mundo ha descubierto este verano no ha sido una campaña de marketing cuidadosamente diseñada. Ha sido simplemente Estados Unidos siendo Estados Unidos. Un país extraordinariamente amable en el trato cotidiano. Generoso con el visitante. Optimista por naturaleza. Orgulloso de sí mismo sin pedir disculpas por ello. Y, sobre todo, profundamente abierto.

Los aficionados extranjeros no solo fueron tolerados. Fueron celebrados. Boston se tiñó de naranja con la marea neerlandesa. El Tartan Army escocés convirtió los pubs de la ciudad en una fiesta permanente y logró lo inimaginable: que el Boston Irlandés se haya quedado sin cerveza. Incluso en una semifinal entre Inglaterra y Argentina –dos aficiones con una larga historia de enfrentamientos–, las autoridades estadounidenses decidieron no separar a los seguidores. La propia Unidad de Policía del Fútbol del Reino Unido elogió públicamente la actuación de sus colegas estadounidenses.

El principio era sencillo: se juzga a las personas por cómo se comportan, no por los prejuicios heredados.

Los mejores embajadores de América

Las cifras confirman esa impresión. Casi dos tercios de los visitantes vuelven a sus países con una imagen mejor de Estados Unidos que la que tenían antes de viajar. No porque hayan visto grandes desfiles militares ni impresionantes exhibiciones tecnológicas. Sino porque, por primera vez, han convivido durante más de un mes con estadounidenses corrientes.

Han descubierto vecinos que ayudan, camareros que sonríen, voluntarios que orientan al extranjero perdido y policías que, en la inmensa mayoría de los casos, intentan resolver problemas antes que crearlos. También han descubierto los suburbios americanos, con casas, piscinas y céspedes enormes bajo estándares europeos. Han descubierto, sencillamente, a los americanos.

Y resulta que son bastante distintos de como muchos imaginaban. Son muy buena gente.

Un país que absorbe al mundo sin dejar de ser él mismo

Quizá esa sea la mayor fortaleza de Estados Unidos. Su capacidad para absorber influencias de todas partes sin perder su propia identidad. Aquí nadie le pide al inmigrante que deje de ser quien es. Se le invita a convertirse también en americano. Esa combinación explica buena parte del éxito del país.

La vemos cada día en ciudades como Nueva York, que continúa siendo, pese a quien pese, la auténtica capital del mundo. La vemos en Miami, donde la comunidad hispana más dinámica del planeta ha construido una ciudad vibrante sin renunciar a sus raíces.

La vemos en miles de barrios donde conviven decenas de nacionalidades sin que esa diversidad impida compartir un proyecto común.

Ese ha sido siempre el verdadero defecto –o la verdadera virtud– de fabricación de Estados Unidos: su capacidad para integrar.

Mucho más que fútbol

En un momento en el que el Atlántico parece más ancho que nunca y la política alimenta constantemente la confrontación entre ambos lados del océano, el Mundial ha recordado algo que a menudo olvidamos. La mayor fortaleza de Estados Unidos nunca ha sido únicamente su Ejército, su economía o su tecnología. Ha sido su sociedad. Su capacidad para hacer sentir bienvenido al visitante. Para despertar admiración sin necesidad de imponerla. Para convertir al extranjero en amigo.

El Mundial de 2026 no ha cambiado Estados Unidos. Y sospecho que el único efecto negativo para mí será pagar bastante más por las entradas de la MLS la próxima temporada. Pero sí ha cambiado la forma en la que millones de personas ven a este país.

Y eso, en un mundo dominado por los prejuicios y las redes sociales, probablemente sea la mayor victoria que Estados Unidos podía conseguir.

¡Ahora solo me queda que el gafe de Sánchez no nos haga perder la final!

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