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Eduardo Zalovich
AnálisisEduardo ZalovichTel Aviv (Israel)

¿Por qué no entra Israel en la nueva fase de la guerra entre Estados Unidos e Irán?

La estrategia actual privilegia la disuasión y la capacidad de reacción antes que la participación directa en las operaciones lideradas por Washington

arios automovilistas pasaron junto a una valla publicitaria gigante antiestadounidense que mostraba al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en un ataúd con el texto en persa "Matamos a Trump".

Valla publicitaria gigante antiestadounidense que muestra al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en TeheránAFP

La decisión de Israel de no participar directamente en la actual campaña militar contra objetivos militares de Irán no responde a un tema de capacidad sino de cálculo estratégico. Tanto el Gobierno de Benjamin Netanyahu como el Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) piensan que, en esta etapa, los intereses nacionales se cuidan mejor permitiendo que Washington asuma el protagonismo mientras Jerusalén conserva libertad de acción para responder únicamente si es atacado. Esta visión se repite, con matices, en los análisis de los medios israelíes.

Asesores del primer ministro hebreo afirman que el objetivo estratégico no ha cambiado: impedir que Irán se haga con capacidad nuclear y limitar su producción de misiles. Se cree que una participación directa de la Fuerza Aérea israelí podría transformar la confrontación entre Washington y Teherán en una guerra abierta entre Israel e Irán, dando a la República Islámica un argumento para atacar territorio hebreo. Al mismo tiempo, Jerusalén mantiene que actuará de modo independiente si detecta una amenaza existencial, sin sentirse limitada por decisiones estadounidenses.

Por su parte, la dictadura iraní transfirió centrifugadoras a instalaciones subterráneas en el interior de la Montaña del Pico –Pickaxe Mountain– de Natanz, informó The Wall Street Journal, citando a militares estadounidenses. Las mismas fueron trasladadas tras la Guerra de los Doce Días en junio de 2025. Durante la guerra, Estados Unidos e Israel bombardearon las tres principales bases nucleares de Irán, en la operación llamada «Martillo de Medianoche». La transferencia de equipos sensibles dentro de la montaña aumenta la preocupación de que Teherán esté trabajando para asegurar el enriquecimiento continuo de uranio, incluso en caso de que sea objeto de un ataque a gran escala en su territorio.

Pickaxe se encuentra al sur del complejo nuclear de Natanz, lugar donde se ubicaron dos de las plantas de enriquecimiento de uranio. Los túneles en construcción no fueron objetivos, según el Instituto de Ciencia y Seguridad Internacional, un think-tank estadounidense centrado en la no proliferación nuclear. Las imágenes satelitales muestran que el complejo fue excavado a una profundidad de unos 100 metros bajo la roca, siendo más profundo y fortificado que Fordow, una instalación subterránea de uranio. Alcanzar esas profundidades es una tarea compleja, incluso para las bombas más avanzadas del arsenal estadounidense que penetran búnkeres.

Teherán afirmó que el lugar está destinado únicamente a ser una fábrica para la producción y ensamblaje de centrifugadoras avanzadas, no como una instalación activa de enriquecimiento. Sin embargo, la dictadura iraní impide la entrada de inspectores al lugar. El director del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), Rafael Grossi, exigió que Irán proporcione respuestas sobre sus actividades en el lugar. Sin embargo, Irán no contesto ni permite verificar o descartar la presencia de material nuclear bajo la montaña. La seguridad que proporciona la profundidad de la roca ha convertido al lugar en uno de los principales objetivos para Washington. Trump amenazó con eliminar el lugar, añadiendo que su Administración vigila de cerca la actividad alrededor de sus entradas.

Apostando a la disuasión

La evaluación militar coincide en buena medida. Diversos comentaristas de los canales israelíes explican que el jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, prioriza conservar la preparación frente a un posible ataque iraní mediante misiles, drones o ataques terroristas de Hezbolá. Las FDI consideran que un conflicto prolongado exigiría importantes reservas de munición de precisión, interceptores para la defensa antimisiles y disponibilidad aérea para múltiples frentes. Por ello, la estrategia actual privilegia la disuasión y la capacidad de reacción antes que la participación directa en las operaciones lideradas por Estados Unidos.

La Administración de Donald Trump persigue objetivos coincidentes pero no idénticos. La Casa Blanca insiste en impedir que Irán reconstruya capacidades militares estratégicas, procurando al mismo tiempo evitar que el conflicto derive en una guerra regional amplia que obligue a un compromiso militar mayor. En ese contexto, mantener a Israel fuera de la primera línea reduce la posibilidad de que el régimen iraní presente el enfrentamiento como una guerra contra el Estado judío y dificulta que logre mayor apoyo árabe.

El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, ha reiterado que su país mantiene un compromiso «inquebrantable» con la seguridad israelí y que cualquier ataque iraní recibiría una respuesta contundente de Washington. Su rival republicano, el vicepresidente J.D. Vance, ha defendido que la política responda prioritariamente a los intereses nacionales de los estadounidenses y cuestionó los intentos de algunos dirigentes israelíes de influir en el debate interno sobre Irán, aunque reafirmó la alianza entre ambos países.

La oposición israelí coincide con el Gobierno en que Irán continúa siendo la principal amenaza estratégica, pero critica que Netanyahu intente utilizar la crisis para fortalecer su imagen antes de las elecciones de octubre. También reclaman una coordinación más estrecha con Washington y transparencia respecto a los objetivos de largo plazo.

Otro elemento central del debate es el destino del uranio enriquecido iraní. Analistas citados por Ynet, Axios y The Wall Street Journal consideran posible que parte del material haya sido trasladado hacia instalaciones subterráneas o emplazamientos aún no identificados. Esa incertidumbre explica que muchos especialistas adviertan de que los bombardeos, por sí solos, difícilmente eliminen todo el programa nuclear si no van acompañados de inspecciones posteriores.

Entre las ventajas para Israel de permanecer al margen destaca la reducción del riesgo de represalias contra sus ciudades, la preservación de recursos militares, la prueba de que el problema nuclear iraní es una amenaza internacional y el fortalecimiento de la cooperación con Washington. Además, deja abierta la posibilidad de intervenir posteriormente. Sin embargo, algunos sectores nacionalistas sostienen que las FDI poseen experiencia e información de Inteligencia únicas sobre objetivos iraníes, y que una acción conjunta aumentaría el daño al debilitado programa nuclear.

En resumen, el consenso predominante es que Israel se mantiene al margen porque considera que, en esta etapa, la mejor contribución a la seguridad consiste en cuidar su libertad de acción. El Estado judío continúa preparado para intervenir si Irán cruza líneas rojas, pero mientras Estados Unidos asuma la iniciativa militar, se decanta por la contención estratégica.

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