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Antonio Ledezma
AnálisisAntonio LedezmaEl Debate en América

Daniel Ortega: el anticristo de la democracia

La comunidad internacional no puede seguir actuando como un simple espectador de comunicados timoratos y diplomacia de pasillo. La neutralidad ante la tiranía no es diplomacia; es complicidad

(Foto de ARCHIVO)
December 21, 2020: El presidente Daniel Ortega participA?Âl en el homenaje al comandante Carlos Fonseca, en Managua, el 8 de noviembre. Foto: Diario Confidencial

Europa Press/Contacto/La Nacion
21/12/2020

Daniel Ortega, dictador nicaragüenseEuropa Press

Hablar del «anticristo» evoca, en el imaginario universal, la suplantación absoluta del bien, el engaño revestido de salvación y la destrucción sistemática de los valores que sostienen la dignidad humana. Si trasladamos esta metáfora al terreno de la civilidad y la política, no cabe duda alguna: las dictaduras contemporáneas son el anticristo de la libertad, esa médula espinal e irreversible de la verdadera democracia.

Recientemente, el dictador nicaragüense Daniel Ortega ha dejado caer la máscara por completo al asomar que «no harán más elecciones en Nicaragua». Pero no nos llamemos a engaño; lo dicho por el capataz de Managua no es una novedad, sino descarnada confesión de un libreto que lleva años ejecutándose. Como pieza del Foro de São Paulo, el sandinismo no ha hecho más que imponer caprichos, ambiciones personales y grupales, traduciéndose en un burdo nepotismo que asfixia a su nación. Siguen fielmente las coordenadas totalitarias trazadas en su día por Fidel Castro, cuyo clan familiar y político acumula ya más de 67 años maniatando al noble pueblo cubano.

Estos regímenes no buscan gobernar; buscan someter. Para ello, recurren a una de las estafas más perversas al simular que realizan genuinas consultas a los ciudadanos. Lo que vemos en las pantallas del mundo no son procesos democráticos, sino groseras «elecciones teatrales» controladas minuciosamente por el Estado opresor. Es la misma pantomima que escenifica Vladímir Putin en Rusia, la dinastía de los Kim en Corea del Norte o el régimen criminal que secuestra a Venezuela. Son impostores electorales que usan el voto no como un instrumento de soberanía, sino como un disfraz de legitimidad.

Con la eliminación de las elecciones verdaderas, el proyecto totalitario avanza sin frenos hacia su objetivo cumbre: el control absoluto de los poderes públicos. ¡Adiós a la autonomía! ¡Adiós a la independencia del Poder Judicial! Los tribunales se transforman en paredones jurídicos dedicados a perseguir la disidencia. Paralelamente, le colocan un cepo asfixiante a los medios de comunicación independientes, silenciando la verdad para que solo retumbe el eco de la propaganda oficial.

Este secuestro institucional no tarda en trasladarse a la economía del ciudadano de a pie. Las tiranías se incrustan en entes clave como los institutos emisores y los bancos centrales que manejan la moneda y las reservas de divisas. Al liquidar la contraloría interna, prenden de manera irresponsable las imprentas para fabricar dinero inorgánico. Pretenden tapar el foso con el reparto clientelar de subsidios que solo generan hiperinflación. Aplican entonces los torniquetes populistas de controles de cambio y de precios que terminan por quebrar el aparato productivo. Mientras el pueblo padece el hambre, las cúpulas van saqueando y robando las riquezas nacionales a manos llenas, amparados en la impunidad total de saber que nadie los fiscaliza ni los obliga a rendir cuentas.

La perversidad de este «anticristo» político requiere también la mutación cultural. Por ello, se dedican a reescribir la historia de sus países para vender descaradas falsedades, dándole rango de epopeya patria a lo que no fueron más que montoneras y asaltos cuartelarios. Se arropan con banderas progresistas ilusorias; se venden ante la comunidad internacional como los adalides de la ecología y defensores del ambiente, mientras en la práctica ejecutan ecocidios imperdonables, como la devastación del Arco Minero en Venezuela, donde destruyen reservas biológicas y envenenan ríos a cambio de oro de sangre.

De igual forma, se rasgan las vestiduras jurando proteger la integridad de las familias y enarbolan consignas en pro de los derechos de las mujeres. ¡Qué inmensa hipocresía! Detrás de ese discurso políticamente correcto se esconde la cruda realidad de millones de hogares destrozados, de madres que lloran la ausencia de sus hijos, obligados a huir en una diáspora dolorosa y desesperada que recorren continentes emprendiendo inclementes caminatas. Las dictaduras no protegen a la familia; la desintegran para debilitar el tejido social.

Por todo esto, hoy más que nunca, es indispensable y urgente unirnos en la defensa militante de los principios democráticos. El mal está nivelado y se sirve de herramientas muy poderosas: las armas de la antipolitica, el populismo demagógico, el uso indebido e intoxicante de las redes sociales y la provocación constante de absurdas polarizaciones que siembran el odio entre hermanos, buscando balcanizar nuestras sociedades mediante el uso desalmado de la posverdad que conlleva a relativizar los derechos fundamentales, potenciando la distorsión deliberada de la realidad para manipular a la opinión pública a través de las emociones.

La democracia no es el patrimonio exclusivo de un partido, de un líder o de una nación en particular. La democracia es un bien común, un acervo de la humanidad entera. En consecuencia, cada ciudadano del mundo libre debe sentirse hoy moral y políticamente exigido a salvaguardarla, promoverla y rescatarla allí donde el anticristo de la tiranía intente apagar su luz. La libertad no se negocia; se defiende con firmeza inquebrantable.

Frente a esta corporación criminal que trasciende fronteras, la comunidad internacional no puede seguir actuando como un simple espectador de comunicados timoratos y diplomacia de pasillo. La neutralidad ante la tiranía no es diplomacia; es complicidad. Hago un llamado urgente a la Organización de Naciones Unidas (ONU), a la Organización de Estados Americanos (OEA), a la Unión Europea y a los líderes del mundo libre para que abandonen el letargo y la perplejidad.

Es hora de pasar de la retórica de la preocupación a la acción coordinada. Se deben aplicar sanciones reales y severas a las cúpulas corruptas, activar universalmente la justicia internacional para que los crímenes de lesa humanidad no queden impunes y cercar financieramente los capitales que estas mafias roban a sus pueblos para luego blanquear en suelo extranjero. No se puede normalizar el horror ni cohabitar con impostores que usan la fachada de la soberanía nacional para balcanizar los derechos humanos.

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