Mi Argentina
Pocas sociedades han demostrado tanta capacidad para levantarse una y otra vez. Han sobrevivido a gobiernos imposibles, a corralitos, hiperinflaciones, devaluaciones, robo directo de sus planes de pensiones y crisis que habrían roto a cualquier otro país
El presidente Javier Milei
Detrás de los titulares existe un país generoso, brillante y profundamente humano que cambió mi vida mucho antes de que el fútbol intentara separarnos.
Ahora que medio mundo se indigna con las imágenes de la final del Mundial, parece que todos han descubierto de golpe cómo son «los argentinos». Las redes han dictado sentencia: violentos, arrogantes, malos perdedores. Como siempre, unos pocos acaban definiendo a más de cuarenta millones de personas.
No cabe duda que la conducta de la selección albiceleste — o algunos miembros de ella — tras la derrota contra España, fue indigna. Hay que saber perder. Sobre todo cuando te han perdonado jugar al límite durante todo un campeonato del mundo.
Pero yo prefiero hablar de otra Argentina. De la mía.
Llevo más de 30 años entrando y saliendo de ese país. He trabajado allí, he hecho amigos allí, he aprendido allí. Y la Argentina que yo conozco no cabe en un vídeo de treinta segundos con dos chavales soltando piñas.
Cuando empecé a trabajar, con apenas 22 años, un porteño llamado Fernando decidió adoptarme profesionalmente. Era judío, abogado brillante y de esas personas que entienden que enseñar no resta, sino que multiplica. Me abrió las puertas de su despacho, de su casa y de su familia. Me invitó a pasar los veranos en Pinamar y, sin darse demasiada importancia, me enseñó gran parte de lo que hoy sé sobre esta profesión.
Después llegó Ángel, que me enseñó otra asignatura igual de difícil: cómo sobrevivir al laberinto de hacer negocios en Buenos Aires. Con él descubrí que en Argentina los contratos importan, pero la palabra, muchas veces, vale todavía más.
Y luego están las personas que nunca salen en las noticias.
Laura. Menchi. Adriana. Carla. Cada vez que aterrizaba en Buenos Aires y cruzaba la puerta del Hyatt —hoy Four Seasons— conseguían que un hotel de cinco estrellas pareciera el salón de casa. Hay gente que convierte un edificio en un hogar. Ellas siempre tuvieron ese don.
También están los gallegos. Los hijos y nietos de aquellos españoles que cruzaron el Atlántico con una maleta de cartón y poco más. Muchos jamás dejaron de hablar de Galicia como si hubieran salido de allí la semana anterior. Conservaban una nostalgia heredada, transmitida de generación en generación, que siempre me emocionó. Habían nacido argentinos, pero llevaban España cosida por dentro.
Y luego está esa forma tan argentina de vivir. Las sobremesas interminables. Las discusiones políticas que empiezan con un mate y terminan cuatro horas después. La facilidad para hacer amigos. La costumbre de tratar al recién llegado como si llevara toda la vida formando parte del grupo.
Argentina tiene muchos defectos. Quizá demasiados. Igual que España. Nadie que haya hecho negocios allí puede ignorar la inflación crónica, las crisis cíclicas, la inseguridad jurídica o la frustración de ver cómo un país inmensamente rico lleva décadas desperdiciando oportunidades gracias al peronismo. Casi como España con el socialismo. Con la única diferencia que ellos ya se han librado.
Pero precisamente por eso admiro aún más a los argentinos. Porque pocas sociedades han demostrado tanta capacidad para levantarse una y otra vez. Han sobrevivido a gobiernos imposibles, a corralitos, hiperinflaciones, devaluaciones, robo directo de sus planes de pensiones y crisis que habrían roto a cualquier otro país.
Y, sin embargo, siguen laburando sin parar, recibiendo al forastero con una sonrisa, un abrazo y un asado preparado para compartir. Esa es su identidad, y no cuatro energumenos sobre-compensados y mineralizados que se dedican a dar rienda suelta a su frustración.
Por eso me alegra tanto que Javier Milei haya abierto una ventana de esperanza. Nadie sabe si logrará completar todas las reformas que el país necesita. Algunas saldrán bien; otras, probablemente no. Pero, por primera vez en mucho tiempo, muchos argentinos vuelven a creer que el futuro puede ser mejor que el pasado. Esa ilusión vale mucho. Muchísimo. Lo de Milei me ha hecho volver a creer en la política. Ha sido el comienzo de un tsunami que va arrasando Hispanoamérica. Ojalá cruce el Atlántico.
No sé cómo son todos los argentinos. Solo conozco a los míos. Los que me enseñaron una profesión. Los que me ayudaron a crecer. Los que me abrieron la puerta de su casa sin pedir nada a cambio. Los que me hicieron sentir uno más.
Por eso, cuando estos días escucho a tantos reducir Argentina a unos incidentes ocurridos después de un partido de fútbol, no puedo evitar sonreír, por la profunda ignorancia del que imparte sentencia.
Porque sé que existe otra Argentina. La que no hace ruido. La que labura. La que, frente a todas las dificultades, emprende. La que comparte. La que, incluso en sus peores momentos, nunca ha perdido la capacidad de hacer sentir en casa a quien llega de fuera.
Y esa, después de tantos años, sigue siendo mi Argentina.