Fundado en 1910

Así ha forjado Marruecos su alianza con Estados Unidos a costa de España

La posición inequívoca de Washington ante la invasión de Ceuta es una expresión de la estrategia para combatir a China y Rusia en el Magreb y el Sahel

Militares estadounidenses y marroquíes prepararon conjuntamente los ejercicios militares African Lion 22dvidshub.net

La diplomacia de los Estados Unidos ha atribuido la invasión de Ceuta al «resultado directo de los esfuerzos deliberados del Gobierno de España para facilitar la inmigración ilegal masiva hacia Europa». Donald Trump ha calificado las imágenes como «terribles». Y el 30 de julio, mientras miles de personas cruzaban la frontera, felicitó a Mohamed VI por el aniversario de su entronización renovando la promesa de amistad «durante los próximos 250 años».

La posición de la Casa Blanca ha sido inequívoca, consecuencia natural de una alianza de la que Rabat obtiene armas, reconocimiento de fronteras y razones para su acción exterior, mientras Washington refuerza su influencia en el norte de África.

Los Estados Unidos han vendido a Marruecos un arsenal de unos 7.400 millones de euros, compuesto de veinticinco F-16 de última generación, Apaches, Chinook, dieciocho lanzadores HIMARS, misiles y radares. En abril, ambos gobiernos firmaron un plan de defensa hasta 2036 que da acceso al país magrebí al armamento reservado a los socios de la OTAN, y el reino se convirtió en el primer socio africano del sistema de datos tácticos Link-16. African Lion, la mayor maniobra del mando estadounidense para África, reunió esta primavera en Agadir, Tan-Tan, Kenitra y Dajla a más de 5.600 efectivos de una cuarentena de países, con bombarderos B-52 escoltados por F-16 marroquíes sobre el sur del reino y fuego real de HIMARS por primera vez.

En 2020, poco antes de abandonar la Casa Blanca durante cuatro años, Trump reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental a cambio de que Rabat estableciera relaciones con Tel Aviv. El pasado octubre, a iniciativa estadounidense, el Consejo de Seguridad de la ONU consagró el plan de autonomía como base de la negociación, y Mohamed VI lo celebró como «un antes y un después».

Ese periplo desembocó hace unos días en el informe del Capitolio, que sitúa Ceuta y Melilla «en territorio marroquí» y respalda que Marco Rubio «facilite» el diálogo sobre su «futuro estatus», mientras el caucus de Marruecos, liderado por el congresista de ascendencia española Mario Díaz-Balart, ha impulsado la declaración del Frente Polisario como organización terrorista.

Inversiones en Washington y Bruselas

La alianza es vista como una apuesta comercial desde Rabat. Según los registros de agentes extranjeros del Departamento de Justicia, Marruecos destinó en 2025 cerca de tres millones de euros (3,5 millones de dólares) a defender sus intereses en los Estados Unidos. Suma 58.9 millones de dólares desde 2015, de los cuales 12.7 llegaron del gigante estatal de los fosfatos, OCP, en 2020, el año del reconocimiento del Sáhara.

En Bruselas, el Qatargate, el mayor escándalo de corrupción de la historia del Parlamento Europeo, tenía una vertiente marroquí. La investigación belga situó al embajador Abderrahim Atmoun como enlace de la red del exeurodiputado Panzeri, en cuyo domicilio se encontraron 700.000 euros, y apuntó al espionaje exterior del reino.

Un juego de suma cero en el que pierde España

Si la seguridad nacional española convive con un vecino que compra material de la OTAN sin ser miembro de la organización, y la penúltima invasión de Ceuta se saldó con el giro de Pedro Sánchez, que liquidó medio siglo de neutralidad sin ni siquiera pasar por el Congreso de los Diputados, en las últimas semanas las ciudades autónomas han visto por primera vez su «futuro estatus» escrito en un documento oficial de la Cámara de Representantes.

El campo también paga el peaje, y por partida doble. El Departamento de Agricultura estadounidense ha incluido a Marruecos entre los siete países prioritarios de su programa Alimentos para el Progreso, dotado con 226 millones de dólares. Bruselas, por su parte, amplió en octubre el trato arancelario preferente del Acuerdo de Asociación a los tomates y melones cultivados en el Sáhara Occidental, sorteando así la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea que un año antes había excluido esos productos por no ser marroquíes. Mientras, España pierde tres mil explotaciones agrarias cada año, más de treinta mil en la última década.

En los think tanks del distrito de Columbia se teoriza ya el uso de Marruecos «como palanca» frente a una España que consideran «poco fiable». Como en 1975, cuando Washington y París empujaron la primera Marcha Verde para evitar un Sáhara independiente, y en tantas ocasiones desde entonces, España se ve obligada a aceptar el futuro que le diseñan fuera de sus fronteras.

La guerra fría del Sahel

En el Magreb, Marruecos y Argelia mantienen la frontera terrestre cerrada desde 1994 y las relaciones diplomáticas rotas desde 2021, enfrentados por la hegemonía regional, expresada sobre todo en el Sáhara Occidental. Argel acoge y sostiene al Frente Polisario mientras Rabat afianza su control sobre el territorio. Los dos vecinos protagonizan la mayor carrera armamentística de África, a través de contratos con Moscú desde Argel, con Washington y Tel Aviv desde Rabat. El gasoducto del Magreb que llega a través de Marruecos lleva cerrado desde 2021 por decisión argelina, y cada gesto de Madrid hacia una capital se paga en la otra.

El Sahel (en árabe, «la orilla» del gran desierto), la franja semiárida que corre del Atlántico al mar Rojo por Mauritania, Malí, Burkina Faso, Níger y Chad, tiene una importancia a veces ignorada para la seguridad de Europa: concentra hoy más de la mitad de las muertes por terrorismo del planeta. En esa región, el tablero se le ha vuelto en contra a los Estados Unidos, en especial por la expulsión de Francia de las tres piezas centrales de la franja, y Washington desmontó en 2024 sus bases de drones nigerinas.

La misión del mando estadounidense para África es inequívoca: «Contrarrestar las actividades de China y otros adversarios» en un continente «del que los Estados Unidos no pueden apartar la mirada». Para ello, es clave el control del estrecho de Gibraltar, por donde pasan cien mil buques al año, más de la décima parte del tráfico marítimo mundial y el suministro energético de Europa.

El vacío lo ocupa el Africa Corps, heredero estatal del Grupo Wagner —los mercenarios que saltaron a la fama en Ucrania—, que sostiene a las juntas de la Alianza de Estados del Sahel y firmó con ellas, el 8 de julio en Niamey, un memorando que amplía su cooperación militar hasta 2027, pese a su expulsión en abril de Kidal, la capital del norte maliense, cuna de las rebeliones tuareg desde la independencia y última parada antes de la frontera argelina.

Las comunicaciones de Moscú, vía el Magreb, pasan por Argel, primer país del mundo en estrenar el caza ruso Su-57 y destino de 167 vuelos de carga militares en un año. En Libia, los hombres del Kremlin guarnecen los aeródromos de Haftar frente a las costas europeas.

Mientras, en el mismo tablero, China juega con sus propias fichas. El oleoducto de 4.600 millones de dólares que saca el crudo de Níger por Benín, volado por los yihadistas en 2025 con rehenes chinos ante las cámaras; la mina de litio de Goulamina, que hará de Mali el segundo productor africano; y el uranio que la junta nigerina ha arrebatado a la francesa Orano. También en Marruecos, donde levanta la primera gigafactoría de baterías de África, 6.500 millones de dólares del grupo Gotion en Kenitra, con destino al mercado europeo.

Frente a ese avance, Marruecos ofrece a Washington un territorio estable, un ejército que combate con las mismas armas y los mismos códigos que el americano, el dique migratorio del estrecho y, sobre el Sáhara, el corredor atlántico por el futuro puerto de Dajla, con una autopista bautizada con el nombre de Donald Trump.

Las repercusiones para España

Más allá de Marruecos, la influencia de España en la región es escasa. La relación con Argelia, deteriorada desde 2022 con la retirada del embajador y la suspensión del Tratado de Amistad, parecía empezar a encauzarse cuando el 20 de julio, diez días antes del asalto, Pedro Sánchez viajó a Argel para sellar una «nueva etapa» y más gas del que ya es el primer proveedor de España. Hay quien lee en ese acercamiento —con más voluntad que información— la explicación del momento de la última invasión de Ceuta. En Túnez y Libia, la huella de Madrid es poco más que testimonial.

En el Sahel, España llegó a aportar el mayor contingente de la misión europea de adiestramiento en Malí, clausurada en 2024 cuando los rusos ya mandaban en Bamako. Queda Mauritania, guardiana de la ruta canaria con medio centenar de policías y guardias civiles españoles sobre el terreno, tan cortejada por Madrid como por Bruselas, por Washington y por el propio Rabat, que acaba de estrechar su cooperación de seguridad con Nuakchot.

Para Washington, la cuenta es razonable. Armas y apoyo diplomático a cambio de un guardián frente a Moscú y Pekín. Para Madrid, la misma ecuación supone la pérdida de influencia en el Sáhara, el castigo al campo y, de momento, dos invasiones a Ceuta. Un juego de suma cero en el que, desde 1975, España pierde lo que gana Marruecos.