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La ministra Robles durante la visita al astillero de Navantia en Ferrol (La Coruña)Ministerio de Defensa

Hay cosas que no podemos caer en la tentación de tomarnos a broma, y nada mejor para entender la preocupación que podría suscitar el alarmante título de esta columna que ver el problema con una cierta perspectiva histórica.

Cuando yo era niño, no había chinos en Ferrol. Sabíamos de su existencia porque, para la colecta del Domund, nos daban en el colegio unas huchas de barro con los bustos de algunos de los colectivos que entonces representaban a la humanidad menos favorecida: un negrito —no había entonces ningún problema en llamarlos así—, un indio —de los de plumas, quizá porque los de la India eran más difíciles de caracterizar— y, cómo no, un chinito. El mundo ha dado tantas vueltas que hoy son los chinos los que, de la mano de SAIC Motor —una empresa estatal que, entre otras cosas, fabrica vehículos eléctricos— podrían venir a llenar las huchas de los ferrolanos, castigados como pocos por esa mal llamada reconversión industrial que, en mi ciudad natal, se tradujo en una rápida y dramática desindustrialización.

La expansión china

¿Bienvenidos sean entonces los chinos a Ferrol? Sí, pero lo primero que hay que señalar al respecto es que, al contrario que los donantes que llenaban nuestras huchas en la calle Real, lo suyo no es producto de la generosidad. La expansión china, en la que encuentran un papel diferenciado sus poderosas garras económicas, diplomáticas y militares, tiene claros objetivos políticos y, aunque la guerra no ocupe un lugar central en su estrategia para alcanzar el cetro global, tampoco renuncia a ella para conseguir la reunificación con Taiwán o para arrebatar a sus vecinos los derechos que les corresponden en el mar de China Meridional.

Es verdad que a nosotros ese mar nos queda muy lejos, pero los líderes de la Alianza Atlántica aprobaron en la cumbre de Madrid un Concepto Estratégico que no hace concesiones a la diplomacia: «las ambiciones de China y sus políticas coercitivas desafían nuestros intereses, nuestra seguridad y nuestros valores». ¿Importan esos valores? No sé qué pensará el lector, pero yo prefiero para mis nietos una vida en libertad que en absoluto encaja con el ideario del comunismo chino, por más que haya quien quiera blanquearlo desde nuestro país.

Los amables lectores sacarán sus propias conclusiones, pero el Informe Anual de Seguridad de 2023 hacía sobre China acusaciones muy graves que, a consecuencia quizá del reciente deshielo propiciado por nuestro presidente, han desaparecido de la última edición. Entre los párrafos perdidos se encuentra este, seguramente redactado al calor de la cumbre de Madrid… pero que ahora no encaja en el nuevo clima político: «Sigue creciendo el empleo por parte de los servicios de inteligencia chinos de agentes no tradicionales, tanto para la obtención de información, especialmente en el ámbito científico/tecnológico, como para la injerencia en decisiones de la Administración que afecten a los intereses de China… Estas actividades encuentran un mayor grado de optimización del éxito cuando se combinan con otras, como el uso de la colonia china residente en España, del poder blando en el terreno sociocultural o la recepción de inversión china que pueda suponer una oportunidad económica y financiera para nuestro país».

Abrir la puerta al lobo

A la vista de las anteriores acusaciones, hoy pasadas por alto en aras de la conveniencia política pero nunca desmentidas, parece evidente que autorizar una fábrica china, no ya en Ferrol sino en cualquier lugar de España, es como abrirle al lobo la puerta de nuestra casa. Un lobo, eso sí, que, en lugar de blanquear sus patas con harina para hacerse pasar por la madre de los siete cabritos —vaya cosas que nos contaban cuando éramos pequeños— viene dispuesto a pagar un precio más que razonable por el alquiler de alguna de nuestras habitaciones.

¿Necesitamos ese alquiler? Por el momento, parece que sí. No solo España sino toda Europa tienen que ponerse las pilas si quieren recuperar la solvencia económica que un día tuvimos; pero, mientras lo hacemos, los ferrolanos tienen que comer. Abramos, pues, la puerta a un animal que sabemos peligroso, pero procuremos al menos que no entre en la habitación de los niños. Porque, aunque se haya caído de nuestros informes oficiales —vaya cosas que nos cuentan ahora que somos mayores— si hay algo que no podemos poner en duda es que el lobo lo va a intentar. Se lo exige el artículo 7 de su propia Ley Nacional de Inteligencia: «Todas las organizaciones y los ciudadanos apoyarán, asistirán y colaborarán en los trabajos de la inteligencia nacional».

¿Es Ferrol vulnerable?

¿Es Ferrol una de nuestras habitaciones vulnerables? El instinto nos dice que sí. El lobo cercano siempre da más miedo que el que está lejos. Sin embargo, para hacer esa observación nos basamos en el mundo limitado por nuestros sentidos en el que la mayoría de nosotros hemos crecido. Hace dos siglos tenía toda la lógica enviar a Jorge Juan a Inglaterra para que pudiera «ver» en directo la actividad de los astilleros británicos pero, ¿sigue siendo válido ese argumento? Los llamados «nativos digitales» seguramente lo verían de forma diferente.

La prensa se ha hecho eco estos días de que «fuentes del ministerio de Defensa», por supuesto no identificadas, ven con preocupación la apertura de la fábrica de SAIC Motor en Ferrol. Hasta donde he podido leer, tal valoración se basa exclusivamente en criterios de cercanía geográfica y en la velada amenaza de que la OTAN podría dejar de considerar a Ferrol como un «puerto seguro». ¿Seguro para qué? La ría que, según se decía en el siglo XVIII, los británicos habrían protegido con muralla de plata hoy está a cinco minutos de vuelo de un misil balístico lanzado desde el norte de África. ¿Seguro frente al espionaje? A mí la OTAN me ha llevado a la base rusa de Baltisk, en el mar Báltico, sin preguntarme nada. Más recientemente, la Alianza apoyó la operación Ocean Shield, contra la piratería en Somalia, desde el puerto de Djibouti, donde coexisten armoniosamente la base militar norteamericana de Camp Lemonnier con otra china —hablamos de una base naval, no de una fábrica de coches— situada a solo 11 kilómetros.

Dejando esas zarandajas a un lado, es verdad que el riesgo de espionaje existe, con o sin fábrica de coches en Ferrol. Y es particularmente severo en el ciberespacio, aunque poco importa que se hackeen las redes desde Pekín o desde Mugardos, una preciosa villa al otro lado de la ría donde, por cierto, se come un pulpo excelente. Hay protocolos para defenderse de esta amenaza que, desde luego —esto es un hecho, no una opinión— no dependen en absoluto de la distancia física.

He leído también que desde la fábrica de SAIC Motor podría controlarse el movimiento de nuestras fragatas más modernas. Nada más cierto, sobre todo ahora que las murallas del arsenal han sido derribadas en muchos de sus puntos siguiendo criterios urbanísticos sobre los que poco puedo decir más allá de que a mi mujer no le han gustado demasiado. Pero nada, tampoco, más innecesario que montar una fábrica para eso. Ese control puede hacerse todavía mejor desde los satélites de observación o, con mayor facilidad, desde los jardines de Herrera, un bonito lugar abierto al público —a muy pocos metros, por cierto, de uno de los bazares chinos que existen en la ciudad, sometidos a las mismas leyes que la propia SAIC Motor— desde el que cualquiera puede deleitarse contemplando los movimientos de los buques en el arsenal.

El único asunto que de verdad debería preocupar a los responsables de la protección de la información, ya sea en la Armada o en Navantia, es la posibilidad de que los servicios de inteligencia chinos puedan reclutar informantes con más facilidad a partir del contacto estrecho entre estructuras relativamente próximas. Sin embargo, hay procedimientos de certificación del personal diseñados para protegernos de esa amenaza. Procedimientos que deben respetarse escrupulosamente… con o sin fábrica de coches chinos en Ferrol.

Reflexión final

La nueva fábrica de SAIC Motor es un asunto serio, sí, pero que se ha planteado estos días desde una perspectiva a mi juicio equivocada. El problema no está en Ferrol, ni en su arsenal militar o sus astilleros, sino en discernir, en cada caso concreto, si estamos abriendo a China la puerta de sectores claves de nuestra economía o nuestra defensa, si comprometemos alguno de los eslabones críticos de nuestra cadena de suministros y, sobre todo, si entendemos que cada fábrica china en España implica una posibilidad de ejercer presión sobre nuestro Gobierno y, por ello una vulnerabilidad estratégica con la que mis nietos tendrán que convivir cuando sean mayores.

Es, por ello, paradójico que los españoles —quizá porque estamos en agosto y los juzgados están de vacaciones— hayamos dedicado más tiempo a discutir esta pequeñez que a cuestionar el acercamiento a China promovido por nuestro Gobierno un poco a contrapelo de lo que sienten la mayoría de nuestros socios y aliados. Me sorprende que la patada que el presidente Sánchez, justo después de visitar la guarida del lobo, ha dado a una puerta que, reconozcámoslo, ya estaba entreabierta, nos haya interesado menos que la habitación concreta en la que ahora vamos a alojar al animal. ¿A quien culpar si no a nosotros mismos, el pueblo soberano, de tal desatino?