Fundado en 1910

La Guaira, el puerto de la memoria de Andrés Bello

Bello no recuerda el embarque, ni la travesía, ni siquiera el momento de abandonar el puerto. Lo que permanece grabado en su memoria es aquella última mirada lanzada hacia Caracas mientras descendía por el antiguo camino de La Guaira

La bandera de Venezuela en el puerto de La Guaira

La bandera de Venezuela en el puerto de La GuairaMartín Bernetti / AFP

El mar de La Guaira representa el último horizonte venezolano que contemplaron los ojos de Andrés Bello el 10 de junio de 1810. Al abordar la fragata británica General Wellesley, junto a Simón Bolívar y Luis López Méndez, rumbo a Londres, el joven secretario de la Junta Suprema de Caracas no podía imaginar que aquel puerto caribeño terminaría convirtiéndose en el símbolo más persistente de su memoria. Lo que para sus compañeros de viaje era el inicio de una misión diplomática, para Bello acabaría siendo el comienzo de un exilio definitivo. Nunca volvería a recorrer el camino que descendía desde Caracas hasta La Guaira, ni volvería a contemplar el litoral donde terminaba la montaña y comenzaba el océano.

En la biografía de Bello abundan los estudios sobre el jurista, el gramático, el filósofo del derecho o el fundador de la Universidad de Chile. Sin embargo, existe un Bello mucho más íntimo que emerge con extraordinaria fuerza en su correspondencia personal. Es allí donde el hombre público deja paso al hijo, al hermano, al esposo y al amigo que vive pendiente de las noticias procedentes de su patria. En ese universo epistolar, La Guaira deja de ser un simple puerto para convertirse en el umbral que separa dos vidas: la juventud venezolana y la larga madurez del destierro.

Su familia permanecía dispersa y las comunicaciones con América dependían exclusivamente de los barcos que cruzaban el Atlántico

Durante casi veinte años de permanencia en Londres, Bello conoció privaciones económicas que hoy suelen olvidarse. Dependía de un sueldo que la naciente República de Colombia enviaba con irregularidad o, sencillamente, dejaba de enviar. Su familia permanecía dispersa y las comunicaciones con América dependían exclusivamente de los barcos que cruzaban el Atlántico. Cada embarcación que zarpaba desde La Guaira podía traer una carta de su madre, noticias de sus hermanos, algún auxilio económico o la esperanza de que la situación política mejorara. El puerto venezolano terminó convirtiéndose, en la distancia, en el único puente visible entre el presente europeo y la patria que había dejado atrás.

La Guaira se convirtió en el lugar donde convergían la espera, la incertidumbre y la esperanza

La Guaira adquirió entonces un significado que trasciende la geografía. Se convirtió en el lugar donde convergían la espera, la incertidumbre y la esperanza. No era únicamente el puerto por donde llegaban las mercancías o los viajeros; era el punto desde el cual seguían llegando, lentamente, los afectos.

Las páginas del Epistolario, publicadas en las Obras completas de Andrés Bello, permiten descubrir con singular claridad esa dimensión profundamente humana. En ellas no encontramos al hombre de mármol inmortalizado por los monumentos, sino al exiliado que nunca consiguió desprenderse de los recuerdos de su infancia. La nostalgia no aparece como un sentimentalismo pasajero, sino como una experiencia permanente que atraviesa toda su existencia.

En una de las cartas más conmovedoras de su correspondencia, dirigida a su hermano Carlos el 17 de febrero de 1846, treinta y seis años después de haber abandonado Venezuela, Bello escribe:

«En mi vejez repaso con un placer indecible todas las memorias de mi patria; recuerdo los ríos, las quebradas y hasta los árboles que solía ver en aquella época feliz de mi vida. Cuantas veces fijo la vista en el plano de Caracas, creo pasearme otra vez por sus calles, buscando en ellas los edificios conocidos y preguntándoles por los amigos, los compañeros que ya no existen».

Habla el hombre que descubre que el verdadero destierro consiste en sobrevivir a un mundo que continúa existiendo únicamente en la memoria

No habla aquí el codificador del derecho civil ni el filólogo que renovó los estudios de la lengua española. Habla el hombre que descubre que el verdadero destierro consiste en sobrevivir a un mundo que continúa existiendo únicamente en la memoria. La patria deja de ser un territorio político para convertirse en un paisaje interior.

Pocas líneas después, el desgarro alcanza una intensidad extraordinaria:

«¡Daría la mitad de lo que me resta de vida por abrazaros, por ver de nuevo el Catuche, el Guaire, por arrodillarme sobre las losas que cubren los restos de tantas personas queridas!»

La evocación culmina entonces en el recuerdo del camino que conduce precisamente hacia La Guaira, convertido ya en el símbolo de toda una existencia:

«Tengo todavía presente la última mirada que di a Caracas desde el camino de La Guaira. ¿Quién me hubiera dicho que en efecto era la última?»

Dos cargueros se acercan al puerto de La Guaira en Catia La Mar, Venezuela

Dos cargueros se acercan al puerto de La Guaira en Catia La Mar, VenezuelaJuan Barreto / AFP

Bello no recuerda el embarque, ni la travesía, ni siquiera el momento de abandonar el puerto. Lo que permanece grabado en su memoria es aquella última mirada lanzada hacia Caracas mientras descendía por el antiguo camino de La Guaira. Solo con el paso de los años comprendió que aquel instante había adquirido un significado definitivo. Lo que entonces parecía una despedida temporal terminó convirtiéndose en una separación irreversible.

La misma carta prolonga esa reconstrucción de la memoria con una delicadeza casi dolorosa:

«¡Cuántos preciosos recuerdos me sugiere este templo y sus cercanías, teatro de mi infancia, de mis primeros estudios, de mis primeras y más caras afecciones! Allí la casa en que nacimos y jugamos con su patio y corral, con sus granados y naranjos. ¿Y ahora qué es de todo esto?»

La Guaira deja así de ser un puerto para transformarse en el umbral donde quedó suspendida para siempre una parte de su vida

En estas líneas aparece el verdadero Bello. No el gran legislador americano, sino el hombre que vuelve una y otra vez a la casa paterna, al patio donde jugó de niño, a los árboles de su infancia y al camino que descendía hacia el mar. La Guaira deja así de ser un puerto para transformarse en el umbral donde quedó suspendida para siempre una parte de su vida.

Ese recuerdo no paralizó su existencia. Por el contrario, fue precisamente la conciencia de esa pérdida la que terminó dando una profundidad singular a toda su obra intelectual. Mientras esperaba durante años las embarcaciones procedentes de La Guaira, Bello comenzaba silenciosamente a construir otra patria, ya no limitada por las fronteras de Venezuela, sino abierta a toda Hispanoamérica.

Fue precisamente esa experiencia del destierro la que terminó ampliando el horizonte intelectual de Bello. Lejos de encerrarse en la nostalgia, transformó el dolor de la separación en un proyecto de extraordinaria fecundidad. Mientras aguardaba durante años los barcos procedentes de La Guaira, estudiaba incansablemente en la biblioteca del Museo Británico, profundizaba en los clásicos, seguía los debates políticos europeos y maduraba las ideas que más tarde darían forma a algunas de las instituciones fundamentales de Hispanoamérica.

El puerto continuaba siendo la puerta de entrada de la esperanza

Sin embargo, esa dedicación intelectual nunca significó un olvido de Venezuela. Muy por el contrario, cuanto más se consolidaba su prestigio en Europa, más evidente resultaba el vínculo afectivo que seguía manteniendo con la tierra de su nacimiento. Las noticias que llegaban desde La Guaira seguían marcando el ritmo de su correspondencia. En muchas de sus cartas aparecen las dificultades para recibir información, los largos silencios impuestos por la guerra y las constantes incertidumbres sobre el destino de familiares y amigos. Cada buque procedente del Caribe podía alterar profundamente su estado de ánimo. El puerto continuaba siendo la puerta de entrada de la esperanza.

Esa dimensión íntima suele quedar eclipsada por la grandeza de su obra pública. Se recuerda con justicia al autor de la Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos, al redactor del Código Civil chileno, al primer rector de la Universidad de Chile o al pensador que contribuyó decisivamente a la formación jurídica de las nuevas repúblicas. Pero detrás de esas realizaciones permanecía siempre el hombre que nunca dejó de sentirse venezolano.

No deja de ser significativo que incluso cuando reconstruye históricamente los acontecimientos de 1810, Bello vuelva a mencionar La Guaira con la precisión del testigo presencial. Al narrar el inicio del proceso de la independencia recuerda la llegada de un navío al puerto que transportaba comunicaciones oficiales de la Corona, alterando el desarrollo de los acontecimientos políticos. El puerto aparece entonces no ya como un lugar de evocación sentimental, sino como uno de los grandes escenarios donde comenzaba a definirse el destino de Venezuela. En Bello, memoria personal e historia nacional nunca terminan de separarse. Ambas confluyen constantemente en aquel litoral desde donde partió hacia una vida que jamás imaginó.

Años después, cuando Simón Bolívar reconoció finalmente el inmenso valor intelectual de quien había sido uno de sus antiguos maestros, le ofreció regresar al servicio de la República. Bolívar comprendía que la independencia necesitaba algo más que ejércitos victoriosos. Requería hombres capaces de organizar las instituciones civiles y de dar estabilidad jurídica a los nuevos Estados. El regreso de Bello parecía entonces posible. Y, naturalmente, la puerta de entrada habría vuelto a ser La Guaira.

Pero la historia siguió otro camino.

En 1829 aceptó la invitación del gobierno chileno y se estableció definitivamente en Santiago. Allí encontró la estabilidad que Londres nunca pudo ofrecerle. Allí desarrolló la parte más fecunda de su producción intelectual. Allí fundó una verdadera tradición humanista que todavía constituye uno de los pilares de la cultura chilena. Sin embargo, esa nueva patria nunca desplazó completamente a la primera. Bello no dejó de ser venezolano porque hubiera abrazado a Chile; logró ser plenamente chileno precisamente porque nunca renegó de Venezuela.

Bello convirtió el exilio en una forma superior de pertenencia

Iván Jaksic ha observado con acierto que Bello convirtió el exilio en una forma superior de pertenencia. Al verse privado de una patria concreta, terminó construyendo una patria intelectual para toda Hispanoamérica. Esa observación permite comprender el verdadero alcance de su obra. El gramático buscó una lengua común para pueblos recién independizados; el jurista procuró dotarlos de un derecho estable; el educador quiso formar ciudadanos capaces de sostener las nuevas repúblicas; el humanista entendió que la independencia política sería estéril si no iba acompañada de una sólida independencia cultural.

Desde esa perspectiva, La Guaira adquiere un significado todavía más profundo. No representa únicamente el lugar físico donde comenzó su exilio. Simboliza el momento en que una vida particular quedó puesta al servicio de una empresa mucho mayor. El puerto marca el tránsito entre dos vocaciones: la del joven caraqueño formado en el ambiente clásico y embrionariamente ilustrado de fines del siglo XVIII y la del maestro que habría de contribuir decisivamente a la configuración cultural de Hispanoamérica.

Quizá por ello el recuerdo de La Guaira nunca desapareció de su memoria. No era simplemente el puerto desde donde había partido, sino el último contacto con una forma de vida que el tiempo ya no devolvería. Los exiliados suelen recordar con precisión los últimos instantes vividos antes de abandonar definitivamente su tierra. En Bello ese instante posee un nombre concreto: el camino de La Guaira.

Su memoria no estaba hecha de grandes gestas heroicas, sino de realidades sencillas. El patio de la casa familiar, los árboles de la infancia, el río Guaire, las iglesias de Caracas, los amigos desaparecidos y el descenso hacia el puerto componían una geografía afectiva infinitamente más poderosa que cualquier discurso político. Tal vez por eso su patriotismo nunca adoptó un tono estridente. Amó a su patria con la serenidad de quien conoce que las verdaderas raíces no necesitan proclamarse constantemente.

Existe, además, una enseñanza que conserva plena actualidad. En una época en que el exilio suele interpretarse únicamente como desarraigo, Bello demuestra que también puede convertirse en una extraordinaria fuente de creación. Nunca confundió la nostalgia con el resentimiento. Jamás permitió que la pérdida de su país degenerara en amargura. Transformó la ausencia en trabajo, el recuerdo en cultura y el dolor en servicio público. Su obra constituye una de las respuestas más luminosas que un intelectual hispanoamericano haya dado a la experiencia del destierro.

Su obra constituye una de las respuestas más luminosas que un intelectual hispanoamericano haya dado a la experiencia del destierro

Por eso La Guaira ocupa un lugar silencioso, pero decisivo, en su biografía. Allí comenzó el largo viaje que habría de convertir a un joven venezolano en uno de los mayores humanistas del continente. Allí quedó atrás la vida que había conocido. Allí empezó otra que terminaría enriqueciendo a toda Hispanoamérica.

Cada vez que hoy se contempla el mar desde el antiguo camino que une Caracas con La Guaira resulta inevitable evocar aquella escena del 10 de junio de 1810. Un hombre de apenas veintiocho años descendía hacia el puerto convencido de que regresaría en pocos meses. Ignoraba que aquella sería la última vez que contemplaría su ciudad natal. Ignoraba también que ese mismo viaje lo conduciría a convertirse en el gran intelectual de las repúblicas americanas.

La Guaira quedó, desde entonces, fijada para siempre en su memoria. No únicamente como el puerto del que partió, sino como el lugar donde comenzó una de las aventuras intelectuales más fecundas de nuestra historia. Detrás del jurista, del filólogo y del educador permaneció siempre el hombre que, treinta y seis años después, todavía podía escribir con emoción contenida que conservaba viva «la última mirada» lanzada desde el camino de La Guaira. Quizá ninguna otra frase resume mejor la humanidad de Andrés Bello. Porque antes de ser el fundador de instituciones, fue un hijo que añoró a su madre, un hermano que soñó con volver a abrazar a los suyos y un venezolano que nunca dejó de llevar consigo el olor del salitre y la luz de la costa donde había comenzado su vida.

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