Trump quiere asfixiar a Teherán. Ahora tiene que atreverse con China
El cierre financiero de Dubái puede hacer más daño al régimen que muchos bombardeos. Pero la estrategia solo funcionará si Washington está dispuesto a castigar a quienes de verdad mantienen vivo a Irán.
El presidente estadounidense Donald Trump posa para las fotos con el presidente chino Xi Jinping
Tras casi seis meses de guerra, amenazas, negociaciones y sucesivos amagos de paz, Trump acaba de volver a cambiar de táctica. Esta vez no son los B-2, los Tomahawk ni otro portaaviones. Es el dólar.
La Casa Blanca ha anunciado lo que Trump, con su habitual moderación retórica, denomina un «Economic D-Day» contra Irán: aislamiento financiero extremo, bloqueo de las vías de financiación del régimen y amenaza de consecuencias económicas contra cualquier país, banco, empresa, aeropuerto o entidad pública que le proporcione una vía de escape.
Scott Bessent promete las sanciones «más duras de la historia» y ha llegado a decir que el objetivo es «colapsar al régimen». Suena contundente. Ahora falta la parte complicada: hacerlo.
Dubái puede hacer más daño que otra salva de misiles
La primera ficha importante ya ha caído. Emiratos Árabes Unidos ha suspendido hasta nuevo aviso todo el comercio y las transacciones financieras con Irán. Conviene no atribuírselo exclusivamente a Trump: Abu Dabi tomó la decisión después de acusar a Teherán de lanzar dos misiles contra tráfico marítimo emiratí, algo que Irán niega. Pero las consecuencias económicas son las mismas.
Durante décadas, Dubái ha sido uno de los grandes pulmones externos de la economía iraní. No solo por el comercio visible, sino por una inmensa zona gris de casas de cambio, sociedades instrumentales, triangulaciones comerciales y cuentas utilizadas para convertir los ingresos iraníes —muchas veces denominados en yuanes— en divisas realmente utilizables.
El propio Tesoro estadounidense lleva meses atacando esas redes. En agosto sancionó nuevas estructuras que, según Washington, movían cientos de millones de dólares a través del sistema bancario paralelo iraní. FinCEN ya había identificado miles de millones transitando por sociedades radicadas en Emiratos, muchas de ellas empresas pantalla.
Por eso el cierre de Dubái puede hacer más daño que otro bombardeo.
La presión naval puede impedir que salga petróleo. Pero si además se dificulta importar bienes, convertir yuanes en dólares, pagar a proveedores, repatriar ingresos o mover efectivo, el problema deja de ser simplemente comercial. Se convierte en falta de oxígeno financiero.
Y Teherán ya tiene dificultades para respirar. Esta medida puede ser el coup de grace.
El problema se llama Xi Jinping
Pero aquí comienza la verdadera prueba de credibilidad de Trump. Las sanciones secundarias no son una invención de 2026. Washington lleva años utilizándolas contra quienes comercian con Irán. En 2019, durante su primer mandato, Trump retiró las exenciones que permitían comprar petróleo iraní y llegó a sancionar empresas chinas por transportarlo.
La diferencia ahora está en la escala de la amenaza. Trump no está diciendo simplemente que sancionará cuatro cargueros sospechosos o una casa de cambios de Hong Kong. Está amenazando con consecuencias para cualquiera que proporcione una «línea de vida» a Teherán.
Perfecto. ¿También China?
China compra más del 80% del petróleo que Irán consigue exportar. Durante años, las refinerías independientes chinas, intermediarios, barcos de la llamada flota en la sombra y complejas triangulaciones financieras han permitido que Pekín compre crudo iraní con descuento sin preocuparse demasiado por Washington.
India, a diferencia de lo que ocurría hace años, ya no es el problema principal: su comercio energético con Irán cayó drásticamente por las sanciones. China sí lo es.
Así que la pregunta es sencilla: ¿está Trump dispuesto a sancionar seriamente a grandes refinerías chinas si Pekín decide desafiarle? Porque sancionar a una casa de cambio de Dubái es gratis. Sancionar intereses económicos relevantes de la segunda economía mundial es otra historia.
Irán también tiene piezas en el tablero
Washington, además, está lejos de tener todas las cartas.
El bloqueo está haciendo mucho daño, sin duda. Las autoridades iraníes reconocen que las exportaciones de petróleo prácticamente se han detenido. La inflación está por encima del 100%, y más dle 300 % en algunos alimentos. Su moneda, el Rial, está en caida libre.
El tráfico energético por Ormuz sigue siendo una sombra del anterior a la guerra: los flujos de crudo por el estrecho han pasado de unos 18 millones de barriles diarios a menos de la un tercio según las informaciones más optimistas . Pero ese mismo dato contiene el mayor peligro para Trump.. Porque Ormuz no es solo el cuello de Irán. Es también el cuello energético del mundo.
El Brent vuelve a superar los 90 dólares y la inflación energética vuelve a aparecer precisamente cuando Trump necesita convencer al americano medio de que su vida es más barata que hace dos años.
Y Teherán lo sabe
No sería sorprendente que, cuanto más acorralado se encuentre el régimen, aumente la tentación de golpear infraestructuras energéticas, petroleros o instalaciones del Golfo intentando elevar el coste político que Washington paga por continuar la guerra.
Y el calendario importa. Septiembre y octubre conducen directamente a las midterms.
Para los ayatolás, hacer subir el petróleo unas semanas antes de que los americanos voten puede resultar mucho más eficaz que derribar otro dron estadounidense.
El dilema de Trump
Ahí aparece la trampa.
Si Irán escala y Trump responde militarmente, los demócratas intentarán presentarlo como el presidente que prometió terminar las guerras eternas y acabó metido en otra.
Si Teherán escala y Trump no responde, reaparecerá inmediatamente el acrónimo que más detesta la Casa Blanca: TACO —Trump Always Chickens Out—, Trump siempre se raja.
Y si las sanciones secundarias se anuncian solemnemente pero Washington termina haciendo excepciones cuando aparecen China, Turquía, Irak u otros socios incómodos, todo el edificio perderá credibilidad.
Esa es la diferencia entre presión económica y teatro económico. La primera funciona porque el adversario sabe que incumplir tiene consecuencias. La segunda solo funciona hasta que alguien suficientemente grande decide comprobar si el sheriff lleva balas en el revólver.
Las siguientes tres jugadas
La estrategia puede funcionar. Probablemente Irán nunca haya estado sometido simultáneamente a tanta presión militar, petrolera, comercial y financiera. Pero la presión no constituye por sí misma una estrategia.
Trump necesita saber qué quiere obtener de ella: apertura completa de Ormuz, límites verificables al programa nuclear, restricciones a los misiles, o un acuerdo político más amplio. Y necesita ofrecer alguna salida si Teherán acepta. Asfixiar a un régimen sin dejarle ninguna puerta puede conseguir que capitule. También puede conseguir que incendie la habitación.
Sobre todo, necesita haber calculado las dos o tres jugadas siguientes. Porque el problema de Trump durante estos meses no ha sido su disposición a elevar las apuestas. Ha sido la inconsistencia entre sus amenazas y su conducta. El alega que lo hace porque no quiere matar mas gente. Probablemente haya un componente de verdad en esa afirmación. Pero cuando trazas líneas rojas, conviene que sean creíbles.
Trump acaba de poner la soga alrededor de la garganta económica de Teherán. Ahora falta saber si está dispuesto a apretar cuando quien intente apartársela sea Xi Jinping. Si lo hace, Irán tiene un problema existencial. Si no, no habrá «Economic D-Day». Habrá otro TACO.
Y esta vez, con el Brent por encima de los 90 dólares y las midterms a la vuelta de la esquina, la cuenta la puede acabar pagando Trump.