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Trump «regulariza» el arsenal nuclear de Kim Jong-un

Nunca es bueno ceder ante el delito, ya se trate del tráfico de personas o del desarrollo de armas prohibidas por los tratados internacionales

(Foto de ARCHIVO)
Los presidentes de Corea del Sur y Estados Unidos, Kim Jong Un y Donald Trump.

Europa Press/Contacto/SMG
30/6/2019

Kim Jong Un y Donald Trump se saludan en la zona desmilitarizada que divide Corea del Norte y Corea del Sur (30/6/2019)SMG vía Europa Press

No soy quien para dogmatizar sobre las regularizaciones del Gobierno de España, pero entiendo las razones por las que Europa las rechaza. Incluso si se llevasen a cabo con criterios selectivos ajustados a los méritos personales de cada uno de los inmigrantes —algo difícil en una regularización que se nos presenta como masiva— vendrían a premiar el incumplimiento de la ley.

Es verdad que los llamados «papeles» pueden contribuir a resolver algunos de los problemas que sufren muchas personas que se esfuerzan cada día en sus trabajos, que sueñan con integrarse en nuestra sociedad y que aportan valor a nuestra economía. Sin embargo, cuando se anuncian a bombo y platillo y se conceden sin el necesario rigor, despiertan esperanzas que invitan a cruzar ilegalmente nuestras fronteras a otros muchos de los que nada sabemos. De esos polvos, removidos con cinismo por el desleal Gobierno de Marruecos, vienen los lodos que sufren los ceutíes en las últimas semanas.

Quien sí rechaza sin matices las regularizaciones es el presidente Trump. Tendrá sus razones y solo el pueblo estadounidense puede cuestionarlas; pero, más allá de las fronteras que son suyas, muchas de sus decisiones terminan afectando a toda la humanidad. Por eso, los ciudadanos del mundo tenemos derecho a ver con inquietud algo que parecía impensable hasta hace bien poco: que el voluble magnate haya resuelto «regularizar» de un plumazo el arsenal nuclear de su «nuevo mejor amigo» Kim Jong-un, uno de los tiranos más execrables que pueden encontrarse en nuestro planeta.

El efecto llamada de la proliferación

Nunca es bueno ceder ante el delito, ya se trate del tráfico de personas o del desarrollo de armas prohibidas por los tratados internacionales. Por eso me parece contradictorio que Trump, tan firme contra la inmigración ilegal y contra el narcotráfico por vía marítima, tan beligerante con el programa nuclear iraní, bendiga los misiles ilegales de Corea del Norte. Y eso es lo que hace, a conciencia o por ignorancia, cuando justifica su interés por reunirse con el estrafalario dictador que se hace llamar «Sol Brillante» porque… «tiene 57 armas nucleares muy poderosas». Pocas me parecen —la inteligencia surcoreana asegura que son bastante más— pero ¿de verdad no se da cuenta el magnate de que también estas decisiones tienen «efecto llamada»?

Hasta hace bien poco, el tener ese tipo de armas por fuera de lo dispuesto en el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) estaba penalizado por la comunidad internacional. Tanto es así que incluso Israel, que nunca ha sido particularmente respetuoso con las decisiones de la ONU, sigue prefiriendo ser un «sin papeles» en ese escabroso terreno.

Ahora, sin embargo, es Trump quien pone el tapete del revés. ¿Luz y taquígrafos entonces? Mala idea. Como ocurre con las regularizaciones de inmigrantes, es mejor que, si se hacen, estas cosas se lleven con discreción. Si se admite públicamente que el arma nuclear es lo que hace falta para dejar de ser un paria y convertirse en un miembro de la alta sociedad global, ¿cómo esperar que otros no traten de cruzar la misma frontera? ¿Cómo esperar que Irán renuncie a los «papeles» que llevarían a los ayatolás a sentarse con Trump en lugar de morir bajo sus bombas?

Apuñalando a un cadáver

Caliente como está este mes de agosto —y no me refiero a la meteorología— no quisiera dramatizar demasiado sobre un asunto tan lejano. Tengo la impresión de que el TNP es ya un papel mojado. Trump, en este caso concreto, no hace apenas daño a la humanidad porque está apuñalando a un cadáver. Pero entonces, ¿por qué lo hace?

Para quienes no nos creemos que el alocado presidente de los EE.UU. esté jugando al ajedrez en cuatro dimensiones —mientras los demás seres humanos, en nuestra pequeñez, no conseguimos entender nada porque nos limitamos a las tres que podemos ver— la explicación parece bastante sencilla. Por una vez, tanto la navaja de Ockham como las palabras del locuaz presidente apuntan en la misma dirección.

Más que un intento de atraer a su causa al «Sol Brillante» —que se fía más de Putin y de Xi Jinping porque, entre otras muchas razones, ellos son líderes vitalicios mientras Trump tiene fecha de caducidad— probablemente se trata de hacerle pagar a Corea del Sur su «deslealtad» en la guerra de Irán… aunque eso suponga tirar piedras contra el propio tejado. Es exactamente la misma razón por la que, cuando al magnate le da por ahí, amenaza con retirar de Europa militares que, como los destinados en Rota y Morón, están en este lado del océano para servir a los intereses de los EE.UU.

Trump y China

Vamos ahora al tablero geoestratégico. ¿Tiene sentido el viraje político de los EE.UU. en la península de Corea? Los partidarios más entusiastas del republicano suelen asegurar que, detrás de lo que Trump hace en Oriente Medio, amaga en Groenlandia o deshace en Europa, está el desafío sistémico de China. Si tienen razón, hay un plan detrás de lo que a otros nos parece idea feliz en el mejor de los casos… o, en el peor, mero capricho, rabieta infantil o desmedido afán de protagonismo.

¿Quién tiene razón? ¿De verdad encaja el desplante a su antiguo aliado asiático en un hipotético plan a largo plazo de Donald Trump? En la estrategia militar de los EE.UU., Corea del Sur ha sido presentada como el ancla que da solidez a la llamada «primera cadena de islas», la alianza tradicionalmente buscada por Washington para defender el océano Pacífico de la expansión de China. ¿Cree Trump que ha llegado el momento de dejar que esa ancla garree con los vientos que vienen del Golfo? ¿O se trata, simplemente, de un ejemplo más de la interferencia entre la revancha personal y la conveniencia política que con tanta frecuencia intuimos en las decisiones del magnate?

El lector tendrá su propia opinión. Pero la mía, a estas alturas, está muy condicionada por lo que ocurre en Ucrania, donde la estrategia de los EE.UU. sigue estando impregnada de hostilidad hacia Zelenski, a pesar de que es el único líder europeo que de verdad ha apoyado a Trump en la guerra de Irán. Es difícil no ver en las decisiones del republicano una animadversión hacia el presidente ucraniano, resultado de aquella conversación telefónica sobre Hunter Biden que terminó en el primero de los procesos fallidos de destitución a que el magnate tuvo que hacer frente durante su anterior mandato.

Desde esa perspectiva, que se va acumulando a lo que hemos podido presenciar en otros escenarios —excluyo el de Gaza, donde creo que Trump ha sabido encontrar esa difícil línea que puede separar el éxito del fracaso en un conflicto particularmente envenenado— no puedo evitar la impresión de que, sobre ese tablero de la geoestrategia que los trumpérrimos aseguran que su ídolo ve en cuatro dimensiones, el narcisista emperador de Washington va, a pesar de sus ínfulas, tan desnudo como el de la fábula. Será, sin embargo, la historia —«émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir»— la que, quizá antes de lo que cabría esperar, dé la razón a quien la tiene.

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