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Padre Martin, párroco de la iglesia eslovena de Nueva York.

Entrevista con el padre Martin, párroco de la iglesia de Nueva York

«La gente entraba en la iglesia, se arrodillaba, rezaba y permanecía allí en silencio»

El padre Martín recuerda aquellos momentos y reflexiona sobre la fe, la fragilidad de la vida, el sufrimiento, la solidaridad y la necesidad de permanecer junto a quienes sufren

Justo 25 años después, el recuerdo del 11-S sigue intacto para quienes lo vivieron en las calles de Nueva York. El padre Martin, párroco de la iglesia eslovena de Nueva York, estaba aquella mañana en Chinatown, a pocas manzanas de las Torres Gemelas cuando ocurrió el atentado de Al Qaeda, que durante años se ha conocido como Zona Cero.

A juicio del padre Martin, el 11-S reveló la vulnerabilidad de Estados Unidos, pero también despertó una conciencia más profunda de que toda la humanidad forma parte de una misma familia. En esta entrevista con El Debate, recuerda aquellos momentos y reflexiona sobre la fe, la fragilidad de la vida, el sufrimiento, la solidaridad y la necesidad de permanecer junto a quienes sufren.

—¿Qué recuerda de aquella mañana del 11 de septiembre de 2001?

—Era martes y, como todos los martes y viernes, tenía que retirar el coche de la calle porque la limpiaban. Aproveché para ir a Chinatown a comprar fruta y otras cosas. Estaba pagando cuando escuché un estruendo muy fuerte. Todos nos quedamos mirando, sin saber qué había ocurrido. Un hombre comenzó a decir que había sido un avión. Poco después empezaron a sonar las sirenas.

La policía había detenido el tráfico para mantener despejado el paso de los bomberos y de los equipos que llegaban para ayudar. Todavía no sabíamos realmente qué estaba sucediendo. Entonces vimos que una de las Torres Gemelas estaba ardiendo. Luego vino la una segunda explosión.

—¿Cuándo comprendió realmente lo que estaba sucediendo?

—Cuando llegué a casa, encendí la televisión. Las imágenes mostraban cómo un avión se había estrellado contra una de las torres. Entonces comprendí que el segundo estruendo que yo había escuchado era el segundo avión entrando en la otra torre. No podía creer lo que estaba viendo. El World Trade Center era una construcción tan enorme y poderosa que resultaba difícil comprender cómo dos aviones podían provocar aquello. Después vimos cómo una de las torres comenzó a desplomarse verticalmente ante los ojos de todo el mundo. Para mí fue como si alguien hubiera retirado la alfombra de debajo de mis pies. Después vino aquella enorme nube de polvo y, finalmente, el silencio.

Se cerraron los puentes y los túneles de Manhattan. Solo se permitía salir de la isla

—¿Cómo recuerda las horas posteriores?

—Fue una situación completamente irreal. Se decía que había más aviones en el aire y que podían producirse nuevos ataques. Se cerraron los puentes y los túneles de Manhattan. Solo se permitía salir de la isla. Había rumores de camiones con explosivos y de nuevos atentados. Nadie sabía exactamente qué estaba ocurriendo. También llegaban noticias de Washington. Todo era confuso y aterrador. El tráfico se detuvo, comenzaron a cerrar las tiendas y, prácticamente, la vida se paró. Permanecí en la iglesia durante buena parte del día. Por la tarde fui hacia Astor Place y miré en dirección al World Trade Center. Ya no había torres. Solo se veía una enorme columna de humo.

—¿Qué hizo después?

—Fui a la iglesia. Me puse a rezar y dejé las puertas abiertas. Algunos vecinos comenzaron a entrar. Se arrodillaban, rezaban y permanecían allí en silencio. Era muy difícil comprender que algo así hubiera sucedido. Fue un momento de la historia de la humanidad que, de alguna manera, sacudió al mundo entero.

—¿Cómo cambió la vida de los neoyorquinos después del 11-S?

—Completamente. Comenzaron los controles de seguridad. Ya no podías entrar en determinados lugares sin que revisaran lo que llevabas. Había controles en los edificios federales y apareció por todas partes el miedo a que los atentados pudieran repetirse. Incluso las cosas cotidianas cambiaron. Uno podía pensar que quizá no era buena idea ir a estación Grand Central durante la hora punta, cuando hay miles de personas, porque podía convertirse en un objetivo. Ese miedo puede llegar a paralizar a las personas. Pero creo que, al mismo tiempo, acercó mucho a los neoyorquinos.

—¿Qué imagen representa mejor para usted aquella solidaridad?

—Recuerdo a los bomberos que regresaban de sus turnos, completamente agotados y cubiertos de polvo. La gente esperaba para recibirlos y mostrarles su agradecimiento. La gratitud que veías en sus ojos era, en aquel momento, prácticamente el único pago que podían recibir. A veces alguien decía que necesitaban pilas. Nadie preguntaba quién iba a pagarlas. La gente simplemente iba, compraba las pilas y las llevaba. Eso unió muchísimo a Nueva York.

—¿Recuerda las fotografías de los desaparecidos?

—Sí. Es una de las imágenes que más se me han quedado grabadas. En las vallas de Washington Square y en otros lugares comenzaron a aparecer fotografías de las personas que habían muerto o que todavía estaban desaparecidas. La gente dejaba también dibujos, cartas, canciones, incluso belenes y otros objetos. Era especialmente doloroso ver a personas caminando por la ciudad con fotografías de sus familiares, preguntando si alguien los había visto, si alguien podía reconocerlos y decirles: «Sí, lo vi allí». Había muy pocas posibilidades de que muchos de ellos hubieran sobrevivido. Fue una tragedia para todos.

—¿Qué se puede decir a una persona que acaba de perder a un ser querido en una tragedia semejante?

—Las palabras tienen su fuerza, pero en tragedias tan terribles muchas veces lo importante es simplemente estar con las personas que han perdido a los suyos, con quienes sufren. Acompañarlos y sentir compasión con ellos, sin necesidad de muchas palabras. Porque las palabras pueden estropear muchas cosas.

El 11-S fue el primer gran signo de que también Estados Unidos era vulnerable

—¿Qué cree que reveló el 11-S sobre Estados Unidos?

—Hasta entonces muchos estadounidenses se sentían muy seguros. Estados Unidos estaba lejos de otros lugares y existía la sensación de que ninguna guerra o conflicto podía llegar hasta allí. El 11-S fue el primer gran signo de que también Estados Unidos era vulnerable.

—¿Cambió también la manera de entender la relación entre los pueblos?

—Creo que sí. Llegamos a comprender que todos formamos parte de un mismo pueblo, de un mismo planeta, de una gran familia. Toda la humanidad se redujo, por así decirlo, a una sola familia. Y creo que esa es una de las cosas más profundas que todavía permanecen entre nosotros después de aquel acontecimiento.

—¿Qué papel tuvo la fe ante una tragedia que parecía imposible de comprender?

—Después de una tragedia como aquella, muchas personas comenzaron a hacerse preguntas sobre Dios: ¿Dónde estaba Dios? ¿Cómo reaccionó Dios ante algo así? ¿Qué papel tiene la oración en nuestra vida? Todo depende de la fe de cada persona. Para algunos, una tragedia puede hacer que su fe se profundice, porque toman conciencia de lo frágil que es la vida humana. La vida es muy imprevisible. Para mí, la mejor seguridad que podemos tener es la fe en Dios.

—¿Cómo explica usted la voluntad de Dios ante el sufrimiento?

—Dios creó al ser humano no para castigarlo ni para disciplinarlo, sino para que fuera feliz en este mundo. Todo lo que Dios hace por las personas tiene esa perspectiva: que puedan alcanzar la felicidad. Muchas veces es difícil comprender cómo está planteada nuestra vida y por qué suceden determinadas cosas. Pero Dios nos da unas instrucciones para vivir.

los Diez Mandamientos son, de alguna manera, las instrucciones para utilizar bien nuestra vida

—¿Se refiere a los Diez Mandamientos?

—Sí. Cuando compramos un televisor o una cafetera, recibimos unas instrucciones que nos explican cómo utilizarlos. Para el ser humano, llamado a vivir en este mundo, los Diez Mandamientos son, de alguna manera, las instrucciones para utilizar bien nuestra vida. Si seguimos esas instrucciones, independientemente de lo que ocurra en nuestra vida, podemos tener la certeza de que Dios está siempre a nuestro lado.

—Después de 25 años, ¿cuál cree que es la principal enseñanza que permanece del 11-S?

—Creo que nos hizo comprender profundamente que estamos todos relacionados unos con otros. Que todos formamos parte de una misma familia humana. Nació una conciencia muy importante: que, ocurra lo que ocurra en la vida, ninguna cosa puede ser tan importante como para impedir que podamos hablar unos con otros y perdonarnos.

—¿Es el perdón, entonces, una de las grandes lecciones que extrae de aquel día?

—Sí. Siempre tiene que existir la posibilidad del diálogo y del perdón. Nada debería ser tan terrible como para cerrar completamente esa puerta. Porque seguimos siendo seres humanos y pertenecemos a una misma familia.