Hungría tras la era Orbán: entre los riesgos de una purga y la urgente recuperación económica
Los polos del desafío húngaro se sitúan entre la tentación de caer en una lucha de corte ideológico y exclusiones, y la exigencia de un pragmatismo técnico que retome el crecimiento y el bienestar social extraviado
Peter Magyar, primer ministro de Hungría
Budapest despertó el pasado lunes 13 de abril bajo un escenario político radicalmente transformado. Tras 16 años ininterrumpidos de hegemonía del partido Fidesz y del liderazgo indiscutible de Viktor Orbán, una heterogénea coalición opositora, Tisza, asumió el timón del país. El cambio de rasante electoral no solo marca el fin de una era caracterizada por la estabilidad institucional y un firme modelo de soberanía nacional, sino que inaugura un periodo de intensa reestructuración, no exento de incertidumbres sobre la gobernabilidad a corto y medio plazo.
La alternancia en el poder encuentra sus explicaciones en una confluencia de factores de desgaste interno y problemas macroeconómicas. Durante casi dos décadas, el modelo conservador de Orbán consolidó un notable apoyo popular sustentado en políticas de fortalecimiento de las familias, contención de la inmigración irregular, crecimiento de la clase media y elevados niveles de empleo. Sin embargo, la persistente espiral inflacionaria global, sumada al prolongado bloqueo de los fondos de recuperación comunitarios por parte de la Comisión Europea —situación denunciada como una palanca de presión ideológica desde Bruselas—, terminó por erosionar la confianza económica del electorado y revitalizar a las fuerzas de oposición.
Para el nuevo Ejecutivo, encabezado por Peter Magyar, una figura que busca proyectar un perfil técnico y pragmático, dotado de una gran capacidad comunicacional, y quien sirvió en la era de Fidesz, como Director de la Agencia de Desarrollo Estudiantil, el mandato popular representa una oportunidad histórica de lo que definen como el período de « apertura democrática».
Las prioridades gubernamentales se centran, según sus propias palabras, en el restablecimiento inmediato del Estado de derecho, la desarticulación de las estructuras de poder que concentró la anterior administración y la revitalización de la pluralidad informativa. Desde la perspectiva del nuevo oficialismo, la aceleración de reformas institucionales y la apertura de un proceso constituyente resultan imprescindibles para devolver el equilibrio de poderes, garantizar la transparencia y adecuar la legislación húngara a los estándares comunitarios. El asunto es que ese camino ha sido hasta ahora enunciado de manera muy vaga e imprecisa, lo que abre temores y riesgos difíciles de calcular.
Y peor aún, al alero de este «proceso de transición», como le llama la nueva administración al periodo que se vive en la política húngara, ha habido señales preocupantes. Tal vez, la más grave fue la manera en que se forzó, a través de una reforma constitucional, la salida, el pasado 26 de agosto, del Presidente de la República que se encontraba en ejercicio, Tamas Sulyok, por uno nuevo –Andras Baka– obviamente un político afín al gobierno entrante.
Lo anterior, sin considerar los cambios introducidos en la composición del Tribunal Constitucional, las funciones de la Fiscalía General, las leyes que regulan las reelecciones de diputados y los recortes presupuestarios a todo cuanto tenga alguna relación con Fidesz y su líder Viktor Orbán. Por ese motivo, muchos en la Hungría de hoy, hablan del riesgo de una verdadera purga.
No obstante, esta ambiciosa agenda choca frontalmente con la compleja aritmética del Parlamento húngaro. La nueva coalición de gobierno es un mosaico ideológico muy diverso que abarca desde la izquierda socialdemócrata e identidades progresistas hasta sectores derechistas desencantados con el orbanismo. Esta diversidad, si bien fue la clave del éxito electoral, amenaza ahora con ralentizar la toma de decisiones estratégicas.
Diversos analistas advierten de que la prontitud por impulsar medidas sociales de corte woke, unida a la revisión de la Ley Fundamental de 2011 y de los planes educativos familiares, podría agudizar la polarización interna y restar cohesión a una alianza que en su interior tendrá que negociar cada votación que busque impulsar.
Sin embargo, el principal nudo del nuevo gobierno está en comprender, que más allá de impulsar agendas de reformas políticas y culturales, la principal demanda de la población es de carácter económica. De hecho, según muchos analistas ese fue el factor decisivo por el que Maygar llegó al poder y , en ese plano, se le pedirán resultados rápidos y medibles.
El giro en la política exterior constituye otro de los grandes ejes del debate nacional. La alineación casi instantánea de la nueva administración con los postulados de Bruselas ha permitido el desbloqueo de importantes recursos financieros, una ayuda importante para las arcas públicas. Los partidarios del cambio, ven en estos acercamientos la restitución de Hungría en el corazón del proyecto europeo, tras años de aislamiento y contenciosos legales. Por el contrario, los sectores conservadores observan esta convergencia con recelo, interpretándola como una cesión incondicional de soberanía nacional y subordinación a la agenda de organismos supranacionales a cambio de pragmatismo económico.
Por su parte, Fidesz, el partido de Orbán, asume el rol de principal fuerza de oposición con una presencia parlamentaria de 52 diputados y una masa social todavía articulada. Lejos de replegarse, la formación conservadora reorganiza su narrativa y busca promover liderazgos nuevos que de a poco vayan renovando la oferta. Ahora bien, él continua presentándose como el único capaz de mantener unida a su colectividad y posibilitar un proyecto soberanista, de seguridad jurídica, que promueve la cohesión familiar y la identidad cultural frente a las influencias externas.
La labor fiscalizadora de Fidesz promete ser implacable, recordando constantemente al electorado los logros en materia de empleo, fomento demográfico y soberanía alcanzados en la última década. Este papel opositor deberá compartirlo con un partido que se sitúa a la derecha de ellos, el Movimiento Nuestra Patria ( MHN ) que conduce Laszlo Toroczkai y que obtuvo seis escaños en el parlamento, y con quienes hasta ahora las relaciones fluyen con armonía.
En definitiva, la Hungría post-Orbán se adentra en un experimento político. El éxito de la nueva etapa dependerá de la capacidad del Ejecutivo para armonizar las exigencias normativas europeas y las aspiraciones democráticas con la preservación del bienestar económico y la estabilidad social que reclama una sociedad dividida.
Los polos del desafío húngaro se sitúan entre la tentación de caer en una lucha de corte ideológico que lleve a purgas y exclusiones y la exigencia de un pragmatismo técnico que retome el crecimiento y el bienestar social extraviado. El país afronta entonces la prueba decisiva de demostrar si la fragmentación política existente puede transformarse en un diálogo fructífero o si conducirá inexorablemente a la parálisis institucional.