Trump opaca la Asamblea General de la ONU con la visita de Estado de Xi Jinping a Washington
El presidente de Estados Unidos, que ha despreciado sistemáticamente Naciones Unidas, tiende la alfombra roja al presidente de la República Popular China que evita asistir a la cita multilateral de Nueva York
El presidente de EE.UU. Donald Trump y el presidente de China Xi Jinping
El cambio o golpe de timón del presidente de Estados Unidos con Xi Jinping responde al fracaso de la estrategia arancelaria frente al monopolio chino de tierras raras, que ha forzado a Washington a sustituir la confrontación comercial por la hospitalidad diplomática. Trump ha debilitado las alianzas occidentales que antes servían para presionar a Pekín de forma coordinada. En cambio, la competencia real entre ambas potencias —en inteligencia artificial, minerales críticos y la influencia en Iberoamérica— sigue intensificándose lejos de los focos de la cena de gala.
Cuando el presidente de Estados Unidos Donald Trump irrumpió por primera vez en la escena política en junio de 2015, anunciando su candidatura a la Casa Blanca, China era su enemigo favorito. La acusaba de haber vaciado las fábricas estadounidenses y de haber destruido a la clase media. Ese discurso fue, en buena medida, el combustible que lo llevó a la Casa Blanca, junto con la amenaza de que México iba a pagar el muro de la frontera.
Él mismo se mostró sorprendido después del éxito que tuvo entre la que empezó entonces a convertirse en su base electoral: estadounidenses blancos de la América rural, que se sentían abandonados por Washington, a los que la globalización había robado su sueño americano.
Diez años después, tras ganar las elecciones en noviembre de 2016 a la exsecretaria de Estado con Obama, Hillary Clinton, el tono parece ser distinto. Este jueves, Trump saca la alfombra roja de la Casa Blanca para Xi Jinping en una cena de Estado en Washington. Lo describe como un «gran caballero» con quien mantiene una relación excelente. El giro retórico sigue la estrategia de Washington de la que ya empezó a hablar Barack Obama en 2011: pivot to Asia, la cual se vio interrumpida una y otra vez, primero, por imposibilidad de poner fin a la guerra en Afganistán, después por la anexión unilateral de Putin de Crimea y la posterior invasión de Ucrania.
La atención se centrará en Washington y no en Nueva York donde se reunirán los líderes de la comunidad internacional
La atención se centrará este jueves en Washington, y no en Nueva York donde se reunirán los líderes de la comunidad internacional para abrir el debate general de la Asamblea de la ONU. Por tradición, Brasil empezará la sesión el martes con el izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva, y después seguirá Trump, presidente de Estados Unidos, país anfitrión. El lunes Trump se verá con el alcalde izquierdista musulmán de Nueva York Zohran Mamdani.
¿Por qué ha cambiado Trump su postura?
El intento inicial de doblegar a Pekín mediante aranceles elevadísimos y restricciones a la exportación no ha dado los resultados esperados. China, que controla buena parte del mercado mundial de tierras raras —minerales esenciales para la industria electrónica—, ha utilizado ese monopolio como palanca para forzar una tregua comercial en condiciones favorables. En el pulso por el poder de negociación entre ambos líderes, Xi ha ganado, de momento.
Pese a los aranceles vigentes, el sector manufacturero chino no se ha resentido: Pekín ha encontrado nuevos mercados y desplazado a competidores industrializados, hasta el punto de cerrar el año pasado con un superávit comercial global, impulsado en parte por sus vehículos eléctricos de bajo coste, que están perjudicando a los fabricantes de Alemania, Japón y Corea del Sur.
Washington reconoce, además, que buena parte de las exportaciones chinas se desvían a través de terceros países —Vietnam es el ejemplo más citado— para esquivar los gravámenes.
De la confrontación a la hospitalidad
Incapaz de torcerle el brazo a Pekín por la vía comercial, Trump ha optado por la del protocolo. Viajó a Pekín en mayo, donde fue agasajado con una cena de gala en el Gran Salón del Pueblo, y desde entonces ambos líderes podrían volver a verse hasta dos veces más este año en cumbres internacionales. Para la visita de esta semana, la Casa Blanca ha instalado un helipuerto en el jardín sur, y el propio Trump ha lamentado públicamente que el salón de baile que está construyendo en la residencia presidencial no esté listo a tiempo para recibir a Xi.
El presidente de Estados Unidos ha debilitado buena parte del entramado de alianzas económicas y de seguridad que históricamente permitía a Washington presionar a Pekín de forma coordinada. Ha criticado al presidente francés Emmanuel Macron y ha mantenido una relación distante con los países de la OTAN tras el tibio apoyo a Estados Unidos en la guerra con Irán. Además, ha abierto un contencioso comercial con Canadá, al que se ha referido como candidato a convertirse en el «estado número 51», forma de referirse tradicionalmente a Puerto Rico.
Inteligencia artificial: el nuevo campo de batalla
La inteligencia artificial es un gran frente de rivalidad, que se une al comercio tradicional y los vehículos eléctricos. China sigue expandiendo sus capacidades militares y de inteligencia artificial pese a las restricciones estadounidenses sobre semiconductores avanzados. Washington busca compensar su dependencia de tierras raras chinas mediante nuevas alianzas de suministro.
Trump, por su parte, ha apostado sin reservas por acelerar el desarrollo de la inteligencia artificial en territorio estadounidense, incluso frente a la resistencia ciudadana a la construcción de centros de datos y a las recientes advertencias de seguridad lanzadas por las propias empresas del sector. Trump ha dejado claro que cualquiera que intente frenar ese desarrollo estaría, indirectamente, beneficiando a China, a la que considera el motor de «el mayor desarrollo económico de la historia».
El tablero iberoamericano
La competencia real entre ambas potencias sigue librándose, sin gestos protocolarios, en escenarios como Iberoamérica. Ahí Pekín y Washington disputan el control de las cadenas de suministro de minerales críticos, especialmente el litio del llamado triángulo que comparten Argentina, Bolivia y Chile, y el cobre chileno y peruano, donde Estados Unidos ha empezado a ofrecer garantías de precios y acuerdos de suministro para contrarrestar el dominio de China en el refinado.
Pekín, por su parte, ha pasado de los grandes préstamos estatales asociados a la Nueva Ruta de la Seda a inversiones más selectivas en redes 5G, energías limpias y cadenas de suministro de vehículos eléctricos. El megapuerto de Chancay en Perú, respaldado por la naviera estatal de China COSCO, y las inversiones de Pekín cerca del Canal de Panamá, simbolizan esta nueva fase de implantación económica, y han disparado las alarmas de seguridad nacional en Washington.
La dimensión geopolítica es aún más delicada en Venezuela y Cuba. Caracas ha sido el principal comprador latinoamericano de armamento chino, y China ha construido allí estaciones terrestres de seguimiento satelital —como las de El Sombrero y Luepa— que generan inquietud por su potencial uso dual, civil y militar. A ello se suman dos décadas de préstamos chinos respaldados por petróleo venezolano, aunque las sanciones estadounidenses han obligado recientemente a Pekín a gestionar sus envíos energéticos con mayor cautela.
Washington, bajo la Administración Trump y con respaldo de sectores del Congreso, ha intensificado su respuesta: cooperación antinarcóticos, alianzas de seguridad e iniciativas para frenar la huella china en el hemisferio, en lo que constituye una competencia mucho más dura —y menos cordial— que la que se escenifica esta semana en la mesa de la Casa Blanca.
¿Y si no hay nada que firmar?
Las visitas de Estado suelen venir acompañadas de acuerdos concretos. En cambio, es posible que lo único destacable sea la relación personal en sí misma entre Trump y Xi. El contraste es elocuente: mientras Trump cultiva en público una relación casi cordial con Xi, la rivalidad estructural entre ambas potencias no ha desaparecido, sino que se ha desplazado a terrenos menos visibles —los minerales críticos, los puertos estratégicos, la inteligencia artificial y la influencia en Ibeeoamérica—.
La pregunta que queda en el aire, y que probablemente defina buena parte del debate en los próximos meses, es si esa cordialidad bilateral es una estrategia deliberada de distensión o es una distracción que Estados Unidos no puede permitirse en un momento de competencia global tan intensa.