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California y la locura fiscal

La Proposición 40 promete recaudar 100.000 millones de dólares exprimiendo a los mil millonarios. El problema es que los mil millonarios tienen una desagradable costumbre: reaccionan

El gobernador demócrata de California, Gavin Newsom

El gobernador demócrata de California, Gavin NewsomEFE

En estas elecciones de midterm, que pueden acabar devolviendo la Cámara de Representantes —y quizá también el Senado— a los demócratas, tendemos a olvidar que los estadounidenses no votan únicamente candidatos. En numerosos estados votan también iniciativas legislativas que, tras conseguir suficientes firmas, son sometidas directamente a referéndum.

Y pocas ilustran mejor las diferencias entre las dos Américas que la Proposición 40 de California. La iniciativa, promovida principalmente por el sindicato sanitario United Healthcare Workers West, pretende imponer un gravamen extraordinario del 5 % sobre el patrimonio de los residentes de California con una fortuna superior a los 1.000 millones de dólares.

El impuesto se cobraría «una sola vez» —ya volveremos sobre eso— y afectaría a quienes fueran residentes del estado el 1 de enero de 2026, retroactivamente. El 90 % de la recaudación se destinaría a sanidad pública y el resto a educación, asistencia alimentaria y administración.

Políticamente, la propuesta es casi perfecta: unos doscientos señores obscenamente ricos pagan la fiesta y casi cuarenta millones de californianos reciben mejores servicios. ¿Quién podría oponerse?

El Excel donde nadie se mueve

La base intelectual de la propuesta procede, entre otros, del economista Emmanuel Saez, catedrático de UC Berkeley y uno de los grandes especialistas mundiales en desigualdad. Saez y sus colaboradores calculan que los mil millonarios californianos acumulan alrededor de 2,3 billones de dólares —trillion americano— de patrimonio. Aplicando el impuesto, estiman que California podría recaudar cerca de 100.000 millones, unos 2.500 dólares por habitante.

El problema es que ese cálculo funciona estupendamente en Excel. En la vida real, las personas reaccionan.

Y aquí aparece Joshua Rauh, profesor de Stanford y uno de los mayores expertos estadounidenses en fiscalidad estatal. Su último estudio llega a una conclusión radicalmente distinta.

Después de incorporar las salidas ya conocidas de contribuyentes, el riesgo de litigios y la respuesta económica al impuesto, Rauh estima que la recaudación real rondaría los 30.000 millones de dólares, menos de un tercio de lo previsto por sus promotores.

Pero lo importante viene después. Esos milmillonarios pagan cada año miles de millones en impuestos sobre la renta a California. Cuando Rauh calcula el valor presente de esa recaudación que puede desaparecer durante los próximos años, el resultado neto de la operación es aproximadamente menos 39.000 millones de dólares. California podría perder dinero intentando recaudarlo.

El inconveniente de que los contribuyentes tengan piernas (y aviones privados)

La teoría ya ha comenzado a comprobarse. Larry Page y Sergey Brin, fundadores de Google; Peter Thiel; Travis Kalanick, fundador de Uber; y otros grandes patrimonios han anunciado o estructurado salidas del estado. Florida, Nevada y Texas están encantados de recibirlos. Elon Musk ya había iniciado el camino años antes trasladando Tesla a Texas. Larry Ellison también redujo sus vínculos con California.

La Proposición 40 no ha creado el problema. Simplemente ha colocado una turbina detrás de una tendencia que ya existía. Y que, por cierto conlleva un riesgo esencial: el 2 % de los contribuyentes con mayores ingresos paga aproximadamente la mitad de todo el impuesto estatal sobre la renta.

No hace falta ser Arthur Laffer para descubrir que construir medio Estado del bienestar sobre una base fiscal diminuta y extremadamente móvil, y después dedicarte a perseguirla, puede no ser una idea brillante. Hasta Gavin Newsom lo ha entendido. El gobernador demócrata, difícilmente sospechoso de anarco-capitalismo, se opone a la Proposición 40. Cuando Gavin Newsom se convierte en la voz de la prudencia fiscal, hay que empezar a pensar en salir corriendo.

Patrimonio no significa dinero en el banco

Además, la propuesta tiene un error conceptual. Un mil millonario tecnológico no suele tener 20.000 millones de dólares en una cuenta corriente. Su fortuna consiste fundamentalmente en acciones de la empresa que fundó. Ese patrimonio puede aumentar en 10.000 millones en un año sin que su propietario haya recibido un solo dólar.

Es riqueza, sí. Pero no necesariamente liquidez. Gravar un 5 % de ese valor puede obligarle a vender acciones, endeudarse o desprenderse de parte de su empresa para pagar al fisco. Y cuando la participación del fundador determina el control de la compañía, el problema deja de ser meramente fiscal.

La cuestión no es si los ricos «pueden pagar más». Evidentemente pueden. La cuestión es qué ocurre cuando modificamos radicalmente sus incentivos.

Feldstein ya explicó la película

Nada de esto es nuevo. Martin Feldstein, durante años catedrático de Harvard, estudió en los noventa cómo reaccionaban los contribuyentes ante cambios en los tipos marginales. Su conclusión fue que ante mayores impuestos, los ciudadanos cambian sus inversiones, su remuneración, la realización de plusvalías, sus deducciones y, cuando pueden, su residencia.

Ese es el problema de buena parte de la política fiscal confiscatoria: tratar al contribuyente como una vaca atada a un poste. Subes el impuesto. La vaca sigue allí. La ordeñas de nuevo. Pero el contribuyente no es una vaca. Tiene piernas. Y en Estados Unidos tiene además cincuenta estados entre los que elegir.

El experimento español

Ni siquiera necesitamos recurrir a California para comprobarlo. España lleva años realizando involuntariamente el mismo experimento.

Tras la recuperación del Impuesto sobre el Patrimonio, Madrid mantuvo durante años una bonificación efectiva del 100 %, mientras otras comunidades lo cobraban. Tres economistas estudiaron qué ocurrió. El resultado, publicado recientemente en el American Economic Journal, confirmó que los grandes patrimonios reaccionaban a las diferencias fiscales trasladando su residencia. Pero la conclusión más interesante fue que las pérdidas de IRPF provocadas por esa movilidad resultaban ser seis veces superiores a la pérdida directa de recaudación del propio Impuesto sobre el Patrimonio.

Exactamente el fenómeno que Rauh teme ahora para California.

«Una sola vez»

Y luego está mi expresión favorita de toda la propuesta: impuesto de «una sola vez». California ya conoce estas películas. En 2012 aprobó mediante referéndum una subida temporal de impuestos sobre las rentas altas. En 2016, aquella subida temporal fue prorrogada. Ahora vuelve a discutirse su permanencia. En Sacramento, aparentemente, «temporal» no es una medida de tiempo. Es una técnica comercial.

Por eso los mil millonarios no se preguntan solamente cuánto les costará el 5 % de hoy. Se preguntan qué ocurrirá cuando, dentro de cinco años, Sacramento descubra que todavía quedan algunas vaquillas adicionales a las que exprimir.

Matar la gallina de los huevos de oro

Pero el mayor error de la Proposición 40 no es fiscal. Es económico. Silicon Valley no se convirtió en uno de los lugares más ricos de la historia porque el gobierno de California supiera escoger ganadores. Lo hizo porque durante décadas concentró talento, capital, universidades, científicos, empresarios, inversores y una cultura extraordinariamente tolerante con el fracaso.

Los Page, Brin, Zuckerberg, Musk o Thiel no encontraron una montaña de riqueza y se la repartieron. Construyeron empresas que crearon cientos de miles de puestos de trabajo, billones de dólares de valor y tecnologías utilizadas por medio planeta.

Se hicieron obscenamente ricos durante el proceso.

Bendito problema

El peligro de la Proposición 40 no es que Larry Page tenga que comprarse un yate más pequeño. El peligro es enviarle al próximo Larry Page, que hoy tiene 23 años y está montando una empresa en un garaje, un mensaje nítido: cuando lo logres, California considerará que una parte de lo que hayas creado le pertenece. No hace falta recurrir a Ayn Rand para comprender lo que sucede después. Basta con mirar los billetes de avión a Miami, Austin o Las Vegas.

El capital no tiene patria. Tiene domicilio fiscal. Y ese es el error final de toda fiscalidad confiscatoria: confundir riqueza con algo que existe independientemente de quienes la crean.

Se puede repartir riqueza durante un tiempo. Se puede incluso confiscar una parte. Se puede incluso ganar unas elecciones prometiendo que la factura la pagarán únicamente doscientos señores a los que nadie conoce. El equivalente de los famosos «Ricos» de Sánchez. Pero hay algo que ningún parlamento, referéndum ni agencia tributaria puede decretar: que la riqueza vuelva a crearse mañana en el mismo lugar.

California debería tener cuidado. El problema no será que un día se quede sin milmillonarios. Será mucho peor: que se quede sin los que todavía no lo son.

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