Iberoamérica, un concepto con fundamento
«Latinoamérica» alude a una afinidad lingüística genérica, de contornos difusos y variables. «Iberoamérica» nombra un vínculo concreto, verificable en el derecho, en las instituciones, en las lenguas y en la historia
Ilustración sobre las raíces de Iberoamérica
Los días 4 y 5 de noviembre se celebra en Madrid la XXX Cumbre Iberoamericana de jefes de Estado y de Gobierno, treinta y cinco años después de la primera, reunida en Guadalajara (México) en 1991. Su lema, Iberoamérica. Juntos construimos nuestra Comunidad, invita a reflexionar sobre una cuestión que trasciende la reunión de veintidós Estados: qué entendemos por Iberoamérica, cuál es el fundamento de ese concepto y qué realidad histórica, cultural y jurídica representa. Iberoamérica no es una simple expresión geográfica ni una denominación convencional para identificar determinadas naciones americanas.
Es, ante todo, el resultado de un largo proceso histórico que vinculó a los pueblos de la península ibérica con buena parte del continente americano y dio origen a una comunidad de lenguas, instituciones, tradiciones jurídicas y manifestaciones culturales que, pese a la independencia política de sus integrantes, conserva elementos esenciales de identidad compartida.
La primera razón es histórica. España y Portugal proceden de una matriz común, la Hispania romana, que comprendía toda la península, incluida la Lusitania. De ahí que algunos autores distingan un sentido estricto de Hispanoamérica, referido a la herencia española, y otro más amplio, equivalente a Iberoamérica, que comprende también la América portuguesa. Este segundo uso no es una extravagancia erudita: durante siglos «Espanha» designó en las letras portuguesas la península entera, y Camões pudo llamar a sus compatriotas «gente fortíssima de Espanha» sin contradicción alguna.
Todavía hoy la Hispanic Society of América, fundada en Nueva York en 1904, dedica sus colecciones a España, Portugal y la América ibérica. Sin embargo, el uso común ha reducido lo hispánico a lo español, y un portugués o un brasileño difícilmente se reconocerían hoy en el término. Por eso, cuando se incluye a Brasil, Iberoamérica resulta apropiado: nombra sin ambigüedad lo que el sentido amplio de Hispanoamérica solo es nombrado por el especialista, y lo hace sin renunciar a la raíz común.
La segunda razón es jurídica e institucional, y es la más sólida. Las Coronas de Castilla y Portugal se repartieron el Nuevo Mundo en Tordesillas (1494) dentro de un mismo marco jurídico y religioso. Entre 1580 y 1640, la América española y el Brasil estuvieron bajo un mismo monarca. Fruto de esa unión fueron las Ordenações Filipinas, promulgadas en 1603 por Felipe III de España, II de Portugal, que rigieron en Brasil en materia civil hasta el Código Civil de 1916, casi un siglo después de su independencia.
Su contenido era portugués, heredero de las Ordenações Manuelinas; pero que un mismo Rey legislara para ambas Coronas sin violentar el derecho de ninguna revela que ambos ordenamientos descansaban sobre un fondo común: el ius commune romano-canónico. A ello se suman instituciones municipales análogas, una religiosidad católica común y dos lenguas tan próximas que su intercomprensión es notable. De hecho, muchos hablan lo que coloquialmente se denomina «portuñol».
La tercera razón es de coherencia. La Comunidad Iberoamericana que se reúne en Madrid la integran veintidós estados: los diecinueve americanos de lengua española o portuguesa, junto con España, Portugal y Andorra. No forman parte de ella Haití ni Quebec ni los territorios franceses de América. El criterio de pertenencia no es una difusa latinidad, sino la herencia ibérica efectiva. Los estados americanos, cuando se agrupan sin la península, aunque con otras lenguas además del español y el portugués, con frecuencia emplean el adjetivo latino: Celac, Aladi o el Parlatino. Pero cuando han tenido que definir institucionalmente una comunidad que incluye a España y Portugal, no la han llamado latina, sino iberoamericana.
Cabe una primera objeción. El propio Brasil ha preferido con frecuencia la noción de América Latina, y su Constitución de 1988 (art. 4, parágrafo único) orienta su política exterior a la integración de los pueblos latinoamericanos. Pero esa opción, de alcance político y regional, no altera la naturaleza histórica de la comunidad iberoamericana. Es el mismo Brasil el que, como miembro fundador de las Cumbres desde 1991, participa sin reservas en un foro que se denomina iberoamericano. Una designación de integración regional y una categoría histórico-cultural no se excluyen; solo la segunda describe el origen común.
Cabe otra: que Iberoamérica, en su sentido institucional, incluye también a España y Portugal. No es una debilidad, sino la expresión más fiel de la realidad: la península no es un elemento exterior a esa comunidad, sino una de sus partes.
Se dirá, por último, que la controversia es nominal. No lo es. «Latinoamérica» alude a una afinidad lingüística genérica, de contornos difusos y variables. «Iberoamérica» nombra un vínculo concreto, verificable en el derecho, en las instituciones, en las lenguas y en la historia. España acogió la Cumbre en Madrid en 1992, en Salamanca en 2005 y en Cádiz en 2012, en el bicentenario de una Constitución que definía la nación española como la reunión de los españoles de ambos hemisferios. Vuelve a acogerla ahora. Sería oportuno que lo hiciera con plena conciencia del nombre que la convoca.
- Tomás Torres Peral es comandante de Caballería. Academia de las Ciencias y Artes Militares