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AnálisisAlfonso Cuenca Miranda
Letrado de las Cortes Generales

Mid-Term en Estados Unidos: «No va más»

El partido republicano se enfrenta al reto de vivir sin Trump, y concretar la parte de su herencia que acepta para el futuro, con Vance y Rubio como principales opciones, representando el segundo una vuelta a los parámetros en que se había movido tradicionalmente el partido republicano

Act. 30 oct. 2026 - 09:01

Imagen de la salida del Capitolio de Estados Unidos

Imagen de la salida del Capitolio de Estados UnidosAFP

El próximo martes 250 millones de estadounidenses están llamados a votar, como llevan haciendo ininterrumpidamente (a pesar de una guerra civil y dos mundiales) desde hace más de dos siglos. Falta muy poco para que el croupier pronuncie las palabras mágicas «no va más», y de nuevo lo que allí se decida tendrá un gran eco y relevantes consecuencias para el resto del mundo. El vórtice que desde hace tiempo todo lo devora en términos informativos será otra vez el Presidente nº 45-47 de la Unión, Donald J. Trump. Pero hay mucho más en juego.

Comencemos en todo caso por el protagonismo mediático. Es la segunda vez en toda la historia norteamericana en el que un presidente reelegido de forma no consecutiva se enfrenta a sus «últimas» elecciones de medio mandato. En el supuesto anterior, en 1894, dichas elecciones implicaron la pérdida por parte del entonces presidente, Grover Cleveland (1885-1889, 1893-1897), del control que hasta entonces su partido (demócrata) había ejercido sobre ambas Cámaras. Es más, no solo fue una derrota, sino que se produjo el mayor descalabro electoral de un partido gobernante en elecciones de medio mandato (los demócratas perdieron más de 115 escaños en la Cámara, además de perder la mayoría en un Senado, entonces conformado todavía mediante elección por las Asambleas estatales). Así, pues, el único precedente no es muy halagüeño para los intereses del partido del actual presidente.

Pero alejemos un tanto la lente a fin de extraer las conclusiones más certeras de cara al miércoles 4 de noviembre. Lo normal en las elecciones de medio mandato es que el partido del presidente pierda escaños en el Congreso. Ello es particularmente predicable respecto de la Cámara Baja o de Representantes: así, en 25 de las elecciones de medio mandato celebradas desde hace un siglo el partido del presidente ha perdido escaños en 22 de ellas.

Si hablamos de mayorías, teniendo como muestra las mid-term celebradas en los últimos cien años, en las 20 de ellas en las que el partido del Presidente controlaba ex ante al menos una Cámara, en 10 el resultado de los comicios supuso la pérdida de la mayoría en una o ambas.

El porcentaje se dispara si se toma como parámetro los últimos 55 años: de las 10 elecciones en que se partía de dicha situación en 7 se produjo tal pérdida (70%). En los supuestos en los que, como sucede en este momento, el partido del presidente llegaba a las elecciones con la mayoría en ambas Cámaras (seis casos), tomando como referencia el lapso transcurrido desde 1970, solo en una ocasión aquel mantuvo el control de las dos «Casas» (Carter 1978), mientras que en las otras cinco perdió la mayoría en una (Obama 2014, Trump 2018 y Biden 2022), o incluso en las dos (Clinton en 1994 y Bush hijo en 2006).

Todavía es más significativo el hecho de que en los últimos 100 años el supuesto inverso nunca se haya dado, esto es, que el partido del presidente no dominara ninguna de las Cámaras antes de las mid term y que a resultas de las mismas este obtuviese la mayoría en alguna de ellas. Y solo una vez ganó una mayoría adicional respecto a la situación previa a la elección: se trata del caso atípico de las elecciones de 2002, en las que, en la estela de los atentados del 11 de septiembre, Bush hijo no solo retuvo la Cámara Baja, sino que los republicanos se hicieron con la mayoría en el Senado.

Parece que en esta ocasión el partido del presidente perderá «holgadamente» su mayoría actual en la Cámara de Representantes, calculándose que los demócratas obtendrán entre 230 y 240 escaños de los 435 totales. Más ajustada se prevé la batalla por el Senado. Como es conocido, solo se elige un tercio de los senadores totales (en concreto, los de la clase II), esto es, 33, a los que se añaden dos elecciones especiales para cubrir dos escaños vacantes adicionales (los de Vance, por Ohio, y Rubio, por Florida, tras su paso al ejecutivo). Los republicanos tienen más que perder que ganar, pues defienden un número mayor de escaños que sus rivales, 23 frente a 13, respectivamente. El resultado global en el Senado se decidirá en un puñado de Estados clave: Texas, Ohio, Michigan, Minesota, Iowa, Alaska y Maine.

Pero no solo se abrirán las urnas para la Cámara y el Senado. Como es frecuente en el país-continente, el próximo 3 de noviembre se abrirán muchas otras. Así, en primer término, cabe recordar que se eligen nada más y nada menos que 36 gobernadores de Estados de la Unión (más tres en los denominados territorios), en uno de los ciclos de gobernadores más importantes de las últimas décadas: los 36 aparecen divididos por perfectas mitades entre los dos partidos (18-18), y en 15 de las inminentes elecciones no hay incumbent (pues el gobernador actual no puede ser reelegido al haber agotado el número máximo de mandatos o, en su caso, ha renunciado a presentarse). Junto a ello, se renuevan las Cámaras de 46 Estados, dato de enorme importancia en la cuna del federalismo contemporáneo (los republicanos controlan en la actualidad 57 de las 88 cámaras ahora elegidas).

Pero, además de lo indicado, el próximo primer martes después del primer lunes del mes de noviembre se celebrarán 145 referéndums en 40 Estados, concentrándose más de una quinta parte de ellos en California, Colorado y Luisiana. Todos ellos sobre los más variados temas: derecho al aborto, requisitos para votar, educación pública, inversión y gasto público, impuesto a grandes fortunas…

Así, pues, y aunque las cifras de participación efectiva en todos los procesos referidos ronda entre un 40 y un 50 por ciento (hay que tener en cuenta que los norteamericanos son llamados a urnas al menos cada dos años), bien puede afirmarse que la democracia estadounidense sigue caracterizándose por aquello que Tocqueville describiera hace casi dos siglos, con un voto que en buena parte sigue siendo una auténtica «escuela de ciudadanía» (con todos los «peros» que quieran ponerse a esta afirmación en la actualidad).

Y el voto es en gran medida el hormigón de la arquitectura constitucional diseñada en Filadelfia hace 239 años. Ciertamente el edificio ha sufrido, en particular en las últimas décadas, sacudidas importantes (con el infausto asalto al Capitolio como epítome), y acusa una evidente fatiga de materiales, pero las vigas y muros maestros del edificio, así como sus cimientos, siguen siendo sólidos. Y el secreto de ello no es otro sino el célebre engranaje de pesos y contrapesos articulados por los padres fundadores.

En primer término, el hecho de que existan tres, o mejor dicho cuatro, centros de poder que conservan su autonomía y vigor originarios: el p'residente, la Cámara de Representantes, el Senado y el Tribunal Supremo. Respecto a los tres primeros el llamado «gobierno dividido» es el más eficaz límite a una eventual concentración del poder. De hecho, la situación imperante en los dos últimos años, el conocido como trifecta (término trasladado de las apuestas de las carreras de caballos), aquella en que la Casa Blanca y las dos Cámaras aparecen dominadas por un mismo partido, es excepcional en las últimas décadas: así, de los 56 años transcurridos desde 1959 hasta el presente, en 44 de ellos se ha dado la situación de gobierno dividido (cerca del 80% del período), con un presidente que hubo de negociar con al menos una Cámara con mayoría del partido rival.

Por un fenómeno curioso, y también, por qué no decirlo, sano, los norteamericanos no votan al mismo partido en todas las urnas a las que están llamados en cada elección (factores como el perfil personal de los candidatos así como los propiamente locales influyen en ello). La Constitución estadounidense establece lo que se conoce como interdependencia por coordinación, de tal manera que se atribuye a determinados órganos participación en los ámbitos propios de otro, siendo imprescindible la colaboración entre poderes: así, por citar algunos ejemplos, los tratados internacionales son negociados por el ejecutivo pero necesitan la ratificación del Senado (nada menos que por 2/3 del mismo); o, del otro lado, las leyes aprobadas por ambas Cámaras pueden ser vetadas por el Presidente.

Dentro del propio poder legislativo también opera el principio de equilibrio, dado que las leyes deben ser aprobadas en los mismos términos por ambas Cámaras (situadas en posición de igualdad en este punto), respondiendo cada una de ellas a un diferente principio en su composición (popular demográfico la Baja; y estrictamente territorial la Alta). Por otra parte, existen también frenos y contrapesos intraórganos: el más conocido, la necesidad de que en el Senado las leyes se aprueben con mayoría de 60 votos (sobre 100), lo que obliga a un mínimo acuerdo bipartidista.

Como consecuencia de lo indicado, se ha podido señalar que el sistema constitucional estadounidense aboca al compromiso obligado entre partidos y poderes. Y así ha sido durante muchos años, si bien en las últimas décadas, por mor de la creciente polarización política y social, el sistema se ha asomado de cuando en cuando al precipicio, como consecuencia de los bloqueos y vetos recíprocos entre los dos partidos.

Con todo, finalmente, en las cuestiones esenciales dichos compromisos se han mantenido. Si bien a este lado del Atlántico (como por otra parte es comprensible en la sociedad de hoy en día) solo nos llegan los ecos de los enfrentamientos y disputas, lo cierto es que siguen aprobándose medidas con acuerdo de los dos partidos: así, en los últimos cinco años, además de los acuerdos bipartisanos para la aprobación de las autorizaciones y límites de gasto (alcanzados con suspense, eso sí), se han acordado entre sectores significativos de ambos partidos en las dos Cámaras leyes relevantes en materia de infraestructuras, defensa, innovación tecnológica, política exterior, inmigración, lucha contra los opioides y algunas reformas institucionales.

El juego de poderes en Washington se completa con la Corte Suprema, guardiana del sistema. Frente a la habitual acusación de que el Tribunal se ha visto invadido en los últimos años por la dinámica partidista, ha de subrayarse que cerca del 45% de sus sentencias se adoptan por unanimidad y sólo en un 25% podría atisbarse la división ideológica de los magistrados descrita en los medios de comunicación. Además, conviene recordar que en los últimos meses no han sido pocas las ocasiones en que la mayoría del Tribunal ha fallado en contra de lo que podría denominarse «intereses presidenciales» (rompiendo los pronósticos mediáticos iniciales), en materias como la adquisición de la ciudadanía, la imposición de aranceles por el ejecutivo, las facultades de éste respecto a nombramientos y ceses en la Reserva Federal o el sistema electoral.

Y por si los frenos y contrapesos indicados fueran pocos, hay que añadir el formidable límite a toda eventual concentración de poder que suponen los Estados, protagonistas indiscutibles de la vida diaria de los estadounidenses, pues los mismos ostentan las más relevantes competencias al respecto. Estamos ante un país que se toma el federalismo en serio, reactualizando cotidianamente el pacto federativo originario, como demostraría, por otra parte, el hecho de que su Cámara de representación territorial, el Senado, sea la Asamblea más poderosa del mundo.

Así, pues, todo está pendiente de que una vez más la vox populi dicte su veredicto. En el horizonte 2028, fecha que se antoja decisiva para la futura singladura del país y, por ende, del planeta. El partido republicano se enfrenta al reto de vivir sin Trump, y concretar la parte de su herencia que acepta para el futuro, con Vance y Rubio como principales opciones, representando el segundo una vuelta a los parámetros en que se había movido tradicionalmente el partido republicano.

Por parte del partido del burro las incógnitas son semejantes a las de su rival, en un crossroad que le dirigiría o bien a una política que alimente a las bases más identitarias dentro de aquel, o a un retorno a perfiles más «moderados» con el fin de recoser el país (en la primera línea se inscriben caras jóvenes y nuevas de gran impacto mediático; en la segunda, determinados gobernadores de swing States). Como puede verse, la suerte dista de estar echada. Hagan juego.

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