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Trump está jorobado, pero no tanto como sus candidatos. El Congreso se va; el Senado se queda

Los que esperan que el rechazo a Trump se traduzca automáticamente en un retorno a la normalidad multilateral se llevarán otra decepción: la base electoral republicana no se ha disuelto, solo se ha vuelto más selectiva en las encuestas

Ken Paxton, candidato a senador por Texas, junto a Donald Trump en un acto de campañaChip Somodevilla / AFP

A tres días de las midterms, el relato dominante en toda la prensa es que Trump está acabado y los demócratas se preparan para una ola que les devolverá ambas cámaras. Los números de aprobación del presidente —en mínimos históricos, alrededor del 33-37 % — dan munición de sobra. La economía de las familias, la gasolina por encima de los cuatro dólares y el conflicto con Irán pesan mucho. El voto nacional genérico (sin candidatos) da a los demócratas una ventaja de siete a nueve puntos. En la Cámara, los modelos más serios les asignan entre el 80 % y el 95 % de probabilidad de arrebatar la mayoría a los republicanos. Un presidente no suele mantener ambas cámaras en midterms casi nunca, y mucho menos con un net approval de -23.

Trump está jorobado

Trump está jorobado en el sentido más prosaico del término. La Cámara de Representantes, donde los republicanos parten de una mayoría de apenas 218-214 (con vacantes), es el flanco más expuesto. Sabato’s Crystal Ball ya sitúa 225 escaños al menos inclinados a los demócratas y solo 193 a los republicanos, con 17 empates técnicos. Distritos que Trump ganó por doble dígito —PA-8, TX-15, varios en Arizona, Colorado, Virginia o Michigan— se han vuelto competitivos o se han movido hacia el lado demócrata. La reconfiguración de los distritos en Texas no ha bastado. Perder la Cámara parece, hoy, lo más probable. Los demócratas no necesitan una ola histórica; les basta con no perder lo que ya tienen y recoger los escaños que se han puesto a tiro por inercia demográfica y por el desgaste del presidente.

Trump, fiel a su estilo lleva semanas diciendo a quien quiera escucharle que el no está en las papeletas en esta ocasión. Una manera bastante básica de cubrir su posición si las cosas salen mal. Es consciente que, si la victoria demócrata es completa, sus últimos dos años pueden ser un infierno, con impeachment incluido.

No todo es Azul

Pero el relato de la ola demócrata completa ignora dos cosas. Primero, el mapa del Senado es estructuralmente distinto. Los demócratas necesitan cuatro escaños netos para llegar a 51 (el vicepresidente Vance rompe un 50-50). Los estados en juego —Texas, Ohio, Maine, Alaska, Iowa, Kansas— son en su mayoría territorio que Trump ganó por márgenes de 10 a 16 puntos en 2024. Las ventajas demócratas actuales son de 2 a 3 puntos, exactamente el tamaño de un error de sondeo «normal».

Segundo, las encuestas. En los tres ciclos presidenciales en los que Trump ha estado en la papeleta, las encuestas subestimaron sistemáticamente a los republicanos en torno a 3-4 puntos de margen. También es cierto que en los midterms anteriores (2018, 2022) el sesgo fue menor a nivel nacional. Sin embargo, el patrón en estados muy rojos (republicanos) es más persistente incluso en las midterms: las encuestas tienden a sobreestimar a los demócratas allí. Nate Silver, uno de los analistas más objetivos, lo ha dicho con claridad: un error de tres puntos en la misma dirección en las carreras clave del Senado dejaría a los republicanos con el control. La Cámara, en cambio, requeriría un error mayor que el de 2016 para no cambiar de manos.

Los candidatos importan

Hay un factor adicional: algunos de los candidatos que Trump ha impuesto o respaldado con fuerza han resultado ser catastróficos. No se trata de un problema abstracto de «populismo». Se trata de candidaturas concretas que han convertido escaños que deberían ser seguros o favorables en batallas de alto riesgo. El caso más flagrante es Texas. Ken Paxton, el fiscal general del Estado, es el candidato de Trump.

Paxton arrastra una larga lista de escándalos personales y judiciales que cualquier estratega republicano con dos dedos de frente habría preferido dejar en el pasado. El resultado es que James Talarico, un demócrata relativamente joven y sin el bagaje de los grandes nombres del partido, está ligeramente por delante en un estado que Trump ganó por más de 13 puntos en 2024. Es probable que los republicanos pierdan Texas. No porque el estado se haya vuelto azul de la noche a la mañana, sino porque el candidato elegido por Trump ha convertido una carrera que debería ser de consolidación en un referéndum sobre su propia figura. El coste no es solo un escaño: es la señal de que la pureza MAGA, cuando se impone sin filtro, puede salir cara incluso en territorio profundamente republicano.

No es un caso aislado. En otros estados, las primarias impulsadas o bendecidas por Trump han dejado candidatos que, en el mejor de los casos, no suman votos moderados y, en el peor, activan a la oposición. En un ciclo donde el presidente ya parte con aprobación históricamente baja, el margen para errores de selección de personal es nulo. Los republicanos no están perdiendo escaños solo por el desgaste de Trump; están perdiendo algunos porque han elegido, deliberadamente, a candidatos que maximizan el riesgo. El cálculo de que la base es suficiente y que el resto se arregla con lealtad personal ha chocado con la aritmética de estados que, por mucho que hayan votado a Trump en 2024, no son monocolores.

Predicciones

Mi apuesta, por tanto, es la más aburrida, pero muy minoritaria: los demócratas recuperarán la Cámara de Representantes —con un margen que puede ser estrecho o de 15-20 escaños— y los republicanos conservarán el Senado, eso si, a duras penas. Congreso dividido. Trump pierde la capacidad de pasar legislación ambiciosa, pero mantiene el control del poder de confirmación y de bloqueo en la cámara alta. La Cámara es el termómetro del descontento inmediato. El Senado es el seguro de vida institucional.

Para Europa y para España, el resultado importa más de lo que parece. Un Congreso dividido suele producir parálisis, no revolución. Los que esperan que el rechazo a Trump se traduzca automáticamente en un retorno a la normalidad multilateral se llevarán otra decepción: la base electoral republicana no se ha disuelto, solo se ha vuelto más selectiva a la hora de contestar encuestas. Y los candidatos que Trump ha impulsado, por catastróficos que hayan resultado en algunos estados, no han eliminado a esa base. Han demostrado, eso sí, que el partido puede permitirse el lujo de perder Texas en el Senado y seguir teniendo posibilidades reales de controlar la Cámara alta.

Las midterms no son un referéndum limpio sobre un presidente. Son un mapa de distritos y estados con inercias propias, y un sistema de sondeos que lleva una década mostrando un sesgo recurrente cuando Trump está de por medio. Trump está jorobado. Sus candidatos, en algunos casos, más. Las encuestas, también.