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Trump contra el reloj de noviembre

Las midterms decidirán si Trump gobierna dos años más… o si empieza su calvario

El presidente estadounidense Donald Trump pronuncia un discurso antes de firmar una proclamación en el Despacho Oval de la Casa Blanca en Washington, D.C

El presidente estadounidense Donald Trump pronuncia un discurso antes de firmar una proclamación en el Despacho Oval de la Casa Blanca en Washington, D.CAFP

Estados Unidos se acerca a la hora cero de las elecciones de medio mandato. El 3 de noviembre se renueva toda la Cámara de Representantes y 35 de los 100 escaños del Senado. No es una elección menor. En la práctica, determinará si los dos últimos años de Donald Trump son una segunda fase de su revolución política o una lenta agonía parlamentaria, con investigaciones, bloqueos, comisiones, citaciones y, si los demócratas recuperan la Cámara con suficiente sed de venganza, hasta la tentación del impeachment.

Trump lo sabe. Los republicanos también. Y los demócratas, por supuesto, sueñan con ello.

La historia no invita al optimismo republicano. Desde la Segunda Guerra Mundial, el partido del presidente ha perdido escaños en la Cámara en 18 de las últimas 20 elecciones de medio mandato. Solo Bill Clinton en 1998, beneficiado por una economía fuerte y por el hartazgo ante el exceso republicano del impeachment, y George W. Bush en 2002, impulsado por el efecto patriótico posterior al 11-S, lograron romper esa maldición. El propio Trump perdió la Cámara en 2018. La política americana, suele castigar al que manda.

Pero la historia no vota. Votan ciudadanos concretos, en distritos concretos, con candidatos concretos y con la nevera de casa y el tanque de gasolina como tribunal supremo.

Una batalla más abierta de lo que parece

Hoy, casi todas las previsiones dan ventaja a los demócratas para recuperar la Cámara y a los republicanos para mantener el Senado. Ese es el escenario base. Pero la foto se ha movido. Y, aunque la inercia histórica sigue favoreciendo a la oposición, la batalla parece más competitiva que a comienzos de año.

El primer factor es la calidad de los candidatos. Tras unas primarias duras y, en algunos casos, ideológicamente desbocadas, el Partido Demócrata está viendo cómo una parte de su base empuja a candidatos mucho más escorados a la izquierda de lo que sería cómodo en unas elecciones generales. La victoria de perfiles socialistas y comunistas en feudos urbanos no es, por sí sola, una catástrofe.

Nueva York, San Francisco o Boston pueden permitirse casi cualquier experimento ideológico sin cambiar de color. El problema empieza cuando esa música se escucha también en distritos donde el votante medio no vive en un seminario de estudios poscoloniales, sino en un suburbio con hipoteca, coche, seguro médico y recibos que pagar.

Llamémoslo el efecto Mamdani. En los bastiones progresistas moviliza. En el resto del país, asusta.

Las primarias son un animal peligroso. Las decide el votante más motivado, no necesariamente el más representativo. Y ese votante, tanto en la izquierda como en la derecha, suele confundir la intensidad ideológica con una posible mayoría. Un candidato que entusiasma al activista puede convertirse en un regalo para el adversario en noviembre.

El caso de Graham Platner en Maine es paradigmático. Un candidato con perfil populista, veterano, rural y aparentemente atractivo para una izquierda que busca recuperar al votante trabajador, pero rodeado de controversias, incluida la polémica por un tatuaje vinculado a simbología nazi. Tal vez sobreviva. Tal vez incluso gane. Pero en una elección nacional donde cada escaño cuenta, ese tipo de candidatos obligan al partido a gastar semanas explicando lo inexplicable. Y en política, cuando te pasas el día explicando, normalmente es que estás perdiendo.

El mapa también vota

El segundo factor es el redibujo de distritos. El gerrymandering vuelve a estar en el centro del tablero. Ambos partidos lo practican con entusiasmo cuando pueden y lo denuncian con indignación virginal cuando lo sufren.

De momento, el efecto neto parece favorecer a los republicanos. No necesariamente lo suficiente para blindar la Cámara, pero sí para compensar parte de la marea histórica que suele arrastrar al partido del presidente. En una Cámara tan ajustada, cinco, siete o diez escaños dibujados con bisturí partidista pueden ser la diferencia entre gobernar y mirar desde la barrera.

Conviene recordar que Estados Unidos no es una democracia parlamentaria a la europea. Es una república federal construida sobre equilibrios, contrapesos, reglas estatales y una buena dosis de brutalidad política local. Quien no entienda eso, no va a entender las midterms.

Los demócratas también tienen munición

No todo juega contra los demócratas. Trump llega a noviembre con flancos obvios.

El primero es la inmigración. Cerrar la frontera sigue siendo una de las políticas más populares de su mandato. La mayoría de los americanos no quiere un país sin fronteras, ni un sistema donde entrar ilegalmente sea más fácil que abrir una pequeña empresa. En eso, Trump está en sintonía con el sentido común del votante medio.

Pero una cosa es controlar la frontera y expulsar delincuentes, y otra convertir cada operación de ICE en un espectáculo televisivo. La dureza innecesaria, los errores de procedimiento y las imágenes de redadas mal gestionadas han erosionado parte del apoyo hispano que Trump logró en 2024. Muchos hispanos apoyan fronteras seguras. Lo que no aceptan es verse tratados como sospechosos colectivos. Ahí Trump se juega una parte esencial de su nueva coalición electoral.

El segundo flanco puede ser Irán. La guerra es generalmente impopular. Pero mas lo es si se cierra este capitulo con una sensación de derrota.

Luego está la vivienda. La crisis del coste de la vivienda, especialmente en las costas y grandes centros urbanos, golpea a jóvenes, familias y a las clases medias. Es cierto que muchas de esas jurisdicciones van a votar por los demócratas, aunque el candidato republicano prometa casas gratis y jamón 5 jotas. Pero el problema de la vivienda tiene una potencia transversal política y geográfica: habla de expectativas rotas, de generaciones que trabajan y aun así no llegan, de la sensación de que el contrato social se ha roto. Y mucha gente mira su realidad y las fortunas estratosféricas de algunos techno-bros, y sienten que se ha roto el sueño americano.

La palabra mágica: 'affordability'

Como vemos, el eje central de la campaña demócrata será uno: affordability. Asequibilidad. O, traducido a su esencia: cuánto cuesta vivir.

Ahí Trump, de momento, tiene un problema. Los aranceles pueden tener una lógica estratégica frente a China y frente a décadas de desindustrialización, pero no ayudan en la batalla del carrito de la compra. Tampoco ayudan los precios de la gasolina tras el conflicto con Irán y la tensión en Ormuz. La Casa Blanca confía en que la reapertura del estrecho y la normalización energética hagan que ese asunto desaparezca del retrovisor antes de noviembre. Puede ocurrir. Pero los precios en la gasolinera suben como cohetes y bajan como plumas. El votante no premia explicaciones macroeconómicas cuando tiene que llenar el depósito.

Trump necesita que la economía real llegue al bolsillo. Salarios reales, gasolina, vivienda, alimentos, seguros médicos. La balanza de la política americana se decide muchas veces en el ticket del super.

Sin Trump en la papeleta

El último factor es emocional. Trump no estará en la papeleta. Y eso importa.

Los demócratas estarán hiper-motivados por la posibilidad de frenar al monstruo naranja. Para su base, las midterms no son una elección legislativa: son una terapia colectiva. Un exorcismo. Una oportunidad de demostrar que la resistencia sigue viva.

La pregunta es si la base MAGA acudirá con la misma intensidad cuando su líder no sea el nombre en la papeleta. Trump tiene una capacidad única para movilizar votantes que no siempre se consideran republicanos tradicionales. Pero esa energía no se transfiere automáticamente a los candidatos locales, especialmente si estos son aburridos, débiles o incapaces de conectar con la nueva base republicana.

Ahí está el dilema republicano: necesitan a Trump para movilizar, pero también necesitan que Trump no monopolice la conversación hasta convertir cada distrito en un referéndum sobre sus formas.

La vieja maldición demócrata

Hay una frase muy repetida en Washington que, aunque vieja, sigue teniendo vida: nunca hay que subestimar la capacidad de los demócratas para arrebatar la derrota de las fauces de la victoria.

La historia les favorece. Las encuestas les dan aire. La economía del bolsillo les da un mensaje potente. Y, aun así, una parte del partido parece empeñada en regalar a Trump el argumento perfecto: que el Partido Demócrata ya no es la casa del trabajador moderado, sino una coalición de burócratas, activistas identitarios, socialistas urbanos y moralistas de campus. Puede parecer una caricatura. Pero las caricaturas funcionan cuando el adversario se empeña en posar para ellas.

Trump, por su parte, tiene margen para salvar la noche. Si los republicanos centran su campaña en la re-industrialización de america, con energía barata, seguridad fronteriza inteligente, la desregulación de economía (que está siendo espectacular) y el orden sin brutalidad, los republicanos pueden aguantar mejor de lo que diría la historia. Si Trump vuelve a sus defectos congenitos de generar ruido innecesario, a sus vendettas personales y a sus delirios de Napoleón, entregará a los demócratas la Cámara en bandeja de plata.

Las midterms no van a ser un plebiscito sobre grandes doctrinas. Serán una pregunta mucho más sencilla: ¿vive usted mejor que hace dos años?

Si la respuesta mayoritaria es sí, Trump sobrevivirá. Si la respuesta es no, empezará el calvario. Y entonces el pato Donald no caminará: cojeará hasta el 2028.

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