Números para la Cumbre Iberoamericana
La democracia no se salva repitiendo que es el mejor sistema. Se salva haciendo que vuelva a significar algo en la vida concreta de la gente
Soldados colombianos patrullan las calles de Cúcuta, departamento de Norte de Santander, Colombia
Hace algunos días salió publicada la encuesta Latino barómetro. Desde 1995 mide actitudes políticas y sociales en Iberoamérica. Este año realizó 19.207 entrevistas en 17 países: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. Nicaragua quedó fuera por razones de seguridad. Hasta ese detalle dice algo de nuestra región. Para tener una idea más clara de los temas más calientes, analizo algunos números relevantes para que podamos tener un contexto más claro de la Cumbre Iberoamericana 2026 con sede en España.
La fotografía para entender la región
El 52 % de los encuestados dice que no le importaría la llegada de un Gobierno no democrático si resolviera los problemas del país. Esto no significa que la mitad del continente esté pidiendo una dictadura. Significa algo más estructural y que, para millones de personas la democracia ha dejado de ser un sueño, una aspiración de libertad y tiene que demostrar para qué sirve.
Durante décadas hablamos de democracia como elecciones, Congreso, partidos y separación de poderes. Todo eso sigue siendo indispensable, pero la gente no vive dentro de una Constitución. La gente vive en una calle insegura, espera por una sentencia, busca empleo e intenta llegar a fin de mes. Cuando las instituciones no resuelven nada de eso, aparece la tentación del atajo.
Por eso no sorprende que el 63 % diga que la «mano dura» es necesaria. No creo que estemos simplemente ante una súbita vocación autoritaria. Hay, sobre todo, una sensación de que el Estado democrático es débil precisamente allí donde debería ser fuerte.
Solo el 22 % está satisfecho con el sistema judicial. La confianza en el Congreso ronda el 25 % y en los partidos políticos apenas el 15 %. En una región donde la justicia suele ser lenta, cara, distante y demasiadas veces dependiente del poder, la impunidad termina educando políticamente a la sociedad. Si el delincuente no paga, el corrupto conserva lo robado y una víctima espera años para recibir justicia, la palabra institución pierde significado.
El crimen organizado, la desconfianza y las 'fake news' mandan
El dato más abrumador desde mi perspectiva es que el 79 % considera que el crimen organizado tiene mucho o bastante poder. Ocho de cada diez ciudadanos perciben que los narcotraficantes, bandas, guerrillas o redes ilegales poseen una enorme capacidad para condicionar la vida colectiva.
Ese ya no es solamente un problema policial. Es un problema de soberanía. El crimen organizado comienza a ganar cuando el ciudadano siente que el Estado le teme más al criminal de lo que el criminal teme al Estado.
Hay además una crisis menos visible pero que anula la posibilidad de crecer vivir sanamente: la confianza. Solo el 15 % cree que se puede confiar en la mayoría de las personas. No desconfiamos únicamente de los partidos o de los jueces. Desconfiamos del otro. Necesita ciudadanos capaces de compartir reglas, responsabilidades y un cierto sentido de futuro común. Una sociedad sin confianza está destinada al fracaso, la violencia y la ruptura del tejido social.
A eso se suma el desorden informativo. El 61 % prefiere controlar las noticias falsas incluso a costa de limitar la libertad de expresión. Es comprensible el cansancio ante la mentira, pero también es una señal peligrosa porque cuando una sociedad pierde confianza en la información, termina buscando a alguien que decida por ella qué es verdad.
La geopolítica completa el cuadro. Solo el 34 % aprueba la conducción internacional del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y un 41 % considera al actual Gobierno estadounidense autoritario o dictatorial. Por primera vez, la influencia de China es valorada más positivamente que la de Estados Unidos: 65 % frente a 57 %. Para Washington debería ser una advertencia. La relación con nuestra región no puede descansar únicamente en seguridad, comercio o poder. También tiene que representar libertad, prosperidad e instituciones.
Por primera vez, la influencia de China es valorada más positivamente que la de Estados Unidos
No extraña que solo uno de cada tres iberoamericanos crea que el mundo avanza en la dirección correcta.
América no está necesariamente pidiendo menos democracia. Está pidiendo una democracia que funcione: una justicia que llegue, un Estado que proteja, partidos que representen, información en la que podamos confiar y economías que permitan progresar.
La democracia no se salva repitiendo que es el mejor sistema. Se salva haciendo que vuelva a significar algo en la vida concreta de la gente.
Ese es quizá el gran desafío iberoamericano de nuestro tiempo: conseguir que la libertad vuelva a ser, además de un derecho, una promesa de futuro.