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AnálisisZoé Valdés

Las 'midterms' en Estados Unidos: una derrota frecuente para quien gobierna

Interpretar una derrota del partido gobernante en las elecciones de medio mandato como un derrumbe político irreversible suele conducir a conclusiones precipitadas

El presidente estadounidense Donald Trump en el Ala Este de la Casa Blanca en Washington, D.C.AFP

Las elecciones de medio mandato, conocidas como midterms, constituyen uno de los fenómenos políticos más singulares de Estados Unidos. Celebradas cada cuatro años en la mitad del mandato presidencial, suelen interpretarse como un referéndum sobre la gestión de la Casa Blanca. La historia demuestra que, más allá de las promesas de campaña o de la popularidad inicial de un presidente, el partido que ocupa el poder acostumbra a sufrir pérdidas significativas en el Congreso. Lejos de ser una anomalía, se trata de un patrón recurrente que ha afectado tanto a demócratas como a republicanos.

Las 'midterms' renuevan la totalidad de la Cámara de Representantes y aproximadamente un tercio del Senado. Aunque el presidente no figura en las papeletas, su figura domina inevitablemente el debate político. Los votantes aprovechan la cita electoral para expresar su satisfacción o su descontento con la marcha de la economía, la inflación, la seguridad, la política exterior o cualquier otro asunto que marque la actualidad nacional.

La lógica detrás de este comportamiento es relativamente simple. Una vez alcanzada la Presidencia, el partido gobernante pasa de encarnar la esperanza de cambio a asumir la responsabilidad de los problemas cotidianos del país. La oposición, por el contrario, encuentra un terreno fértil para movilizar a los electores desencantados. De ahí que las derrotas parciales del partido en el poder sean casi una tradición en la política estadounidense.

Dos ejemplos paradigmáticos fueron los casos de Bill Clinton y George W. Bush. Cuando Clinton llegó a la Casa Blanca en 1993, los demócratas controlaban ambas cámaras del Congreso. Sin embargo, apenas dos años después, en las elecciones legislativas de 1994, los republicanos protagonizaron una auténtica revolución política. Bajo el liderazgo de Newt Gingrich y su programa denominado «Contrato con América», lograron recuperar la Cámara de Representantes por primera vez en cuarenta años y obtuvieron también el control del Senado.

Muchos analistas interpretaron aquel resultado como una severa reprimenda a la agenda reformista de Clinton. Sin embargo, el desenlace fue más complejo de lo que parecía. Lejos de quedar políticamente liquidado, el presidente demócrata adaptó su estrategia. Apostó por posiciones más centristas, negoció con sus adversarios republicanos y consiguió presentarse ante la opinión pública como una figura moderada capaz de gobernar en un contexto de división institucional. El resultado fue que Clinton obtuvo la reelección en 1996 con relativa comodidad.

La experiencia de George W. Bush ofrece una lección similar. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, el presidente republicano alcanzó niveles extraordinarios de popularidad. En 2002 incluso consiguió una rara excepción histórica, ya que su partido ganó escaños en unas elecciones de medio mandato. Sin embargo, esa situación no duró. La prolongación de la guerra de Irak, el desgaste de la Administración y el creciente malestar ciudadano provocaron una fuerte reacción electoral en 2006.

Aquel año, los demócratas recuperaron el control de la Cámara de Representantes y también del Senado. La derrota republicana fue interpretada como una clara señal de agotamiento político. No obstante, tampoco significó un colapso inmediato del Gobierno. Bush mantuvo la Presidencia durante los dos años restantes de su mandato y continuó ejerciendo amplias competencias ejecutivas, aunque con un margen de maniobra mucho más reducido.

Estos antecedentes ayudan a comprender el verdadero significado de las elecciones de medio mandato. Aunque suelen presentarse como victorias o derrotas contundentes, en realidad rara vez provocan un cambio de Gobierno. Estados Unidos posee un sistema político basado en la separación de poderes. El presidente no depende de la confianza parlamentaria para permanecer en el cargo, como ocurre en muchas democracias europeas. Por ello, perder la mayoría en el Congreso no implica abandonar la Casa Blanca.

Las consecuencias reales son principalmente legislativas y políticas. Cuando la oposición obtiene el control de una o ambas cámaras, puede bloquear proyectos de ley, aumentar la supervisión del Ejecutivo y abrir investigaciones parlamentarias sobre decisiones gubernamentales. También puede dificultar la aprobación de presupuestos o el nombramiento de determinados cargos federales.

Para los republicanos, como para cualquier partido de oposición, una victoria en las midterms representa sobre todo una oportunidad estratégica. Les permite consolidar liderazgos, preparar futuras candidaturas presidenciales y demostrar capacidad de movilización electoral. Sin embargo, el éxito también implica riesgos. El control del Congreso obliga a presentar propuestas concretas y expone al partido ganador a nuevas críticas y responsabilidades.

La historia demuestra que las elecciones de medio mandato son menos una sentencia definitiva que una corrección de rumbo. Clinton perdió el Congreso y posteriormente ganó la reelección. Bush sufrió una derrota parlamentaria, pero completó su mandato. Otros presidentes, desde Ronald Reagan hasta Barack Obama, experimentaron situaciones parecidas.

Las elecciones de medio mandato recuerdan que en la democracia estadounidense gobernar es siempre más difícil que conquistar el poder

Por ello, interpretar una derrota del partido gobernante en las midterms como un derrumbe político irreversible suele conducir a conclusiones precipitadas. Más bien se trata de una característica estructural del sistema estadounidense: un mecanismo mediante el cual los votantes equilibran el poder y envían mensajes de advertencia a quienes ocupan la presidencia. Al final, las elecciones de medio mandato recuerdan que en la democracia estadounidense gobernar es siempre más difícil que conquistar el poder.

Dicho esto, estas elecciones pudieron haberse ganado ampliamente por parte de los republicanos si Donald Trump no hubiera prometido lo que al final no cumplió. Ni la paz en Ucrania ni la gasolina bajó ni los huevos volvieron al precio habitual ni terminó en Venezuela; se hizo amiguito de Vladimir Putin comprándole gas, juega con China a los yaquis o a los palitos chinos –como tenga el día– abrió varias guerras y no termina en Irán poniéndole timbales como le puso Israel, se manda un vice antisemita, y para punto final le quita la ayuda a Israel. Un papití total. De Cuba ni hablo. ¿P'a qué cuando ves el mismo circo con nuevos delincuentes y trepas, pero ahora más cacos y más brutos/as?