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CrónicaMarta Torres-RuizNueva York

Vance, Rubio y un Partido Demócrata sin candidato: así arranca la carrera por la Casa Blanca de 2028

El vuelco en el Congreso deja a Donald Trump sin margen y abre dos primarias muy distintas: una republicana con un favorito que pierde ventaja y otra demócrata sin líder claro

Donald Trump de fondo y el vicepresidente J.V. Vance y Marco RubioComposición de David Díaz/IA

El vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, culpó de la pérdida de las elecciones de mitad de legislatura a la guerra de Irán. Los estadounidenses están en contra no por la misma en sí, sino por las repercusiones de la economía de Estados Unidos. Al responder la dictadura de los ayatolás con una guerra en varios frentes, atacando la industria del petróleo y gas en el golfo Pérsico y sobre todo el estrecho de Ormuz, ha afectado a los mercados internacionales con unos efectos que se han dejado sentir en el bolsillo de los estadounidenses. Sus declaraciones abren así una guerra dentro del Partido Republicano por la sucesión de cara a las elecciones de 2028, señalando sin mencionarlo de forma directa al secretario de Estado, Marco Rubio, jefe de la diplomacia, que ha ganado peso en las encuestas en los últimos meses.

Son dos años los que hay por delante. Pero, la carrera hacia 2028 ya ha empezado también en el Partido Demócrata. Se han hecho con la Cámara de Representantes y el Senado, y han arrebatado escaños en estados históricamente republicanos como Carolina del Sur, Texas y Kansas. Debido a los mecanismos del Congreso, les será muy complicado aprobar ningún tipo de legislación, ya que no cuentan con las mayorías necesarias. En cambio, sí les ofrece una plataforma para presentarse al electorado estadounidense. Para el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que no puede volver a presentarse, el resultado convierte la segunda mitad del mandato en una etapa con el Congreso en contra. Para quienes aspiran a sucederle, abre un período de reposicionamiento en ambos partidos.

Un favorito que pierde ventaja

En el lado republicano, el vicepresidente J. D. Vance parte como candidato natural, pero su ventaja se ha estrechado. La última encuesta de The New York Times y Siena, de octubre, le daba un 33 % frente al 23 % de Marco Rubio, con Trump en tercer lugar con un 8 %, pese a que la Constitución le impide un tercer mandato. Otros sondeos muestran una carrera más igualada. Emerson dio en mayo un 36 % a Vance y un 35 % a Rubio, tras un 52 % y un 20 % en febrero. En New Hampshire, estado que vota primero en las elecciones primarias y sirve de presentación de los candidatos a escala nacional, una encuesta de la Universidad de New Hampshire de julio situaba la pelea en 36 % frente a 26 %, cuando en febrero era 53 % frente a 7 %.

La tendencia importa más que la foto fija: Rubio ha elevado su perfil en los últimos meses, aunque Vance sigue liderando la mayoría de los sondeos. Al secretario de Estado le ayuda su proyección internacional como jefe de la diplomacia, pero le perjudica que, como recuerdan los historiadores, el último en su cargo en ganar la Presidencia fue James Buchanan, en 1856. Además, Rubio ha dicho que respaldará a Vance si el vicepresidente lanza una campaña, lo que sugiere que, por ahora, la rivalidad es más de encuestas que declarada.

Rubio ha elevado su perfil en los últimos meses, aunque Vance sigue liderando la mayoría de los sondeos

En los últimos días, se ha filtrado que valora dimitir para distanciarse de Trump y preparar su candidatura. Unos rumores que ha negado. Rubio se ha presentado en diferentes ocasiones sin éxito a las elecciones primarias de su partido. Entonces, Trump le criticaba y llamaba «Marquitos». En cambio, en la actualidad, se presenta como un candidato sólido. Sus avales: el voto hispano al ser de origen cubano, que ha demostrado ser clave en estas elecciones, y ganar Florida, estados fundamental que Rubio ha representado durante años como senador en Washington.

La maldición del vicepresidente

El camino de Vance tiene también una dificultad histórica. Los vicepresidentes en ejercicio suelen conseguir la nominación de su partido, pero rara vez la presidencia: solo cuatro han sido elegidos, y solo uno, George H. W. Bush en 1988, en los últimos 190 años. El motivo es casi siempre el mismo: para ganar necesitan distinguirse del presidente, pero criticarlo les cuesta el apoyo de su base. Hubert Humphrey lo comprobó en 1968, cuando intentó alejarse de la política de Lyndon B. Johnson en Vietnam. Kamala Harris eligió el camino contrario en 2024 y tampoco funcionó.

Vance ya ha empezado a moverse en ese terreno. Fue el miembro de la Administración que viajó a Islamabad para negociar con Irán y que, según se recuerda, se mostraba más escéptico con el conflicto. Tras las elecciones, reclamó una «conversación honesta» sobre el rumbo del partido, y Trump defendió su decisión y dijo que la tomaría de nuevo. El episodio ilustra el equilibrio que tendrá que mantener durante dos años: mostrarse como alternativa de futuro sin romper con un presidente que sigue siendo decisivo para el electorado republicano.

Los demócratas, sin líder y con una lección en dos estados

En el Partido Demócrata ocurre lo contrario: hay un exceso de candidatos y ninguno domina. La vicepresidenta con Joe Biden, Kamala Harris, lideraba en octubre el sondeo de The New York Times con un 12 %, y otra encuesta colocó al secretario de Transporte con Biden, Pete Buttigieg, al frente con un 18 %, seguido del exgobernador de California, Gavin Newsom, con un 16 %.

Se barajan también del gobernador de Pensilvania, Josh Shapiro, gobernador de Maryland, Wes Moore, senador de Georgia, Jon Ossoff, gobernador de Kentucky, Andy Beshear, o congresista en Queens (Nueva York), Alexandria Ocasio-Cortez, entre otros. La decisión de Harris sobre si repite será clave: si se presenta, tendrá nombre y capacidad de recaudación, pero también las dudas de quienes temen repetir 2024. Si no, el campo se abrirá a una docena de aspirantes, como en 2020.

La historia reciente aconseja cautela a los favoritos: en las últimas cinco décadas, los líderes iniciales de primarias demócratas abiertas no consiguieron la nominación, mientras que Jimmy Carter, Bill Clinton, Barack Obama y Joe Biden partían como candidatos con pocas opciones.

La noche electoral deja además un argumento a favor de los perfiles moderados. James Talarico ganó el escaño de Texas por más de diez puntos, siendo el primer demócrata en lograrlo en casi cuarenta años, y Adam Hamilton derrotó al senador Roger Marshall en Kansas, algo que no lograba un demócrata en 94 años. Estos resultados forman parte de una batalla de la guerra interna del Partido Demócrata: moderados contra izquierdistas.