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Ángel Teruel a la muletaEFE

Ángel Teruel (1950-2021)

Hasta siempre, Ángel Teruel, el dandy torero de Madrid

Figura indiscutible de las décadas taurómacas de los 60 y 70 del siglo pasado, ha muerto a la edad de los 71 años, después de sufrir un fallo cardiaco

20/02/1950Madrid
17/12/2021Cáceres

Ángel Teruel

Matador de toros

Ángel Teruel, madrileñísimo dandy y figura indiscutible de las décadas taurómacas de los 60 y 70 del siglo pasado, murió a la edad de los 71 años, después de sufrir un fallo cardiaco el pasado miércoles en su finca de la Sierra cacereña de Guadalupe.

Su tempranísima vocación al toro comenzó en las novilladas de la Oportunidad del coso de Vista Alegre. Desde allí, comienza una ascendente etapa novillera que culminó en su triunfal alternativa con toros de Agustina López Flores, en Burgos el 30 de junio de 1967, cuando echó abajo, precozmente, las puertas de la gloria, en una catarsis taurina de tres orejas y con cámaras de televisión encendidas para toda la península. 

De este modo, irrumpe con 17 años en el Olimpo de popularidad inaccesible de El Cordobés y Palomo Linares; de Paco Camino y Julio Aparicio, con un toreo de capa y muleta poderoso y elegante, bien ceñido a la bestia; con su parada de seda, –la misma seda de sus camisas y sus noches de bohemia junto a Paco Rabal– hasta confirmar en las Ventas un 12 de mayo del 69, el idilio ligado de afecto y admiración con la parroquia madrileña, que lo encumbra y lo venera en sus altares, en sus cátedras y en su amor.  

Torero de la escuela madrileña

Ángel Teruel dominaba el arte de andarle al toro según su compás y el de las calles de Embajadores, donde se crio. Y fue torero de Madrid por nacer en Madrid; y porque era la encarnación perfecta de aquella imagen de verdad, cartel de guapura y chulería taurina sin manierismo impostado alguno, que tanto embelesaba a los taurinos madrileños. 

En 2019, el torero recibió un merecidísimo homenaje en la plaza de toros de Las Ventas, el templo de la liturgia donde se descubrió un azulejo en su honor, y que reconocía esa impecable carrera con cuatro puertas grandes y 28 orejas, como testimonio de una elegancia según el evangelio de Ortega y Bienvenida y reflejo de un casticismo que, desgraciadamente, se ha perdido ya para siempre, y no volverá. 

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