Alexander Butterfield
Alexander Butterfield (1926-2026)
El primero que hundió a Nixon en el Watergate
Su admisión bajo juramento de la existencia de grabaciones ocultas en la Casa Blanca supuso el principio del fin para Nixon
Alexander Porter Butterfield
Coronel y colaborador de Nixon
Coronel de la Fuerza Aérea, se incorporó a la Casa Blanca en 1969, prestando sus servicios hasta 1973. Después, desempeñó el cargo de presidente del organismo federal encargado de la Aviación Civil antes de pasarse al sector privado.
Uno de los momentos más impactantes de la investigación del caso Watergate se produjo el 13 de julio de 1973, día en el que Donald Sanders, abogado republicano del comité del Senado, preguntó al coronel Alexander Porter Butterfield, jefe adjunto del presidente Richard Nixon hasta marzo, si existía un sistema de grabaciones, obviamente ilegales, dentro de la Casa Blanca. «Ojalá no me hubiera hecho esa pregunta, pero sí, lo hay», respondió Butterfield. «Todo se grababa… mientras el presidente estuviera presente». Más claro, el agua.
Tres días después, el 16 de julio, Butterfield compareció ante el comité en una sesión televisada, y Fred Thompson, entonces asesor de los republicanos en el comité, le hizo la misma pregunta. Tras una larga pausa, Butterfield dijo: «Sí, señor, estaba al tanto de la existencia de dispositivos de escucha». Ya no quedaba ninguna duda por despejar.
Bueno, sí, pues fue uno de los que, por orden de Nixon, puso en marcha el sistema en cuestión: grabaciones de audio activadas por voz en el Despacho Oval y en los teléfonos de la Casa Blanca, con el objetivo, según Nixon, de crear un registro más preciso de los acontecimientos. Lo hizo en colaboración con el Servicio Secreto, encargado de la seguridad presidencial.
Otra de las colaboraciones de Butterfield fue la que mantuvo con Bob Woodward, uno de los periodistas que desveló los entresijos del Watergate. Fue en en el libro El último de los hombres del presidente, proporcionándole el contenido de decenas de cajas de documentos que había sustraído secretamente de la Casa Blanca. De sus entrevistas con Woodward se desprende que sus motivos para revelar la existencia de las cintas eran más bien complejos: por un lado, el deseo de confesar, por otro, el temor a que el hecho de mentir le acarreara una pena de cárcel. Butterfield extendió incluso su causa al ámbito personal: le disgustaba el trato despectivo que Nixon dispensaba a su esposa Pat.
Bien es cierto que las relaciones entre el presidente y su jefe adjunto de Gabinete fueron complejas desde el inicio: cuenta John A. Farrell en su biografía de Nixon que, el día en que este último conoció a Butterfield, «emitió un sonido gutural, agitó las manos y no pronunció palabra». El asesor, por su parte, percibió la ausencia de interés del presidente por nada que no fuera la política y recordó haber tenido que cumplir órdenes raras, como la de retirar de la Casa Blanca todos los objetos relacionados con la presidencia de John Kennedy.
Butterfield, que llegó al entorno presidencial por recomendación de Bob Haldeman, jefe de Gabinete de Nixon, llevaba hasta entonces una clásica carrera de coronel de la Fuerza Aérea cuyo punto álgido fueron unas misiones de reconocimiento en Vietnam que le hicieron merecedor de la Cruz de Vuelo Distinguido. Pero fue sobre todo del Watergate del que salió ileso: no solo fue uno de los pocos en evitar condena –la Justicia no encontró nada delictivo en sus actuaciones, pese a que lo presenció todo– sino que fue premiado con la presidencia del organismo federal encargado de la Aviación Civil. Eso sí, tras abandonar este último cargo, estuvo dos años en el paro: la sombra del Watergate nunca dejó de perseguirle.