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Fernando Caruncho

Fernando CarunchoEl Debate

Fernando Caruncho (1957-2026)

Un poeta del jardín

Era el jardinero español de nuestro tiempo más reconocido fuera de nuestras fronteras

Fernando Caruncho
Nació el 6 de septiembre de 1957 en Madrid, donde ha fallecido el 20 de agosto de 2026)

Fernando Caruncho Torga

Jardinero

Estudió Filosofía, pero pronto supo que quería dedicarse a la jardinería porque «Trazar jardines es un rito ancestral que la humanidad repite constantemente, nacido del íntimo deseo de dar sentido a la vida.». Desarrolló su actividad tanto en jardines privados como públicos, llegando a intervenir en los del Palais Royal en París.

A los sesenta y ocho años ha muerto en Madrid Fernando Caruncho Torga, cuya obra extendida por diversos lugares del mundo se cuenta entre las mejores del arte de los jardines en nuestro tiempo. Así lo señalaron, ya en el año 2000, críticos tan importantes como Guy Cooper y Gordon Taylor en su libro Mirrors of Paradise. The Gardens of Fernando Caruncho, que recopiló los primeros quince años de su trayectoria, o diseñadores de jardines como Dan Kiley, maestro del paisajismo norteamericano contemporáneo, quien en el prólogo de ese mismo libro le consideró su sucesor. Posteriormente le han dedicado estudios, incluidos en más de veinte obras internacionalmente difundidas sobre la jardinería contemporánea, otros relevantes especialistas como Jirsty Fergusson, Victoria Clarke, Cristina Castrel Branco, Jean-Paul Pigeat, Andrew Wilson, Jane Brown, Louisa Jones, Barbara Baker, Patrick Taylor, Jane Amidon, Penelope Hobhouse, Don Monty, Penelope Hill o Tim Richardson. El último libro monográfico sobre el conjunto de su labor, Reflections of Paradise. The Gardens of Fernando Caruncho, de Gordon Taylor, fue publicado en Nueva York en 2020. Ello sin duda ha convertido a Fernando Caruncho en el jardinero español de nuestro tiempo más reconocido fuera de nuestras fronteras.

Al evocar su extraordinaria personalidad y sus relevantes creaciones jardinísticas podemos recordar, como en el poema Cuento de dos jardines de Octavio Paz, que «un jardín no es un lugar: es un tránsito». Y así los concibió siempre Fernando, como escenarios de los cambios de la luz, las estaciones y la vida vegetal, articulados por la geometría.

Armado de su larga experiencia práctica como jardinero, de su aguda intuición artística y de su profunda formación humanística, siempre con marcada orientación filosófica y literaria, y también hondamente religiosa, como puso de manifiesto tantas veces en sus escritos, Caruncho alcanzó algo muy difícil dentro de la milenaria tradición de los jardines: un estilo propio. Tanto es así que, contemplando cualquiera de sus obras, es casi imposible no reconocer a su autor.

En los jardines diseñados por Fernando Caruncho se combinan el rigor geométrico, la sensibilidad paisajista y la búsqueda de una serenidad esencial en medio de su dinamismo natural. Lo ve siempre como una forma en movimiento, pero también como un símbolo, como un conjunto dotado de sentido, como una idea tanto mejor realizada cuanto más sentida. Así, para Caruncho, el jardín, como proyecto y como realidad viva, es concebido, ante todo, como expresión de la relación de la Creación con su primer cultivador, el ser humano, y del tránsito de éste hacia el Creador por antonomasia, con el que permanentemente dialoga. Por eso decía: «Trazar jardines es un rito ancestral que la humanidad repite constantemente, nacido del íntimo deseo de dar sentido a la vida. Al transformar un lugar, tratamos de comprender que somos parte del Cosmos, que no estamos solos ante el misterio de la Creación».

Fernando Caruncho, como la mayoría de los jardineros españoles de su generación, se formó en la Escuela de Batres, fundada por Luis Moreno de Cala, tras iniciar sus estudios de filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid entre 1975 y 1978. A los veintiún años, en 1979, abre su propio estudio en Madrid y desde entonces hasta su muerte ha realizado una muy variada serie de jardines en los cinco continentes, contando en los últimos diez años con la estrecha colaboración de su hijo Pedro, que continúa ahora al frente de aquél.

La mayoría de sus obras son fruto de encargos privados, combinando brillantemente a menudo la jardinería con la explotación agrícola (Mas de les Voltes y Mas Banyils, Gerona; L´Amastuola, Apulia, Italia; Il Bacciolo, Toscana, Italia; Bird Haven Farm, New Jersey, Estados Unidos), aunque su obra incluye también espacios públicos como la Terraza de los Laureles del Real Jardín Botánico de Madrid, el jardín del Golf Al Maaden en Marrakech, la remodelación de los Jardines de Pereda en Santander, junto al Centro Botín, o la instalación de los nuevos elementos de luz en los jardines del Palais Royal en París.

El renovado uso lumínico de un espacio clásico como el Palais Royal de París es muy representativo del significado del jardín para Fernando Caruncho: «Diría que el hombre o se convierte espiritualmente en jardinero o será muy difícil continuar. Es en el jardín donde el espíritu del hombre se renueva. Se necesita que el jardín sea más que una cuestión puramente ornamental, sea lo que siempre ha sido, un templo para la naturaleza».

Y como prólogo a esta reflexión, citaba los versos de Juan Ramón Jiménez en Cuando yo era el niñodios : «…una blanca maravilla: la luz con el tiempo dentro. Cada casa era palacio, y catedral cada templo. Estaba todo en su sitio, lo de la tierra y el cielo…».

En esta cita se resume, quizás mejor que en ninguna otra, la personalidad de Fernando Caruncho, pues era, más que jardinero, un auténtico poeta del jardín, para el que la trascendencia se plasmaba en la obra del hombre transfigurando la naturaleza. De su alta capacidad artística y de su espíritu sensible y cultivado, lleno a la vez de integridad y firmeza, emanaban también un perfil humano, unos rasgos y una imagen extraordinariamente atrayentes, que no dejaban indiferentes a quienes le conocimos, y que se plasmaban no sólo en su obra, sino traducían el espíritu de la familia en que nació, presidida por la ejemplar figura de su madre, Sofía Torga, y de la que él creó con su mujer, Maru Rosales, y sus hijos Fernando y Pedro, que mantendrán esta valiosa herencia. Si en su fe cristiana la creencia en la resurrección de la criatura tiene un lugar central, también en cada estación tomará cuerpo de nuevo la vida de los jardines que nos ha legado, cuya belleza seguirá admirando y disfrutando la posteridad.

  • Alfredo Pérez de Armiñán y de la Serna es académico de Número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando
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