Harald V de Noruega
Su Majestad el Rey Harald V de Noruega (1937-2026)
Un digno monarca contemporáneo
Ejemplar en el desempeño de sus funciones constitucionales, una huida hacia delante demasiado 'moderna' en lo familiar ha terminado lastrando a la dinastía
Harald Glücksburg
Rey de Noruega
Tuvo como padrinos a sus abuelos paternos, el rey Haakon VII y la reina Maud de Noruega; sus abuelos maternos, el príncipe Carlos y la princesa Ingeborg de Suecia; su tío materno, el rey Leopoldo III de los Belgas; la reina María y el rey Jorge VI del Reino Unido; y la princesa heredera Ingrid de Dinamarca. Con formación militar y académica –ampliada esta última en Oxford–, en 1968 contrajo matrimonio con Sonia Haraldsen y en 1991 sucedió a su padre, Olav V, como Rey de Noruega. Venció varias competiciones como regatista de vela
Su Majestad el Rey Harald V legitimó en clave moral su presencia en el trono en los días que siguieron a los atentados de Oslo, ocho muertos en el barrio gubernamental, y a la matanza de Utoya, 77 jóvenes militantes laboristas asesinados por el fanático Anders Behring Breivik. Era julio de 2011 y el tercer monarca de la Noruega contemporánea supo estar a la altura de las circunstancias, ejerciendo, como se esperaba de él, un liderazgo intachable tanto por sus discursos como por la actitud mantenida en semejantes circunstancias. Es más: diez años después, Harald V estimó oportuno dar un toque de atención al aseverar que, «como sociedad, no hicimos lo suficiente para apoyar esa carga unidos y contrarrestar las fuerzas oscuras».
Fue, tal vez, el único episodio de gravedad al que tuvo que enfrentarse durante un reinado de 35 años globalmente apacible, en consonancia con la envidiable estabilidad política y económica de los países escandinavos. Si el descubrimiento de yacimientos de petróleo en el Mar del Norte garantizó la prosperidad de la Noruega de Olav V, su padre, los fondos soberanos creados en 2006 han hecho lo propio durante su etapa. Y es probable que sigan cumpliendo esa función de base de la economía noruega durante un par de generaciones más.
En el plano político, Harald V moderó los sucesivos cambios de coalición y presenció el auge y consolidación del populismo, al que se refirió indirectamente en alguna que otra ocasión, compaginando estas funciones con constantes viajes a lo largo y ancho de la geografía noruega y representando al país en el extranjero. A España vino en Visita de Estado en la primavera de 1995, siéndole otorgada la Insigne Orden del Toisón de Oro de manos del Rey Juan Carlos. Tampoco se puede obviar que, como buen monarca escandinavo, Harald V celebraba profusamente cumpleaños, aniversarios de boda y demás jubileos, ocasiones en las que recibía a una notable representación de la realeza europea.
Nada extraño para quien fue beneficiario de uno de los últimos entramados cercanos de parentesco de la Europa coronada: primo segundo, por parte de padre, de Isabel II del Reino Unido –Olav V y Jorge VI eran nietos ambos del rey británico Eduardo VII–, por parte de madre, la Princesa Marta de Suecia –fallecida en 1954 antes de que su marido se convirtiera en Rey– hermana mayor de la Reina Astrid de los Belgas, Harald V era primo hermano de los reyes Balduino y Alberto II y de la Gran Duquesa consorte Josefina-Carlota de Luxemburgo. Sin olvidar los estrechos lazos que unían a Harald V con las monarquías escandinavas
El Rey de Noruega podría haber prolongado esa tendencia. Rumores e hipótesis los hubo de todo tipo. Sin ir más lejos, una estancia veraniega del entonces Príncipe heredero en 1958 en Corfú, invitado por la Familia Real griega, estimuló la curiosidad de la prensa especializada acerca de un posible romance con la Princesa Sofía –futura reina de España–, hija mayor de los reyes Pablo I –primo segundo de Olav V– y Federica. Al año siguiente fueron los helenos quienes pasaron parte de sus vacaciones en Noruega. Mas en ese mismo 1959 el Príncipe Harald conoció en un baile a Sonia Haraldsen, hija de un empresario del sector textil, con la que pronto inició un idilio.
Un idilio que pronto se convirtió en cuestión de Estado; por el Rey Olav V, por supuesto, monarca moderno a la par que poseedor de una honda conciencia dinástica, pero también por parte de ciertos sectores políticos que no veían con buenos ojos una unión tan desigual. Nada de esto hizo cejar en su empeño al Príncipe Harald que, a lo largo de nueve años, se mantuvo firme.
Incluso cuando volvieron a aflorar otros rumores: sostiene Ghislain de Diesbach en Los secretos del Gotha que la señorita Haraldsen estuvo al borde del suicidio cuando ciertos medios especularon sobre un posible romance entre el Príncipe Harald y la Princesa Tatiana Radziwill, prima y confidente de la Reina Sofía. Al final, el heredero de la corona noruega ganó el pulso y contrajo matrimonio con Sonia Haraldsen el 29 de agosto en la catedral luterana de Oslo.
Un acontecimiento del que se puede decir que fue el pistoletazo de salida de la deriva vulgar de la Monarquía noruega. No tanto por la naturaleza desigual de las uniones contraídas por sus hijos –poco importa ya a estas alturas–, la Princesa Marta Luisa y el Príncipe heredero Haakon Magnus, sino por la desacertada elección de sus parejas.
La Princesa se casó por primera vez con el controvertido escritor Ari Behn, que se puso fin a sus días en 2019, dos años después de su divorcio. En segundas nupcias, ha unido su destino al del ciudadano estadounidense Durek Verrett, causando innumerables problemas a la Familia Real. Baste decir que Verrett, un autoproclamado chamán que afirma ser mitad reptil es denunciado habitualmente como charlatán y estafador en los medios noruegos. La pareja apareció en un documental de Netflix en el que el polémico consorte se quejó de la actitud de la realeza en relación con el racismo.
El Príncipe heredero Haakon-Magnus no le ha ido a la zaga a su hermana, eligiendo como compañera de vida a Mette-Marit Tjessem Hoiby, cuyo pasado escandaloso contiene –la lista no es exhaustiva– un hijo habido de soltera, Marius Borg Hoiby, fruto de una fugaz relación con un narcotraficante. Borg Hoiby, que nunca terminó de adaptarse a la vida Familia Real –ha sido como una pieza agregada– fue condenado hace unos meses a cuatro años de prisión por dos delitos de violación y maltrato.
Por si no fuera suficiente, la revelación de los archivos del pedófilo Jeffrey Epstein ha estrechado el cerco sobre la Princesa Mette-Marit, delatando una sólida amistad entre ellos, con la confianza suficiente como para que la consorte del futuro monarca noruego realizase por escrito comentarios impertinentes sobre alguna que otra casa reinante europea. Un cúmulo de jaleos que ha llegado en el peor momento y que Harald V ha capeado como ha podido: han menguado notablemente la popularidad de la Familia Real de una monarquía de nuevo cuño, instituida en 1905 a raíz de la separación de Noruega respecto de Suecia.
Una monarquía que era ya estaba arraigada cuando Harald V vino al mundo en la Residencia Real de Skaugum –primer monarca nacido en Noruega en varios siglos– el 21 de febrero de 1937 y que alcanzó su cénit después de la Segunda Guerra Mundial, gracias a la heroicidad de su abuelo Haakon VII, rey inaugural de la actual monarquía, que prefirió el exilio en el Reino Unido antes que nombrar primer ministro al filonazi Vidkun Quisling, designado por Hitler para gobernar la Noruega ocupada. Mientras su abuelo dirigía la resistencia desde las islas británicas, el niño Harald y sus hermanas mayores, las princesas Ragnhild y Astrid, pasaron aquellos años en Washington, donde sus padres entablaron una amistad con el presidente Roosevelt, que a la postre resultó ser muy útil para los intereses noruegos.
El resultado de ese comportamiento ejemplar culminó en el regreso triunfal de la Familia Real a Noruega en junio de 1945 a bordo del crucero británico HMS Norfolk: en las imágenes se puede ver al Príncipe Harald, de 8 años, saludar desde el puente, vistiendo un abrigo que le quedaba grande, a una multitud ansiosa por ver regresar a los integrantes de su dinastía. Sobre este depósito de popularidad ha podido reinar Harald V. Una popularidad que hoy anda un poco decaída.