25 de octubre de 2021

Armando Pego
Armando Pego

Pequeño Claraval

Durante los últimos años no he cesado de tomar apuntes, esbozar materiales y hasta intentar alzar el plano de un monasterio poético que me propuse edificar, con no poco atrevimiento, como una filial imaginaria de la abadía de Claraval. Vuelvo, pues, a los orígenes. En la Apología al abad Guillermo, un texto de hace casi nueve siglos exactos, san Bernardo había declarado que «por Cristo hemos renunciado a todo lo brillante y precioso». No exento de ironía, Étienne Gilson le apostillaba: «excepto al arte de escribir bien». 
Ojalá fuera este, en toda su extensión, el lema que anime otra vez las colaboraciones de esta columnita que El Debate acoge generoso en su nueva etapa. Con la hospitalidad renovada que debiera impulsar la acción del humanismo cristiano, nada resulta más natural que acoger a nuevos y viejos y lectores en esta celda que ahora estrenamos. A su entrada me gustaría que quedase grabado el epígrafe de Petit Clairvaux.
Piensen, amables lectores, que la figura de los monasterios representa uno de los símbolos más altos de resistencia a la arbitrariedad de los poderes de nuestro mundo. En cuanto ha decidido aplicar a fondo sus planes de Reforma o instaurar sus programas revolucionarios, la Modernidad no ha dudado en querer arrancar hasta su última piedra la memoria monástica. Disoluciones, expulsiones o desamortizaciones han sido la excusa habitual en nombre de grandes principios. Para su salvación o su condena, nadie es más libre que un hombre solo ante Dios.
Podría parecer paradójico retomar una empresa así a un nivel tan humilde como el que prometen estas líneas, y más desde una perspectiva poética. En medio del tráfago cotidiano que no deja de incitar a tomar partido o al menos al compromiso de resistir sus peores dinámicas, podría dar la impresión de que aquí se ofrece un refugio idealizado y, en el fondo, trucado. ¿Una huida del mundo? ¿Un elogio de la vida retirada? En absoluto, o no sólo.

Quien quiere ganar su vida, también debe aprender a perder el tiempoArmando Pego

Si han visitado un cenobio o incluso una iglesiuca perdida, habrán podido observar esos grupos que vagan por los alrededores desconcertados, y hasta irritados, por no lograr descubrir el pintoresco encanto que les había prometido una guía de viajes. Con risas destempladas, suelen lamentarse sobre el modo de vida que habrían llevado allí sus antiguos moradores.
En cuanto ven a alguien absorto ante la luz que atraviesa la saetera de un ábside o atento al canto del autillo y al goteo demorado de la brisa en la piedra de una anodina fuente, se acercan apresurados como si, pudiendo acallarlos a voces, desmintiesen su realidad. Ya había advertido santa Teresa de Jesús que «va mucho de estar a estar», pues a muchos que van rondando sin decidirse, «no se les da nada de entrar dentro» y menos «adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma». Quien quiere ganar su vida, también debe aprender a perder el tiempo. 

Aspirar a la luz

Como en cualquier otro monasterio, también aquí deberemos considerar de qué materia están hechos nuestros sueños. Un día resonarán ecos de una conversación con Juan Casiano o la atención se detendrá en el anhelo de silencio de Baltasar Álvarez. Tal vez en otra ocasión la mirada se fije simplemente en los colores de algún icono de Andrei Rubliev…
No les pido a cambio más que paciencia. A veces ante situaciones que desbordan nuestras ansiedades, cerramos los ojos brevemente, suspiramos y los volvemos a abrir. Se produce entonces el raro milagro de no desfallecer del todo ante las tareas que seguirán reclamando nuestro esfuerzo un instante después.
Ese quisiera ser el concepto de este monasterio que ni pretende albergar respuestas prefabricadas, ni proyectar la ilusión de una piadosa evasión. Se conformaría que durante unos minutos sus lectores pudiesen disfrutar una pausa interior en las polémicas que asaltan nuestra vida cotidiana desde los medios de comunicación. Tras la urgencia de lo transitorio, desearía que pudiesen apurar con cierto descanso lo permanente humano.
Entre los muros de su escritura, como si fuese el primer paso, quizás ahora esté yo profesando ante ustedes como Cavalcanti de Auxerre. Poeta como Guido, el amigo de Dante. Monje como Godofredo, el secretario de aquel san Bernardo, ultrancista y liberal como lo definiera José Jiménez Lozano, que pedía dejar los cuerpos fuera para que entrasen a su mayor secreto las almas solas.
Bienvenidos, pues, a este pequeño Claraval. Cerremos los ojos y seamos. Aun en horas oscuras, seguiremos aspirando (a) la luz.

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