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Agua de timónCarmen Martínez Castro

El lugar del dinero

Cabe preguntarse a qué viene semejante subida fiscal cuando ahora mismo estamos en un récord histórico de recaudación

Esta semana se presentó el famoso Libro Blanco para la reforma fiscal encargado por el Gobierno a un grupo de expertos. Aquellos que no hayan tenido tiempo ni ganas de leerse las ochocientas páginas del informe pueden hacerse una idea cabal del mismo a través de las explicaciones que ayer nos ofreció el presidente del comité de expertos, Jesús Ruíz-Huerta, en una entrevista en la que ofrece pocos argumentos técnicos pero un atrevido ejercicio de pura ideología política.

Él lamenta que se califique su propuesta como un «hachazo fiscal», aunque ciertamente resulta muy difícil definirla de otra manera. Todo el documento es un puro bombardeo de subidas fiscales. Se propone eliminar los tipos reducido y superreducido de IVA, sube la tributación de todos los hidrocarburos, se eliminan regímenes especiales, también desaparecen deducciones fiscales tan básicas como la de alquiler de vivienda o por la tributación conjunta. Los expertos han sido capaces de diseñar un impuesto para cada resquicio de nuestra actividad diaria; desde fumar cigarrillos electrónicos, hasta subir a un avión o pretender llegar en nuestro coche al centro de las ciudades. La famosa fiscalidad verde se convierte en la gran excusa para acometer un sablazo de hasta 15.000 millones de euros.

Y cabe preguntarse a qué viene semejante subida fiscal cuando ahora mismo estamos en un récord histórico de recaudación. Con la recaudación fiscal pasa algo muy similar a lo que ocurre con el mercado de trabajo, algo bueno tendrá el sistema que heredó este Gobierno si hemos conseguido recuperar toda la recaudación previa a la pandemia y volver a los máximos de 2007 estando, como estamos, aún muy lejos de recuperar el mismo nivel de actividad. ¿Para qué subir los impuestos si ya estamos recaudando más que nunca? La respuesta es sencilla: para un buen socialista, los impuestos nunca son suficientes.

El señor Ruíz-Huerta lo explica de forma cristalina. A él le irrita profundamente que se diga que el dinero está mejor en los bolsillos de los ciudadanos que en las arcas de la administración. La administración, según él, es buena y redistributiva mientras que los ciudadanos debemos ser malos y egoístas, como aquellas mascarillas al inicio de la pandemia. Esa es la razón por la que el dinero debe salir de nuestras carteras a las arcas de la beatífica administración. Por eso en el Libro Blanco no hay ni una mínima alusión al necesario control del gasto público. Usted pague, por todo y sin límite, que ya se encargará el gobierno de dar un buen destino al dinero que le saca.

Pero hay algo que falla en este planteamiento puramente ideológico que, como siempre, acaba chocando contra el principio de la realidad. A nadie nos gusta que nos metan la mano en el bolsillo y la ministra Mª Jesús Montero lo ha dejado meridianamente claro: no es el momento de aplicar el hachazo fiscal que le han diseñado sus expertos. Pero no es por la crisis ni por la guerra… es por las elecciones.

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