Silencio y olvido
Como Teresa no es víctima de ningún cura, nadie la llamará al Congreso de los Diputados para que explique cómo fallaron todos los mecanismos que debían haberla protegido
Poco antes de la esperpéntica votación de la reforma laboral, Pedro Sánchez recibió al escritor Alejandro Palomas. No le citó por sus méritos literarios sino por el hecho de haber sido víctima de abusos sexuales cuando era niño por parte de un religioso que había sido su tutor.
A Teresa T.M. no la ha recibido ninguna autoridad. También abusaron de ella cuando era menor y, al igual que en el caso anterior, el pederasta era su educador. Teresa denunció los hechos, pero como era una joven conflictiva, al principio nadie le hizo caso. El año pasado, por fin, la Justicia condenó a su agresor y recriminó a las autoridades la desprotección en que dejaron a la joven.
Como Teresa no es víctima de ningún cura, nadie la llamará al Congreso de los Diputados para que explique cómo fallaron todos los mecanismos que debían haberla protegido, pero apuesten conmigo lo que quieran a que sí escucharemos el testimonio del Sr. Palomas y de otras víctimas de pederastia siempre que cumplan una condición: que su agresor haya sido un religioso.
La mayoría Frankenstein se prepara para reconstruir sus deterioradas lealtades sobre una evidente campaña de criminalización de la Iglesia a la que se pretende caricaturizar como un nido de pederastas. Que PNV o Ciudadanos participen de ello demuestra lo desnortados que andan los estrategas de ambas formaciones desde hace tiempo. La trampa en la que han caído es la de siempre: o se apoya esta investigación o se está a favor de la pederastia. Sin embargo hay casos de abusos recientes, como el de Teresa, que el parlamento no ha querido investigar y de hecho sigue sin querer hacerlo.
La Fundacion Anar, que se dedica a atender a menores en situación vulnerable, considera que los casos de abusos perpetrados por religiosos constituyen solo el 0.2 % del total. A la vista de estos datos, que nadie ha desmentido, resulta evidente que la investigación del Parlamento deja fuera de su atención la mayor parte de los supuestos. No parece que a sus señorías les interesa el problema en su auténtica dimensión; no es la pederastia lo que les inquieta sino el señalamiento de la Iglesia y así han decidido reescribir la famosa máxima de doña Concepción Arenal: lo suyo es apiadarse del delito y odiar al delincuente si este lleva sotana o alzacuellos.
El sesgo de esta investigación, viciada desde su origen, es una muestra más de la degradación acelerada del Parlamento en esta legislatura, de su abandono de los problemas reales para dedicarse a la propaganda y de su inquietante querencia a erigirse en una especie de tribunal político donde no rigen las garantías de un estado de derecho. Peor aún, y más hiriente, es el desprecio que muestra para con el sufrimiento de tantas personas, porque esta campaña de anticlericalismo de trazo grueso solo se sostiene por el silencio y el olvido. El silencio de la gran mayoría de casos de pederastia y el olvido de sus víctimas.