18 de agosto de 2022

HorizonteRamón Pérez-Maura

Esa amistad entre Puigdemont y Putin

Los aliados de Vladímir Putin en Europa –o en cualquier otro lugar– no suelen ser gente con la que Aragonès quiere que le vean: Le Pen en Francia, la Liga Norte en Italia, la AfD alemana. Y en España, el huido Puigdemont y el escritor Juan Manuel de Prada. Lo mejor de cada casa

No paramos de mejorar. Así que esa pasión que siente Carles Puigdemont por su escaño en el Parlamento Europeo se matiza muy rápidamente cuando desde esa misma cámara se quiere investigar los tratos que mantenían el expresidente de la Generalidad y ese demócrata preclaro, Vladímir Putin. Como es sabido, The New York Times publicó el pasado 3 de septiembre un extenso informe sobre los contactos entre la Generalidad de Puigdemont y el régimen ruso, especialmente en el llamado «referendo» del 1 de octubre de 2017. Aquel festival del disparate fue apoyado desde el entorno directo de Putin y la KGB. El informe fue elaborado durante tres años por la agencia de inteligencia privada Bellingcat, a la que ya nos hemos referido en alguna ocasión. Y por más que los seguidores de Puigdemont intentan desmentirla, sus «argumentos» sólo encuentran eco en TV3, la tele oficial del independentismo. Ni siquiera la prensa internacional, tan afecta al secesionismo catalán en el pasado, les hace caso ahora.
Pero es que ya, ni siquiera el actual presidente de la Generalidad, Pere Aragonès da su apoyo explícito a aquellas oscuras gestiones del Gobierno catalán de Puigdemont y Oriol Junqueras, el predecesor de Aragonès al frente de Esquerra Republica de Cataluña. Porque serán independentistas, pero no son completamente idiotas. Y saben que tus aliados pueden tener un alto coste para ti ante la opinión pública. Y los aliados de Vladímir Putin en Europa –o en cualquier otro lugar– no suelen ser gente con la que Aragonès quiere que le vean: Le Pen en Francia, la Liga Norte en Italia, la AfD alemana. Y en España, el huido Puigdemont y el escritor Juan Manuel de Prada. Lo mejor de cada casa.
El informe del Parlamento Europeo aborda la desinformación y las injerencias en los procesos electorales europeos y tiene la siguiente descripción: «Contactos estrechos y regulares entre funcionarios rusos y representantes de un grupo de secesionistas catalanes en España». Ya comprendo que una referencia a «catalanes en España» les habrá reventado el hígado. Respecto a estos contactos el documento cree que son parte de la estrategia rusa que pasa por «desestabilizar» la democracia como forma política de la Unión Europea.
Puigdemont y los otros prófugos de la Justicia española, que estaban tan felices en los escaños del Parlamento Europeo, donde nos contaban que les respetan mucho más que en España, intentaron quitar del documento la referencia a Cataluña. Todo menos que el PE investigue nada de lo que ellos hicieron con Putin. Pero ni los argumentos de Puigdemont, ni los de Toni Comín, ni los de Clara Ponsatí hicieron ver a la Eurocámara la conveniencia de mirar hacia otro lado. Ni tampoco el entusiasta apoyo que logró el trío de Waterloo de dos eurodiputados irlandeses: Clare Daly y Mick Wallace. Daly es famosa porque fue expulsada del Partido Laborista en la década de 1980 por su ideología trotskysta. Fundó después Laborismo Militante, formación renombrada más tarde como Partido Socialista. Pero en 2012 lo abandonó también porque no era suficientemente izquierdista y ella se integró en la Alianza de Izquierda Unida, de la que forman parte partidos tan notables como la «Alianza del Pueblo antes que los Beneficios» o el «Grupo de Acción de los Trabajadores y los Desempleados». En el caso de Wallace, sus ideas son muy similares a las Daly. Y, no por casualidad, estos dos amigos del partido que tradicionalmente representaba a la burguesía catalana, se caracterizan siempre por intentar frenar toda resolución que pueda ser negativa para Putin. Dos días antes de la invasión de Ucrania, Wallace, a la vanguardia de los acontecimientos, hizo un llamamiento pidiendo la abolición de la OTAN. Me pregunto si también Puigdemont y sus coristas quieren esa disolución. Lo que sí es seguro es que todos ellos están muy interesados en que no se sepa la verdad de la alianza que mantuvo el independentismo catalán con Vladímir Putin, ese hombre de paz.
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