02 de julio de 2022

El observadorFlorentino Portero

La doctrina Rumsfeld

En adelante, ante un conflicto que requiera la colaboración de estados aliados y/o amigos, se izará un banderín de enganche. El que quiera, se unirá. El que no, se quedará en su casa, pero no molestará

Cientos son los comentarios sobre cómo la intervención rusa en Ucrania ha provocado exactamente lo contrario de lo que buscaban los dirigentes del Kremlin: un reforzamiento de la Alianza Atlántica. Lograr que Finlandia y Suecia, con dos gobiernos socialdemócratas, solicitaran su ingreso no era tarea fácil y Putin lo ha conseguido. No restemos importancia a un hecho que no estaba en nuestra agenda de posibles eventos y que condiciona, y de qué manera, el futuro de la seguridad en Europa.
Sin embargo, tampoco deberíamos caer en la ensoñación de que la OTAN ha renacido de sus cenizas y que, tras la aprobación de su nuevo concepto estratégico en Madrid, recuperará su sentido, garantizando por un tiempo largo nuestra seguridad. La situación, lamentablemente, no es tan sencilla.
Hoy la Alianza Atlántica se compone de treinta miembros, con economías, demografías, culturas, percepciones, fuerzas armadas muy distintas. Hoy, en pleno estallido de un proceso inflacionario, sus dirigentes corren en busca de un micrófono para asegurar que gastarán en defensa el equivalente del 2 por ciento de su PIB. No es la primera vez que lo hacen, y en mejores circunstancias económicas, ni la primera que incumplen su compromiso.
En Estados Unidos hay un indisimulado cansancio sobre este tema desde los días de la Administración Clinton. En el Capitolio saben que este brusco redescubrimiento de la Alianza es sinónimo de la necesidad de que Estados Unidos nos proteja, sentimiento básicamente inconstante. La incredulidad sobre el futuro gasto en defensa está firmemente asentada en la experiencia y en las dificultades que todos tendremos para ajustar nuestros presupuestos ante una subida de los precios, unas deudas desbocadas y unas administraciones adictas al déficit.
Si Suecia y Finlandia se incorporaran a la Alianza nos encontraríamos con treinta y dos embajadores representando a otros tantos estados, discutiendo el día a día de la Organización ¿Alguien piensa que un sistema de defensa colectiva puede funcionar así? El ejemplo turco, bloqueando la entrada de Suecia y Finlandia, es ilustrativo de cómo temas menores pueden condicionar su funcionamiento. Si Estados Unidos se mantiene en su seno, la Alianza tiene asegurada su pervivencia, pero más como un club de seguridad occidental que como una organización centrada en la defensa.
El principal tema de seguridad es China. Sin lugar a duda es la mayor preocupación de Estados Unidos y la gran potencia asiática está muy presente en Europa, además de ser su principal mercado. Veremos cómo se trata este tema en el nuevo concepto estratégico y, sobre todo, cómo se recibe en un Senado que, con casi total seguridad, tendrá mayoría republicana a partir del mes de noviembre. Más de un senador se preguntará por qué tienen que garantizar nuestra defensa si nosotros no somos sensibles a sus preocupaciones de seguridad. En estas fechas, el presidente Biden se encuentra viajando por el espacio Indo-Pacífico, tras una reunión en Washington con los estados miembros del ASEAN, para tratar de levantar un muro de contención al expansionismo chino. Ese es su principal objetivo, pospuesto por la invasión rusa de Ucrania, indirectamente animada por sus socios europeos al aceptar dependencias energéticas que los hacían vulnerables.
Mientras en la Alianza se discuta de temas de seguridad, la doctrina Rumsfeld seguirá vigente en el plano militar. En adelante, ante un conflicto que requiera la colaboración de estados aliados y/o amigos, se izará un banderín de enganche. El que quiera, se unirá. El que no, se quedará en su casa, pero no molestará. Los viejos directorios han pasado a ser «grupos de contacto», sin reglamentos ni votaciones. Los que buscan cobijo en la Alianza y apenas aportan no pueden condicionar acciones que requieren de visión y letalidad.
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