28 de junio de 2022

Pecados capitalesMayte Alcaraz

Danzad, danzad, malditas

Mónica Oltra pretendió inmunidad judicial e impunidad política: hoy no tiene ni una ni otra. Solo le queda indignidad

Seis años después de los abusos sexuales, cinco años y ocho meses después de que la Consejería de Igualdad silenciara la denuncia de la menor agredida, cinco años y medio después de que la Fiscalía de Menores iniciara una investigación, tres años después de que su marido, el autor de los abusos, fuera condenado a cinco años de prisión, tres meses después de que el juzgado de instrucción número 15 pidiera al TSJ de la Comunidad Valenciana que investigara a la aforada vicepresidenta de la Generalidad valenciana por urdir una trama para desacreditar a la víctima y cinco días después de que ese tribunal la imputara sobre un durísimo escrito de la Fiscalía, la poco honorable Mónica Oltra ha dimitido. Pero no como ejercicio de decencia, sino obligada por los intereses electorales de su partido y cinco minutos antes de que Ximo Puig la echara. Pretendió inmunidad judicial e impunidad política: hoy no tiene ni una ni otra. Solo le queda indignidad.
Lo ha hecho pocas horas después de bailar, en una escena impía e indigna, sobre el sufrimiento de una niña, el código ético de su partido, los ciudadanos valencianos y sobre dos tumbas políticas que ella ayudó a cavar: las de Rita Barberá y Francisco Camps, tras decretar la muerte civil de ambos con la connivencia de algunos medios que convirtieron su escaleta en las honras fúnebres de dos personas que al correr del tiempo fueron completamente exoneradas por la justicia.
Cada voto que obtuvo la hoy imputada Mónica Oltra lo consiguió royendo el honor fundamentalmente de Rita, a base de insidias contra la que fuera alcaldesa de Valencia durante 24 años, la misma a la que los sumos pontífices de la izquierda condenaron al averno, a los infiernos del telediario, a la que declararon oficialmente apestada, confinada en la aldea de los leprosos políticos; allí mandaron también a Francisco Camps por unos trajes, como si unos ternos con raya diplomática fueran más lesivos que el estupro a una niña.
Hice algunas entrevistas a Rita durante sus años como alcaldesa y viví el proceso en el que Compromís (partido que movía el árbol si bien las nueces las recogía también Ximo Puig y el PSOE) la estigmatizó basando sus ataques en su relación con la Gürtel y como materia probatoria indiscutible, un bolso de Vuitton que le regalaron. La alcaldesa fallecida solo fue imputada en una causa –la del Pitufeo– que finalmente fue archivada por carecer de pruebas. Pero ya fue demasiado tarde. Con el silencio cómplice –permutado en connivencia activa– de parte del PP, Rita murió en soledad política mientras Oltra descorchaba champagne, como antesala al baile de hoy.
Para la ya hoy exvicepresidenta, Rita era una mujer de segunda división, la corrupción con faldas, un ser sin presunción de inocencia, la encarnación de la ignominia. Porque Rita era mujer, pero de segunda, como la niña de 14 años de la que abusó el entonces marido de Oltra cuyo relato, estremecedor y salvaje, quiso la mujer del monstruo que sonara a cuento chino. Rita y la menor abusada no eran hermanas de Oltra ni de Yolanda Díaz ni de Ione Belarra ni de Irene Montero.
Ha de saber la activista feminista que el jarabe democrático no solo ha de administrársele a los demás, sino ingerirlo en grandes dosis cuando tú has sido la que has colocado el nivel de exigencia tan alto que tu inmoralidad no lo alcanza. Un nivel que probablemente esté más cerca de Rita, que estás en los cielos.
Danzad, danzad malditas.
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