10 de diciembre de 2022

Cosas que pasanAlfonso Ussía

Incumplimientos

Entre Barcelona y sus entornos viven más de cinco millones de habitantes, la mitad de ellos inmigrantes muy entusiastas y partidarios del Archiduque, según se aprecia en los documentos gráficos y vídeos del reivindicativo mosqueo

Un año más no pude, por tener «agendado» un compromiso previo, acudir a la hermosa y españolísima fiesta de la Diada. Me interesa mucho esa fiesta, como todo lo extravagante. Una celebración festiva en la que la totalidad de sus participantes se muestran profundamente cabreados merece ser disfrutada. Es como si en un entierro todos los deudos, vestidos de riguroso luto, se lanzan a bailar sevillanas de Los del Río cuando los sepultureros descienden el ataúd hacia la definitiva soterra. Resulta que mi compromiso «agendado» era de imposible escaqueo. Acepté tres meses atrás ser el presidente del jurado del Campeonato del Mundo de ovejas churras, que se celebra cada cuatro años –como el de Fútbol o los Juegos Olímpicos–, en la localidad de Salvanueva de los Infantes, límite de las provincias de Valladolid y Palencia. La victoria y medalla de oro le correspondió a la oveja «Lirio Blanco» del rebaño de Cabaña de Virtus –Burgos–, después de una reñida final con «Espejita», del rebaño de Almuradiel –Ciudad Real–, estupenda oveja pero con peor balido que la vencedora. Y así, entre pitos y flautas, me resultó imposible aceptar la invitación de mi amiga Laura Borrás para disfrutar in situ del enojo, amargura y cólera de la simpática efeméride barcelonesa. Me sucedió algo parecido con la gala de los Premios Goya de la Academia del Cine Español. Tuve que declinar la invitación de los Bardem, Almodóvar y Trueba por haberme comprometido a romper la piñata en la fiesta de «cumple» de mi sobrina Araceli, que es un sol de niña, amén de afanosa y cumplidora de sus deberes colegiales, y otrosí, siempre dulce y aseada.
Pero he seguido la Diada por las redes sociales y algunos periódicos. Y la verdad es que me he perdido un espectáculo difícil de igualar. No hay fiesta más original en el mundo. Lo celebran los separatistas catalanes depositando flores en el monumento de un patriota español, Rafael de Casanova, monárquico partidario del Archiduque Carlos. Los vencedores fueron los leales a Felipe V, primer Borbón en el trono de España, que contaron en sus filas con el duque de Berwick y Blas de Lezo, entre otros. El duque de Berwick en la actualidad es mi amigo Carlos Stuart, duque de Alba, y como aquello se trató de una guerra entre monárquicos españoles, propongo que la Diada se celebre desde el próximo año en Madrid y la ofrenda floral tenga lugar en el precioso Palacio de Liria, sito en la calle de la Princesa, que sería lo justo y necesario. Por lo menos habría menos violencia entre los partidarios de los derrotados, que no se soportan. Trastazos, soplamocos, insultos, berridos, coscorrones, zambombazos, pedradas, patadas, moretones, magulladuras… y así se celebra la fiesta. Por otra parte, en Madrid la gente se viste mucho mejor, y en caso de existir camorra y violencia, es más agradable ver a dos energúmenos dándose de collejas con chaqueta y corbata, que uniformados de negro o con el torso desnudo, lo cual resulta una ordinariez. Muy de pueblo en el estío, pero muy ordinario y aldeano, escrito sea con el mayor respeto. Para colmo, la afluencia fue escasa y el entusiasmo descriptible. En el decenio de los 50, el Ayuntamiento de Guadalajara incluyó en su programación festiva un importante acto cultural. Una conferencia de César González Ruano. Se habilitó el salón de actos del Casino y se añadieron trescientas sillas supletorias para acomodar a la muchedumbre ávida de oír la charla del gran escritor. Llegada la hora de inicio del acto, habían ocupado sus asientos catorce personas. Iniciada la charla, se contaron diecisiete, a las que había que restar los seis familiares de don César que le habían acompañado desde Madrid. Ruano se lo comentó al alcalde: «Mi presencia en Guadalajara ha despertado un entusiasmo descriptible». Procedió a dar la charla, cobró un dineral y volvió a Madrid con el bolsillo caliente.
Entre Barcelona y sus entornos viven más de cinco millones de habitantes, la mitad de ellos inmigrantes muy entusiastas y partidarios del Archiduque, según se aprecia en los documentos gráficos y vídeos del reivindicativo mosqueo. Si no es por éstos últimos, se podría afirmar que la presencia de barceloneses en la Diada fue excesivamente descriptible. Me dispongo a llamar al presidente de la Generalidad de Cataluña, que se borró de la fiesta, y a Laura Borrás, la enérgica representante de la fregona de Waterloo, para que cambien la fecha y el espíritu de la Diada. A trompazos entre ellos, la única diversión festiva la tenemos los que no somos como ellos.
Y lo propongo con sencillez y la buena intención que me caracteriza.
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