01 de diciembre de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Cada día un médico mata a un español

La ministra de Sanidad dice que se siente «orgullosa» de este «hito»; refeja así la descorazonadora subcultura de la muerte y el descarte

La balanza de la moral oscila con el tiempo. Los pueblos precolombinos, tan ensalzados por el indigenismo antiespañol, veían como lo más venerable oficiar truculentas matanzas de seres humanos para apaciguar a los dioses. Hoy las personas más o menos normales, léase las no bolivarianas, lo consideramos una aberración estremecedora. Mi pronóstico es que llegará también un día en que la humanidad repudiará el hecho de que hubo un tiempo en que en algunos países los médicos de los servicios públicos mataban a personas que querían suicidarse. O donde se eliminaba con un aspirador o un bisturí al nasciturus por razones casi siempre de comodidad, de no asumir la responsabilidad de cuidar al niño (casi 90.000 abortos en España cada año).
Gracias al Gobierno «progresista, ecologista y feminista», España se ha convertido en uno de los siete únicos países donde se ha aprobado una Ley de Eutanasia. Resumido en su pura verdad, consiste en que los médicos de los servicios públicos de salud maten a pacientes que así lo soliciten. No hablamos solo de enfermos terminales. Una persona que sufra depresiones, o una molestia crónica, puede solicitar la eutanasia simplemente esgrimiendo padecimientos insoportables. Un galeno pagado por el Estado le inyectará entonces las sustancias tóxicas y anestesiantes que acabarán con su vida. El mero hecho de que tal práctica esté prohibida casi universalmente da pistas de lo aberrante que resulta. Supone una bofetada al juramento hipocrático, que guía a la profesión médica desde el remoto siglo V a.C: «No llevar otro propósito que el bien y la salud de los enfermos». Por eso miles de médicos españoles han objetado, para enojo del Gobierno regresista, que no admite las razones de conciencia y quiere castigarlos con listas negras.
El Ministerio de Sanidad acaba de revelar con orgullo el dato de cuantas personas han disfrutado de «el nuevo derecho» en sus primeros seis meses. Han sido 180. Cada día un médico de la sanidad pública mata a un español. Carolina Darias, la ministra, se ha declarado «muy orgullosa» de este «hito». Habla también de «un derecho intrínseco de las personas». Tan intrínseco que no llegan a los dedos de las dos manos los países que lo permiten. Darias, que supongo que es una persona cabal, sucumbe así a la cantinela de la subcultura de la muerte y el descarte.
Imagino la objeción que están haciendo algunos lectores, y la entiendo: hay que verse ahí, sufriendo unos padecimientos insoportables y sin ningún horizonte de esperanza. Por supuesto que nadie, y desde luego no la Iglesia católica, apoya el ensañamiento terapéutico. El problema radica en que el Gobierno ha ido por el camino más expedito, distorsionando el debate. Existen cuidados paliativos para hacer llevaderos los padecimientos (y los profesionales de esos servicios cuentan que son excepcionalmente raros los casos en que pacientes bien atendidos piden morir). El Papa, que rechaza tanto el ensañamiento terapéutico como la eutanasia («siempre ilícita, porque se propone interrumpir la vida procurando la muerte») ha explicado muy bien el fondo del asunto: impera la subcultura del «descarte», que hace que no se vea como valiosa la vida de quien sufre una enfermedad grave o una minusvalía; y también pesa la soledad que nos asuela en la sociedad egoísta de hoy, especialmente amarga en el último tramo de la existencia.
Una ley de eutanasia como la aprobada en España crea un clima social proclive al suicidio asistido y acabará animando a los viejos solos y a los enfermos a sentirse como un estorbo. Dos amigos míos han pasado por el pozo de depresiones severísimas. Hoy están perfectamente. Muchas veces me he preguntado qué habrían hecho si en su hora oscura hubiese existido una ley como la actual. No son «avances». Son normas que deshumanizadoras, que pueden degenerar en sociedades que bajo una carcasa de prosperidad esconden una atroz falta de sentimientos (véase Holanda, que ha «avanzado tanto en derechos» que los niños de doce años pueden solicitar la eutanasia).
La vida nos puede reservar a todos trances increíblemente duros. La receta clásica ante ellos era amor, compañía, buenos opiáceos contra el dolor y la esperanza de la fe religiosa. La nueva receta es el suicidio, que un médico apague la máquina que ya no funciona bien. Darias está «muy orgullosa». A otros nos recorre el espinazo un escalofrío orwelliano.
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