31 de enero de 2023

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

¿Es una «ultra» Giorgia Meloni?

Es una política conservadora de ideas firmes, vituperada por la izquierda porque osa desafiar su marco mental obligatorio

Si la política española es una verbena amarga, la italiana es ya el circus maximus. Allí no falta de nada: la izquierda y la derecha populistas gobernando juntas (la Liga y Cinco Estrellas), el show eterno de Berlusconi, la implosión por chanchullos varios del Partido Socialista, tecnócratas que no se habían presentado a los comicios mandando por extraños enjuagues (Monti, Draghi)…
Ahora, tras lustros de experimentos con gaseosa y reformas siempre aplazadas, los italianos han hecho un esfuerzo de claridad y han dado su voto a Giorgia Meloni, elocuente conservadora romana de 45 años, que competía coaligada con Berlusconi y Salvini. Han goleado a la izquierda (44 % del voto contra 26 %) y el partido de Meloni supone más de la mitad de las papeletas de la derecha.
El Orfeón Progresista español lo tiene clarísimo: Meloni es «una ultra», o «una «ultraderechista». No se admiten matices. ¿Lo es? El cliché atiende a que ella se atreve a cuestionar lo intocable, el intolerante ideario «progresista», para plantear una alternativa conservadora basada en tres palabras que hoy son ácido para la izquierda: «Dios, patria y familia».
Meloni no va a arreglar los problemas de Italia, porque son los de Europa: sociedades avejentadas, sin ganas de trabajar duro, muy endeudadas, que inventan poco y empiezan a vivir de rentas mientras el futuro se muda a Asia. Tampoco sus compañeros de viaje parecen los ideales. Berlusconi está muy desgastado por su degradación moral personal y Salvini, marcado por haber sido fan de Putin hasta anteayer. Por último, es cierto que Meloni se inició en política afiliándose a los 15 años a las juventudes del Movimento Sociale Italiano, el partido neofascista forjado en 1946 por nostálgicos de Mussolini. También que a los 16 años elogió al 'Duce' como «un buen político». Pero ella misma ha hecho una aclaración decisiva: a diferencia de la izquierda, que todavía hoy no reniega de la letal ideología comunista, «la derecha italiana ha mandado al fascismo a la historia, condenando sin ambigüedades la privación de la democracia y las infames leyes antijudías».
Meloni fundó su actual partido, Hermanos de Italia, en 2012. Antes, las formaciones sucesoras del MSI ya habían ido limando aristas. Meloni acepta el euro y la UE, aunque quiere limitar su burocracia y que deje de ser «el club de golf» de Francia y Alemania. Condena a Putin y apoya que se envíen armas a Ucrania. Es partidaria de la OTAN y durante la campaña grabó un vídeo en francés, inglés y español para aclarar todos esos extremos y condenar «el nazismo y el comunismo». ¿Una ultra?
La inquina de la izquierda contra ella atiende a que le planta cara con un ideario conservador, claro y franco. Ahí aparece el elemental y lógico patriotismo. También la defensa de la familia, «el núcleo fundacional de nuestra sociedad». Y el valor e importancia del cristianismo y sus enseñanzas, «porque nuestra identidad religiosa es fundamental, al margen de que se crea en la laicidad del Estado». Meloni enuncia verdades que el «progresismo» pretende enterrar, como el hecho de que «el cristianismo nos ha enseñado la solidaridad, la laicidad del Estado y el respeto por los demás». ¿Una ultra? ¿O simplemente una persona que piensa como una gran mayoría de italianos, franceses y españoles?
Meloni vio a los cuatro años cómo ardía su casa en el barrio romano malucho de Garbatella. A los siete sufrió la fuga de su padre, que se largó a Canarias plantando a su familia. Desde esa experiencia rechaza la adopción por parte de parejas homosexuales. ¿Una ultra? Ella lo explica: por su propia experiencia cree que «lo mejor para los niños es que tenga un padre y una madre» (postulado con el que concuerdan casi todos los estudios al respecto).
El último punto de controversia estriba en su postura sobre la inmigración. Apuesta por un bloqueo naval europeo que ponga coto al espantoso tráfico de seres humanos, que ha dejado miles de muertos en la ruta. Quiere una inmigración controlada y con permisos, como la que aceptaron los españoles que emigraban en el siglo pasado. ¿Una ultra? ¿Cuál es entonces la alternativa? ¿Continuar ad infinitum con las mafias de las pateras? ¿Abolir los controles fronterizos?
Como gobernante, Meloni tendrá ahora que dar trigo además de predicar. Mi pronóstico es que no sacará a Italia de su dulce declinar y sus enredos, y menos con Berlusconi y Salvini a bordo. Pero su triunfo da una oportunidad a la derecha conservadora de bruñir honorables principios civilizadores y de demostrar que otro marco mental es posible en Europa.
Si están buscando una «ultra» de verdad no se vayan a Italia. La tenemos en casa: una ministra que defiende que los niños tengan relaciones sexuales con adultos. Eso sí que asusta y da repelús.
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