Sánchez en el callejón del Gato
Todo vale, todo es relativo, podemos decir que matar es malo (o bueno), que robar es delito (o justicia social), que mentir es propio de personas poco fiables (o de sabios que cambian de opinión)
A primeros de agosto quedé con un amigo en el conocido bar Las Bravas, en el madrileño callejón del Gato. Como conocen casi todos los gatos, este bar se enorgullece de haber inventado y patentado las patatas bravas –habrá que decir patatas bravas®– allá por 1933, en plena época de radicalización socialista, cuando a Largo Caballero comenzaba a llamársele el Lenin español. El apodo fue incluso benévolo, a la vista de sus contribuciones.
Mi objetivo era empapar en cerveza y salsa brava mis frustraciones veraniegas: ni Mbappé vendría al Madrid ni Pedro saldría de la Moncloa.
Mi amigo siempre llega tarde, por lo que pedí una caña y una de bravas, consciente de que tendría tiempo de sobra para saborearlas. Desoyendo todos los consejos de los gurús del mindfulness, comencé a leer los periódicos digitales entre sorbo y patata.
Víctima de mi trastorno de atención provocado por este hostil mundo digital a pesar de mi analogía militante, pasaba a vuelapluma por las noticias hasta que de repente lo vi a él. A Sánchez. Era una de esas fotos impostadas y preparadas por alguno de sus asesores en comunicación. Esta vez no le acompañaba José Manuel Albares en el Falcon, pero a cambio portaba una llamativa gorra castiza.
Me vine arriba y pedí, esta vez, un doble, junto a otra ración de bravas, consciente de que Eduardo se retrasaría aún más y recordé aquel libro del gran Vizcaíno Casas llamado Los Rojos no usaban sombrero, título tomado prestado de una elegante sombrerería en la cercana calle Montera en aquellos años familiares, fríos y soleados de posguerra.
Después pensé en la sólida incoherencia de Sánchez en la foto: un madrileño disfrazado casi de chulapo que odia a Madrid y todo lo que esta ciudad representa. En aquellos días de agosto no sabía que Sánchez también había dejado bendecido Marrakech. Poco se habla de su gafe a prueba de Orishas.
A punto de cumplirse un siglo desde la primera edición completa de Luces de Bohemia, ayer volvimos mi amigo y yo a Las Bravas y al Callejón del Gato. Nos imaginamos cómo sería la vida en España hace un siglo, cuando el gran Valle-Inclán creó el Esperpento en ese mismo callejón con ayuda de aquellos espejos cóncavos y convexos que deformaban la realidad de manera grotesca. También nos imaginamos cómo se vería reflejados en ellos a Bolaños, a Pilar Alegría (?), a Patxi López y demás mozos y subalternos del Castizo del Atlas. El resultado se parecía mucho a la realidad, cada vez más deformada, cada vez más irreal y descarada:
Un gobierno intolerante y sectario afeando la falta de diálogo de la oposición; un aparato mediático al rescate permanente de los golpistas separatistas llamando sublevado a Aznar por su más que justificada arenga a la sociedad civil para respetar el imperio de la Ley; una vicepresidenta del Reino de España agradeciendo a los partidos independentistas su esfuerzo por la unidad de España; Pam y Montero cargando contra el Poder Judicial por aplicar su Ley sobregarantista con los agresores sexuales.
Y lo que es peor: unos cuantos millones de votantes del PSOE que asumen y apoyan la deriva de su partido, también sus votantes en Madrid, en Extremadura o en cualquier de las regiones malditas para este Gobierno. Ahora sí, al votar el 23-J, ya sabían perfectamente todo lo que viene.
Aznar, en su certero discurso pidiendo una movilización cívica frente a los planes desintegradores de España por parte del PSOE, ha puesto de manifiesto la necesidad de plantar cara a ese vendaval woke que nos invade: cualquier orden establecido es facha e indeseable; no hay valores objetivamente buenos que deban ser –por tanto– preservados; todo es relativo, salvo el hecho incuestionable de que la izquierda abraza La Verdad (aunque su verdad se encuentre hoy en las antípodas de la de ayer).
Mi amigo es del Barsa y, por eso, a él le costó reconocerme que ese tsunami descarado, insolente y relativista se ha instalado ya en todas las esferas de nuestra vida, como cuando Tatxo Benet –el soci de Roures, no less… – nos ilustró sobre el porqué de los pagos de este club a Enríquez Negreira: «Para poder competir en condiciones de igualdad» (sic, tal cual, amb dos pebrots).
Todo vale, todo es relativo, podemos decir que matar es malo (o bueno), que robar es delito (o justicia social), que mentir es propio de personas poco fiables (o de sabios que cambian de opinión).
Terminamos nuestras bravas y dimos un enorme rodeo para evitar pasar por el Congreso de los Diputados sin el preceptivo pinganillo.
Javier Mou es experto en capital humano